Ir al contenido principal

Entradas

Reflexiones

Hace unos días tuve una conversación muy interesante con un señor de 92 años lleno de sabiduría y vitalidad. Me maravilló su actitud y le pregunté cuál era el secreto de su éxito. Sin dudarlo ni un segundo me contestó: "no dejes nunca que nadie te quite tus ganas  de vivir y tu paz de espíritu". Este segundo ingrediente es muy  difícil de conseguir , le dije. ¿Cómo hago para conseguir esa paz? "Dedica un tiempo cada día a meditar, a reflexionar, a rezar, si eres creyente. Conecta desde tu interior con  el universo, piensa dónde estás y hacia dónde vas" me contestó.  Ayer en la playa mirando al mar, sola, intenté hacerlo, como lo he hecho muchas veces a lo largo de mi vida, pero qué difícil es hacerlo de verdad. Conectar desde lo más profundo con lo más eterno. Reflexionar con paz, con serenidad. Conseguir aislarte, evadirte. Casi nunca lo consigo. Siempre acabo pensando en otra cosa. Me salgo del túnel. Avanzo, avanzo y de repente, una voltereta y ya estoy fuera....

Mascarillas y chascarrillos

Quién nos iba a decir que una simple prenda como la mascarilla iba a tener tanta importancia en nuestra vida. Es curioso fijarte en la cantidad de nuevas situaciones que está creando su simple uso. El otro día, por ejemplo, abrí la puerta al frutero y me sorprendió lo guapo que era.  ¿Cómo no me había yo fijado antes? Luego caí en la cuenta de que tenía unos ojos preciosos.Debe tener nariz fea y dientes feos y como ahora no se le ven, pues resulta de lo más apuesto el señor frutero de ojos verdes. Curiosos son también algunos efectos de la mascarilla. Por ejemplo, yo cuando me la pongo, ni oigo ni veo. De verdad. Y es muy peligroso, claro. El otro día de hecho casi me mato en las escaleras mecánicas de Mercadona por culpa de la mascarilla. También tiene cosas buenas. Por ejemplo, hay quien ha dejado de morderse las uñas o lo que aún es mejor, de comerse los mocos. O al menos ya solo lo hacen en la intimidad de sus casas, lo cual se agradece. También se ahorra en barra de labios...

Deconstrucción

Ayer salí a cenar y pedí tortilla de patata "deconstruida".  Cuando llegó la copa ( sí, venía servida en copa!) me dio por pensar si la habrían hecho así, "deconstruida" desde el origen, o si la habrían construido para deconstruirla después.  Construir para luego deconstruir no se entiende bien, la verdad. Ni en la tortilla ni casi en ningún orden de la vida. Con lo difícil que es construir que fácil es, sin embargo, deconstruir, o directamente destruir que es como se ha llamado siempre ( aunque, ojo, no es lo mismo, que lo he buscado en el diccionario!!).  Me vienen a la cabeza muchas cosas que requieren un proceso largo de construcción y sin embargo, pueden destruirse de un plumazo, cual castillo de arena. La familia, por ejemplo. No basta casarse y tener hijos, hay que "currárselo", hay que querer, ceder, renunciar, sacrificarse, desvelarse, hacer hogar, compartir alegrías, tristezas, valores, costumbres,  enseñar, aprender, acumular recuerdos, convivir...

Mi otro yo ( o el síndrome del ermitaño)

Hoy he vuelto a la oficina y mi sensación es de nostalgia. Añoro el confinamiento, el de los primeros momentos, el confinamiento en su estado más puro. No me refiero a este estado intermedio e indefinido  en el que nos encontramos ahora en el que uno no sabe bien a qué atenerse, porque lo mismo te sientes libre que transgresora, prudente que atrevida, responsable que timorata. Lo que yo echo de menos es tenerme que quedar en casa por obligación. Asi,categóricamente. En estos meses, al más puro estilo freudiano, he descubierto un "yo", que no conocía antes de mi misma. Un yo casero, tranquilo, paciente, acomodaticio, obedediente, reposado, prudente, natural, comprensivo, hasta un punto introvertido. Un yo que me ha encantado descubrir, que seguramente estaba latente, agazapago desde hace años tras mi yo más social sin atreverse ni siquiera a asomarse. Y ahora tengo miedo a que ese yo vuelva a desaparecer.   Porque ese yo, aunque cueste creerlo, era un yo libre, sin atadu...

Los Gallifantes del Covid

Hoy he  entrevistado a un niño al más puro estilo “gallifante”, aquel concurso que había en televisión hace años en el que Javier Sardá pedía a unos niños que le explicaran el significado de algunas palabras. Me encantaba escuchar las  ingeniosas definiciones que se les ocurrían. El juego consistía en que los concursantes adivinasen de qué palabra se trataba a partir de la definición. A veces era realmente imposible. En mi caso, le he preguntado al niño por algunas de las palabras más comunes y frecuentes durante estos últimos meses.  El niño ha resultado ser bastante listo. Comparto algunas de sus respuestas: Pandemia .  Sitio donde se hace pan . Me ha encantado la definición. Alejada de la realidad, aunque no tanto. Después de todo, una de las consecuencias, no sé si directas o indirectas de la pandemia, ha sido la cantidad de gente que se ha dedicado durante el confinamiento a hacer pan, y en general repostería. De hecho, en varias ocasiones me ha resultado imposi...

Acaso era normal?

La expresión de moda estos días es “la nueva normalidad”. El término me tiene fascinada. Si en los últimos tiempos ya me veía incapaz de decir qué era normal y qué no lo era, ahora ya sí que ando completamente despistada. Entiendo, a bote pronto, que la nueva normalidad afectará sobre todo a nuestros hábitos, a nuestras costumbres y en general, a nuestra vida social. No paro de dar vueltas a qué cosas de mi esfera social que antes yo consideraba normales dejarán pronto de serlo. Tanto lo pienso que cada vez más lo “antes normal” o “tradicionalmente normal”  me está empezando a parecer “anormal”. Recuerdo con nostalgia las terrazas. ¡Qué placer sentarse en una mesita al sol y disfrutar de una buena caña o un buen vino! Hasta aquí, todo “normal”.  Pero ahondando en la imagen, de primeras idílica, me pregunto yo si  acaso era “normal” sentarse en una mesa sucia con los restos de comida y bebida de los anteriores comensales, con el cenicero lleno de colillas chupadas...

Colaterales

En estos días complicados, hay un término que se repite en cada noticia que leo: “efectos colaterales”.   Colateral quiere decir secundario, que se produce de manera indirecta. Si buscas sinónimos en el diccionario te sale accesorio, adyacente, marginal. Me pregunto dónde está la línea entre lo principal y lo colateral. ¿Puede esta línea desdibujarse y hasta desaparecer? ¿ puede ser más gordo el efecto secundario que el directo? Me temo que cuando los efectos colaterales crecen y se intensifican, es imposible desentrañar ya lo esencial de lo colateral, porque todo se vuelve esencial, no hay colateralidad que valga.  No tenemos más que mirar a nuestro alrededor. Parece, a bote pronto, que el efecto directo del coronavirus es la enfermedad o la muerte. Pero, ¿acaso todo lo demás es colateral? La lista de colaterales es tan grande y dramática que me cuesta situarlos en la categoría de accesorio o secundario: desempleo, cierre de negocios, ruina, familias des...

Tanto miedo como tú

Mi reflexión de hoy tiene que ver con la vulnerabilidad y el miedo. Lo que está pasando en todo el mundo es como una película de ciencia ficción. El Coronavirus ataca en China, en EEUU, en Italia, en Francia, en Rusia, en UK, en España... Nadie se queda a salvo. Todos nos vemos afectados. A todos nos puede tocar. Al principio lo ves como algo más lejano.. Qué horror lo que pasa en China. Qué horror la situación de Italia. Ves los telediarios desde el sofá. Pero de repente te pasa a ti. Te afecta a ti. Y sientes miedo. MIEDO. Un miedo que a diferencia de muchas otras personas nunca habías sentido. Algo nuevo. Miedo por tu vida, la de tus padres, la de las personas que quieres, miedo a perder tu trabajo o a que lo pierda tu marido, miedo a perder tus ahorros, miedo  a un colapso, a un futuro incierto. Un miedo para tí desconocido y que sin embargo para muchas otras personas es algo común, cotidiano. Muchas personas sufrieron la malaria, muchas personas viven en guerras conti...

¡Qué monos!

No tengo intención ninguna de frivolizar, que no está el horno para bollos, pero sí ganas de que nos riamos un rato y sobre todo de reírme  un poco de mi misma y del tipo de situaciones “peculiares” que surgen en estas circunstancias en las que nos encontramos. Lo que me tiene más “loca” es la necesidad que tiene todo el mundo de comunicarse por Skype o similar. A ver, si solo llevamos 5 días aislados. Tranquilos, mi cara, de momento, sigue siendo la misma. ¿A qué tanta necesidad de vernos los caretos? Por un lado, está bien eso de verse, no digo yo que no. Primero, porque te hace sentir más cercano, está claro. Y segundo, porque te obliga a adecentarte un mínimo, aspecto importante en tiempos de enclaustramiento forzoso.  Ahora bien, ojo, creo que también está afectando negativamente a la autoestima de alguno y sobre todo de alguna. ¿ Soy yo sola o nos vemos todos fatal en las vídeo  conferencias? En mi caso, me veo con cara de tortuga Ninja, apaisada y v...

Tiempo de cuarentena

Debo reconocer que los primeros días del enclaustramiento pensaba yo, ilusa de mí, que iba a tener tiempo para todo lo que siempre he querido hacer y nunca me ha dado tiempo, e incluso me iba a dar tiempo a aburrirme. Sin embargo, solo llevamos tres días enclaustrados y ya estoy hasta estresada. Se me acumulan las tareas!! En 24 horas he recibido todas y cada una de las revistas del kiosco en pdf, invitaciones a tours on line de todos los mejores museos del mundo, videos de todo tipo, invitaciones a cenas telemáticas y a parties on line, llamadas por Skype, millones de whatsapp, miles de cadenas que seguir, cientos de rezos a los que unirme, miles de recomomendaciones que leer, peticiones de "change" que suscribir,  bulos que comprobar, series abiertas en todas las plataformas habidas y por haber... Confieso que estoy empezando a estresarme con todo lo que tengo que hacer. A este paso necesito que por favor nos confinen como mínimo un año o no me dará tiempo a...