Érase una vez un pavo en un corral. Pero no era un pavo cualquiera. Era el rey del corral. Nadie recordaba cuándo había empezado a serlo. Llevaba tantos años comportándose como si hubiera nacido con la corona puesta que nadie se atrevía a discutirlo. El pavo caminaba despacio, altivo, con el pecho hacia fuera, la cabeza alta y la cola desplegada como si de un abanico imperial se tratara. A su alrededor siempre había gallinas que lo seguían a todas partes, cacareando sus virtudes. Y de tanto cacarearle, el pavo se lo creyó y tomó el mando del corral. Paseaba y paseaba presumiendo de su condición. Sus plumas brillaban al sol y cuando se pavoneaba por el corral todos los animales quedaban deslumbrados. Daba órdenes a diestro y siniestro y todos obedecían. Cada mañana, el pavo buscaba un charco donde contemplarse. Se acercaba, estiraba el cuello y observaba su reflejo. Pero un día el charco le pareció pequeño. Y buscó uno más grande, y después otro, y otro. También empezó a comer cada vez ...
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