jueves, 29 de octubre de 2020

Hartazgo general

En estos últimos días la gente anda como loca. Nadie sabe qué hacer. Un absoluto desconcierto invade a la gran mayoría de los españoles de bien (los españoles de mal no sé bien lo que experimentarán, si es que sienten y padecen, que empiezo ya a dudarlo).

Yo hasta la fecha he estado protegida en mi casa. Soy contacto estrecho de un positivo y llevo 10 días sin salir a la calle. Ahora bien, como mi confinamiento llega a su fin, me encantaría que algún alma caritativa me aclarase qué se puede hacer y qué cosas están prohibidas, porque estoy completamente perdida.  Aunque me temo que es misión casi imposible. 

He preguntado ya a varias personas y realmente nadie tiene ni idea.  Estoy preocupada porque, como mujer de leyes que soy, sé bien que el desconocimiento de la ley no exime de su cumplimiento. Es decir, que no vale que cuando me pare el “señor agente” le diga que en este país no hay quien se entere de nada, por lo que he salido a la calle cuando mejor me ha parecido o más me ha convenido.

La situación es cuanto menos “kafkiana”.  España está en Estado de alarma. Hay toque de queda de 23 a 06, pero algunas comunidades pueden variar esta franja horaria, adelantando o retrasando las horas. La Comunidad de Madrid se cierra perimetralmente, pero solo los puentes, después no sé muy bien qué pasará. Algunas Comunidades, pero no todas, también se han cerrado, otras solo han cerrado sus bares, debe ser que a sus habitantes les daba por beber y "arrejuntarse".  Algunos barrios madrileños están confinados, parece ser que el criterio es la zona de salud, algo que nadie sabe bien lo que es. A algunas calles, dependiendo de la acera o del número, no se puede pasar, muy práctico. Los restaurantes ya no sé muy bien a qué hora tienen que cerrar y si es igual en todas las Comunidades, me temo que tampoco, lo cual influye directamente en la hora en la que puedes comer o cenar fuera de casa, que varia según donde estés. En algunos sitios los grupos no pueden ser de más de seis, en otros pueden reunirse hasta 10, ya no sé si convivientes, no convivientes o mediopensionistas. En algunos sitios han cerrado los parques, en otros han prohibido la venta de alcohol, en otros las barras, en algunos, los lugares de culto. Algunas medidas se aplican de forma progresiva, otras de sopetón, algunas admiten excepciones, otras no, el aforo a veces se reduce a la mitad, pero caben todo tipo de porcentajes en función de todo tipo de circunstancias y dependiendo de la Comunidad, y de nuevo con excepciones.  

¿Alguien entiende algo? Me temo que nadie, absolutamente nadie, aunque digan lo contrario. Entre tanto y por lo que pueda pasar, hoy medio Madrid de ha ido de puente. No sé bien si podrán llegar a su destino o si deberán teletransportarse para conseguirlo, y si llegados allá donde vayan serán capaces de descubrir y adaptarse a las costumbres locales. Ya nos contarán cuando vuelvan si es que les dejan volver. Uno ya nada sabe.

No sé si todo esto será culpa del Gobierno, del Estado de las Autonomías, del Ministro filósofo, del cansino Simón, del carácter español, del “Spain is different” o del “café olé”, pero realmente esto no hay quien lo entienda y empieza a proliferar entre la población un hartazgo muy pero que muy supino y preocupante.

Que Dios nos pille confesados, como diría mi tía Gracita, porque esto no ha hecho más que empezar! Paciencia y mucho ánimo.

Feliz semana!

 


domingo, 18 de octubre de 2020

Caretas


El otro día pregunté a mi amiga Silvia  por qué ya no corría. Me miró muy seria y me dijo: "Lo odio". Me quedé atónita. Yo pensé que le encantaba trotar por Madrid con su maridin. Llevaba años haciéndolo. Pues resulta que no. Lo hacía por él, por compartir una afición, por decir que hacía algún deporte, pero realmente cada carrera le suponía un esfuerzo terrible, un suplicio, un tormento. Y al final se cansó y lo reconoció. Odio correr y punto! No ha vuelto a hacerlo.

La semana pasada me sorprendió que otro amigo, economista de postín, asiduo de los debates y tertulias del más alto nivel, no se conectase a uno de los encuentros financieros más prestigiosos del año. "No me conecto porque no me interesa nada" me reconoció. Volví a quedarme  atónita. "He decidido dejar de dedicar mi tiempo a temas que ya no me aportan" añadió.

Ambas posturas me hicieron reflexionar . Lo cierto es que  muchas personas llegadas a una determinada edad se quitan la careta. Tal cual.


Es una maravilla quitarse la careta aunque no es ni mucho menos fácil. Porque quitarse la careta no solo significa dejar de aparentar, algo a lo que estamos demasiado acostumbrados. Quitarse la careta significa sobre todo dejarse de mentir a uno mismo, algo todavía mucho más frecuente. 


En la vida uno va tomando decisiones mejores o peores que le van conduciendo por uno u otro camino. A veces no es el  camino que uno pensaba o quería, pero reconocerlo duele así que es mucho más fácil, y probablemente hasta  más inteligente, encontrar argumentos para justificar que la decisión tomada y el camino elegido son sin duda los más acertados, aún cuando en el fondo de los fondos uno sabe que no es así.

Es como el que veranea en el  norte, y defiende el microclima del norte, lo  bien que se come en el norte, las excursiones del  norte, la elegancia del norte, el verdor del  norte y en el fondo lo que siempre le ha gustado ha sido el sur, el calor pegajoso del sur, los chiringuitos del sur, el bullicio del sur. Y se ha pasado la vida renunciando al sur y defendiendo el  norte hasta que un día estalla y dice que no vuelve al norte porque odia la lluvia, el chubasquero, las nubes y las hortensias. Y se quita un peso de encima. Y no vuelve al  norte. Y se pasa el resto de la vida en chanclas en el sur. Feliz.

Es un ejemplo tonto pero muy gráfico e ilustrativo. Ejemplos hay miles. 

Por  culpa de las caretas se frustran sueños, se deshacen ilusiones, se desvanecen anhelos y se mustian vidas. 

Las caretas siempre obedecen a razones: la generosidad, la tradición, la inercia, la comodidad, el bienestar del prójimo, el estatus social, la felicidad familiar, el  bien común.... Quitarse la careta suele traer consecuencias a veces inesperadas porque los demás no suelen estar preparados para ver tu verdadera cara, que a veces hasta a ti mismo te sorprende.

Solo uno sabe si le merece la pena seguir toda la vida con la careta puesta, muchas veces hasta compensa,  pero intuyo que quitársela aunque sea de vez en cuando debe ser muy pero que muy placentero!!

Feliz semana!!!