Érase una vez una perdiz que siempre estaba mareada. Mareada de dar vueltas, de dudar, de entrar y salir, de ir y venir, sin saber muy bien hacia donde ni por qué. Una perdiz buena, educada, de las que dicen que sí antes de ni siquiera entender la pregunta. "No te preocupes, es solo un momentito", le decían. Y ella acudía siempre solícita. Pero el momentito se alargaba, se enredaba, se complicaba, y la pobre perdiz acababa dando vueltas sobre sí misma como si la vida fuera una noria sin botón de parada. Un día, ya con vértigo permanente y el ala izquierda un poco resentida, la perdiz decidió descansar un rato. Se posó en una piedra, respiró hondo y pensó algo revolucionario:“¿Y si ya no permito que me mareen más?” Al principio le pareció una idea peligrosa, una decisión osada. ¿Y si decepcionaba a alguien? ¿Y si la dejaban arrinconada? ¿Y si se quedaba atrás?¿Y si todo se venía abajo por culpa de su negativa a dar otra vuelta más? Pero decidió llevarlo a cabo. ¡Se acabó el m...
Hay instantes en la vida que son oro puro. Pe ro no lo sabemos porque n o brillan mientras ocurren. No vienen envueltos en música solemne ni hay una voz en off que nos advierta: “ atención, este momento es irrepetible” . Son minutos normales, incluso vulgares. Momentos que se viven inocentemente. Nada en ellos nos ayuda a presentir su valor. Hasta que llega la noticia que lo cambia todo y la vida da un vuelco. Entonces ocurre algo extraño: entre esos minutos y los que vienen después se abre un abismo. Como si dos vidas distintas se sucedieran sin transición. La vida de antes y la vida de después. Lo más desconcertante es que la frontera entre ambas vidas es apenas un instante. Un instante fugaz al que, cuando todo cambia, daríamos cualquier cosa por volver. No para cambiar nada, sólo para volver a estar. Qué bueno sería si esos minutos, que...