Ayer fui a tomar un café a un bar muy moderno. Me atendió el que yo creía era el camarero, pero que resultó ser un barista, ni idea qué era eso, ya me he enterado. El barista me hizo mil preguntas sobre cómo quería mi café. Ya no sólo sobre la leche, que estoy más acostumbrada: sin lactosa, de avena, de almendra, de soja, de cabra... sino sobre el tipo de café. Tuve que elegir el país de origen, la intensidad, el aroma, el nivel de trituración del grano y no sé cuantas características más. Tuve una paciencia extraordinaria y media hora después por fin tenía mi café con leche. Ah, pero no. No se trataba de tomarse un café sino de disfrutar de una experiencia aromática y gustativa, por la que, por cierto, me cobraron 7 euros. Y es que ahora ya no se trata de consumir bienes o servicios sino "experiencias". No vamos a cenar, vivimos una experiencia gastronómica. No dormimos en un hotel, disfrutamos de una experiencia de alojamiento. No hacemos un viaje, nos sumergimos en ...
Ser adulta contemporánea, como dice mi amiga Connie, resulta agotador. Hoy en día, a las adultas contemporáneas se les presume formación. Han estudiado una carrera, algunas dos; un máster, algunas un doctorado, y la mayoría sabe idiomas. Pero nada es suficiente. Porque ahora a las adultas contemporáneas se les exige estar en continua formación. Así que la adulta contemporánea debe hacer nuevos cursos, escuchar podcasts, leer newsletters y preguntar a ChatGPT cosas que ni siquiera sabía que necesitaba saber. La adulta contemporánea debe demostrar que sigue siendo relevante y difícilmente sustituible por la inteligencia artificial. Debe demostrar que es ágil, flexible, creativa, que tiene criterio, sensibilidad, intuición, don de gentes, empatía y liderazgo. La adulta contemporánea también debe poner en valor su experiencia frente a los jóvenes y desplegar su perspectiva, templanza, conocimiento y memoria histórica. Las adultas contemporáneas suelen ser madre...