Es curioso la cantidad de situaciones pintorescas que ocurren en un ascensor. Una amiga trabaja en el piso 28 de una gran torre. Un día, a primera hora, entró sola en el ascensor. Relajada y confiada, se tiró un discreto pedo. En el siguiente piso se abrieron las puertas y entró su jefe. El ascensor olía a bomba fétida. Él se tapó la nariz y la miró. Ella hizo como si la cosa no fuese con ella y creyó morirse. Él puso cara de circunstancia. Subieron juntos 27 plantas que a mi amiga le parecieron siete años. La historia de otra conocida fue aún peor. Subía en ascensor a su ofina cuando entró una compañera jovencita y voluptuosa hablando por teléfono a voz en grito. El ascensor era tan pequeño que todos los que estaban dentro oían perfectamente la conversación un tanto subida de tono. A mi amiga le pareció reconocer la voz de su marido al otro lado del teléfono pero, inocente, pensó que era imposible que fuese él. Hasta que su compañera se despidió y pronunció el nombre de su interl...
Me gusta mucho el sonido de algunas palabras, con independencia de su significado. Me gusta cómo resuenan cuando se pronuncian, cómo vibran, cómo incluso parece que te acarician cuando alguien las dice. Hay letras que bailan muy bien juntas en una palabra. Por ejemplo, la "c" y la "l". Por eso me gustan palabras como tecla, clon, claqué, Clotilde o eclipse. También hacen muy buena pareja la "b" o la "v": con la "l". Se las ve felices juntas en palabras como bledo o blando o incluso en otras donde las separa una vocal como ocurre en belén, baldosa o válvula. Hay palabras que me resultan divertidas. Quizá es por la repetición rítmica de sus vocales. Son palabras como pizpireta, pizca, coco, caca, piripi, polvorín, polvorón, bereber, voltereta, retintín, tostón, chirimiri, o cucurucho. Son en si mismas como pequeñas canciones. Las palabras de origen árabe me parecen en cambio evocadoras. Tienen una musicalidad envolvente: almohada, alfé...