La semana pasada fui a un concierto. Mientras el cantante cantaba, mis ojos se fijaban, sin poder evitarlo, en el movimiento flácido de sus brazos. Qué flacidez tan deliciosa, qué vaivenes tan entusiastas. Cada vez que el cantante levantaba los brazos, la carne se balanceaba al compás de la música. La flacidez de los brazos siempre ha despertado mi curiosidad. Cuando era pequeña me encantaba pellizcar la piel de los brazos de mi abuela. Tenía unos pliegues blanditos, ondulantes, que parecían el cuello de una tortuga. Yo los pellizcaba y aquellas carnes parecían adquirir vida propia. Hay quien llama a esa piel sobrante "alas de murciélago". No me gusta. Me suena a película de terror, a criatura que acecha en un desván. Una amiga mía lo llama "el eco del adiós". Me gusta mucho más. Después de todo, esa particular flacidez tiene mucho de despedida, de eco, de resonancia de algo que ya no está, pero que un día estuvo. El eco del adiós llega a una cierta edad y si te l...
La gente dice mucho últimamente eso de que algo "ha llegado para quedarse". Se dijo mucho con el covid: "el covid ha llegado para quedarse". Lo mismo con el teletrabajo, o con la inteligencia artificial. Pues sí. Hay cosas que aparecen en nuestra vida de repente, con apariencia de pasajeras, y que, sin embargo, llegan para quedarse. Pero también hay otras que, aunque parezca que van a durar siempre, un día se nos escapan. Como la juventud, que llega sin pedir permiso, se instala atrevida, y un buen día, sin previo aviso, se va. O el amor, que cuando llega pensamos que durará eternamente, pero que a menudo desaparece. Hay cosas que permanecen para siempre. Hay otras que van y vienen. Hay cosas que se van sin que podamos hacer nada por evitarlo. Hay otras que desaparecen porque dejamos de cuidarlas o renunciamos a ellas. Y hay cosas que no deberíamos permitirnos perder jamás. En el panorama actual, me llama la atención la cantidad de cosas que se les han escapado de...