Esta noche he tratado de recordar el nombre de un amigo al que hace tiempo que no veo. Me he desvelado. El nombre no me venía a la cabeza. Lo tenía en la punta de la lengua, pero no era capaz de atraparlo. Me he tenido que levantar para buscarlo en Google por su cargo. Me pregunto cómo funcionan en nuestra cabeza los mecanismos del olvido y del recuerdo. Me pregunto si nuestra memoria tendrá una capacidad limitada y si cada vez que guardamos un nuevo recuerdo irremediblemente olvidamos otro antiguo. Hay recuerdos que no querríamos olvidar jamás. Instantes de nuestra vida, pequeños momentos que nos gustaría fijar para siempre y poder recurrir a ellos cuando necesitemos. Hacemos esfuerzos por grabarlos en nuestra memoria y, sin embargo, a veces se escapan, vuelan, y somos incapaces de recordarlos. Hay personas que ya no están de las que no quiero olvidar su voz, su risa, su olor o sus caricias. Pero no siempre lo logro por mucho que lo intente. Hay, en cambio, mome...
Estoy muy decepcionada con el último viaje a la luna. Tanto bombo y platillo con eso de pisar la cara oculta y resulta que sólo han descubierto que es una superficie más densa, con más cráteres y que hace más frío. Para este viaje no necesitábamos alforjas, que diría mi abuela. Lo de viajar a la cara oculta de la luna me parecía algo muy misterioso, casi seductor. La luna ya lo es de por sí: tan blanca, tan lejana, tan brillante, tan nocturna, tan cambiante. Descubrir su otra cara sonaba como a revelar un secreto oculto desde hace siglos. A mí me habría encantado que me dejaran ir pero, claro, no soy astronauta, así que era implanteable. Pero, al menos, me habría encantado que hubieran encontrado algo inesperado. No sé, seres extraterrestres, por ejemplo. Seres blancos, ingrávidos, casi transparentes, con una inteligencia extraordinaria. Eso sí habría sido fascinante. Hoy en día hay gente capaz de inventarse las cosas más increíbles y lo peor es que nos lo creemos. Me pregunto por...