Ayer leí la noticia de un padre que se olvidó de su hijo en una gasolinera y no se dio cuenta hasta 140 kilómetros después. Me pregunto si al pobre niño lo llevarían a la sección de objetos perdidos de la gasolinera. Los departamentos de objetos perdidos siempre me han llamado la atención. Estoy segura de que deben estar llenos de objetos inverosímiles. Es fácil perder el paraguas, un sombrero, unas gafas, las llaves, la cartera o hasta la dentadura postiza, el que la lleve. Más difícil es perder un cortacesped o una bombona de butano, aunque parece que son cosas que, increíblemente, también se pierden. Lo peor es que, a medida que pasa la vida, vamos perdiendo cosas que luego cuesta mucho encontrar. Perdemos la memoria, la paciencia, la atención, la vergüenza, la capacidad de dormir de un tirón, la inocencia y a veces, hasta la cabeza o la cordura. Me imagino un enorme almacén de objetos perdidos a lo largo de la vida. Un lugar lleno de estanterías y grandes cajas. En...
Algo me pasa. Soy incapaz de concentrarme. Voy y vengo de una tarea a otra. Salto de flor en flor. Nada me retiene. Mi atención, ese bien preciado, parece haberse esfumado. No aguanto sentada. Me levanto. Vuelvo. Abro una pestaña. Cierro otra. Empiezo un correo y lo dejo a medias. Leo y no entiendo. Vuelvo a leer. Tampoco. Procrastino, que dirían los modernos. Pierdo el tiempo, que diría mi madre. Sueño con otras vidas, con otros yos. Me imagino viviendo lejos. Recogiendo flores. Cultivando tomates. O retirando las hojas secas de una piscina. Una vida sencilla. Ritmo lento, sin estrés. Sin apenas responsabilidad. Disfrutando del momento. Saboreando el instante. Me imagino tomando el sol y casi puedo sentirlo sobre mi cara. Me entra el sueño. Se me caen los párpados. No paro de tomar café, pero ya no me hace efecto. Nada me espabila. Siento el peso de mi cuerpo, de mis brazos, de mis piernas, de mis músculos. Soy consciente de la gravedad de mi ser. Nunca había pensado tanto en lo ...