Me gusta mucho el sonido de algunas palabras, con independencia de su significado. Me gusta cómo resuenan cuando se pronuncian, cómo vibran, cómo incluso parece que te acarician cuando alguien las dice. Hay letras que bailan muy bien juntas en una palabra. Por ejemplo, la "c" y la "l". Por eso me gustan palabras como tecla, clon, claqué, Clotilde o eclipse. También hacen muy buena pareja la "b" o la "v": con la "l". Se las ve felices juntas en palabras como bledo o blando o incluso en otras donde las separa una vocal como ocurre en belén, baldosa o válvula. Hay palabras que me resultan divertidas. Quizá es por la repetición rítmica de sus vocales. Son palabras como pizpireta, pizca, coco, caca, piripi, polvorín, polvorón, bereber, voltereta, retintín, tostón, chirimiri, o cucurucho. Son en si mismas como pequeñas canciones. Las palabras de origen árabe me parecen en cambio evocadoras. Tienen una musicalidad envolvente: almohada, alfé...
Cuando era pequeña había dos sitios a los que soñaba con ir. Uno era Santa Apolonia, un pueblo misterioso del que nos hablaba mi tía abuela Gracita. Cada tarde de verano, mis primos y yo repetíamos el mismo ritual: bici, galletas, cantimplora medio fría y una firme determinación de llegar por fin a nuestro destino. Pero nunca llegábamos. Volvíamos agotados y con las piernas temblando pero lo pasábamos tan bien en el camino que sólo pensábamos en repetir al día siguiente. Hoy me pregunto si Santa Apolonia existía de verdad o si todo formaba parte de un plan orquestado por mi tía Gracita para hacernos desaparecer durante unas horas. Cada vez me inclino más por lo segundo pero mi tía se llevó el secreto a la tumba. El segundo lugar con el que siempre he soñado, y sigo haciéndolo, es Babia. A ese tampoco he conseguido llegar nunca aunque me temo que debe estar hasta arriba de gente. Cada vez que oigo que alguien “está en Babia”, me da mucha envidia. A veces me imagino Babia como un edén se...