Algo me pasa. Soy incapaz de concentrarme. Voy y vengo de una tarea a otra. Salto de flor en flor. Nada me retiene. Mi atención, ese bien preciado, parece haberse esfumado. No aguanto sentada. Me levanto. Vuelvo. Abro una pestaña. Cierro otra. Empiezo un correo y lo dejo a medias. Leo y no entiendo. Vuelvo a leer. Tampoco. Procrastino, que dirían los modernos. Pierdo el tiempo, que diría mi madre. Sueño con otras vidas, con otros yos. Me imagino viviendo lejos. Recogiendo flores. Cultivando tomates. O retirando las hojas secas de una piscina. Una vida sencilla. Ritmo lento, sin estrés. Sin apenas responsabilidad. Disfrutando del momento. Saboreando el instante. Me imagino tomando el sol y casi puedo sentirlo sobre mi cara. Me entra el sueño. Se me caen los párpados. No paro de tomar café, pero ya no me hace efecto. Nada me espabila. Siento el peso de mi cuerpo, de mis brazos, de mis piernas, de mis músculos. Soy consciente de la gravedad de mi ser. Nunca había pensado tanto en lo ...
Antes, el verano duraba un siglo. Un mes en el campo era una eternidad en la que pasaba de todo. Las hojas de la mimosa eran sardinas, el agua con hierbas machacadas se convertía en sopa y cualquier bote vacío podía ser una cazuela de alta cocina. Éramos cocineros, científicos y exploradores. Lo mismo perseguíamos lagartijas a las que cortábamos el rabo que montábamos un hospital para atender a un murciélago ahogado en la piscina al que acabábamos organizando un solemne entierro con una piedra, unas flores silvestres y un minuto de silencio que duraba veinte segundos. Rescatábamos gatitos que nunca nos dejaban quedarnos y enterrábamos alguna que otra tortuga. A una se le rompió el caparazón. La sacamos al sol para curarla y una urraca la devoró y sólo dejó el caparazón vacío. Qué tragedia. Hacíamos carreras de caracoles hasta que nos aburríamos. Y de gotas de lluvia resbalando por los cristales. La emoción consistía en elegir cuál llegaría antes al marco de la ventana. Organizábam...