Antes, el verano duraba un siglo. Un mes en el campo era una eternidad en la que pasaba de todo. Las hojas de la mimosa eran sardinas, el agua con hierbas machacadas se convertía en sopa y cualquier bote vacío podía ser una cazuela de alta cocina. Éramos cocineros, científicos y exploradores. Lo mismo perseguíamos lagartijas a las que cortábamos el rabo que montábamos un hospital para atender a un murciélago ahogado en la piscina al que acabábamos organizando un solemne entierro con una piedra, unas flores silvestres y un minuto de silencio que duraba veinte segundos. Rescatábamos gatitos que nunca nos dejaban quedarnos y enterrábamos alguna que otra tortuga. A una se le rompió el caparazón. La sacamos al sol para curarla y una urraca la devoró y sólo dejó el caparazón vacío. Qué tragedia. Hacíamos carreras de caracoles hasta que nos aburríamos. Y de gotas de lluvia resbalando por los cristales. La emoción consistía en elegir cuál llegaría antes al marco de la ventana. Organizábam...
Me llama la atención cuando a los políticos les da por acudir al arriesgado comodín del público. Como ocurrió con el referéndum en Cataluña o el Brexit en Reino Unido. Nunca se sabe en que va a acabar la consulta y lo peor es que luego ya no tiene remedio. El otro día leí que el Banco Central Europeo ha decidido pedir opinión a los ciudadanos sobre cómo deberían ser los nuevos billetes de euro. Las propuestas tienen que ver con dos ámbitos: la cultura europea y los ríos y las aves. Al principio, pensé que cualquier europeo podía hacer la propuesta que más le gustase siempre que encajase con las temáticas sugeridas, y me pareció muy divertido. Pero al parecer no es así, sino que se trata de votar entre varias propuestas. Creo que ya puestos a consultar, podrían habernos dado carta libre. Pero a Christine Lagarde, presidenta del Banco Central Europeo, ha debido darle miedo la imaginación del personal. Y no me extraña. Lo de los ríos y las aves parece menos arriesgado, pero eso de la...