Los que fuimos niños en los años 70 no tenemos duda de cuál era entonces el bollo estrella: el cuerno de chocolate. El cuerno no era un simple bollo, era algo extraordinario, que reposaba orondo en los estantes de la panadería y parecía tentarte a morderlo. Y cuando lo mordías, el chocolate se escapaba por los lados, te caía por los dedos y te manchaba el uniforme. Las servilletas en las que te lo servían, esas casi transparentes, nunca eran suficientes para tanto estropicio. Era imposible ocultar que te habías comido uno. La palmera de chocolate, al lado del señor cuerno, parecía casi sosa. Tan correcta, tan discreta. El cuerno, en cambio, era exuberante y generoso. Excesivo. Yo casi nunca me lo tomaba porque no me dejaban. En mi casa me esperaba cada tarde un bocadillo, y a mí me daban envidia las niñas que, nada más acabar el colegio, se iban directas a por un cuerno. Hoy los cuernos de chocolate prácticamente han desaparecido. El croissant y la napolitana siguen entre nosotros...
Me tiene loca la noticia de que hay vacas conectadas. Vacas con collares inteligentes que registran y monitorizan su actividad, su localización, su descanso y su alimentación. Si duda, es una gran noticia, una innovación para la ganadería y en general, para el mundo rural. Pero es que la cosa va más allá. Parece que lo último no son ya estos collares, sino que ahora existen también una especie de cápsulas que las vacas se tragan, se alojan en su estómago y desde allí lo miden todo: la temperatura, la digestión, la calidad de la leche, si están en celo o si están enfermas. Estas cápsulas se llaman bolos ruminales inteligentes (o smart rumen bolus , que siempre suena más sofisticado en inglés). Y yo me pregunto: si esto ya existe para las vacas… ¿cuánto falta para que llegue a los humanos? Porque la tecnología cada día avanza más rápido, así que, dentro de nada, los que nos vamos a tragar los bolos ruminales esos vamos a ser nosotros. A lo mejor no está tan mal la idea. ...