Me tiene loca la noticia de que hay vacas conectadas. Vacas con collares inteligentes que registran y monitorizan su actividad, su localización, su descanso y su alimentación. Si duda, es una gran noticia, una innovación para la ganadería y en general, para el mundo rural. Pero es que la cosa va más allá. Parece que lo último no son ya estos collares, sino que ahora existen también una especie de cápsulas que las vacas se tragan, se alojan en su estómago y desde allí lo miden todo: la temperatura, la digestión, la calidad de la leche, si están en celo o si están enfermas. Estas cápsulas se llaman bolos ruminales inteligentes (o smart rumen bolus , que siempre suena más sofisticado en inglés). Y yo me pregunto: si esto ya existe para las vacas… ¿cuánto falta para que llegue a los humanos? Porque la tecnología cada día avanza más rápido, así que, dentro de nada, los que nos vamos a tragar los bolos ruminales esos vamos a ser nosotros. A lo mejor no está tan mal la idea. ...
Siempre me fijo en las uñas. Hay quien mira los zapatos, la sonrisa, los ojos… Yo miro las uñas. Las uñas hablan por sí mismas. Son una seña de identidad, una carta de presentación. Sólo mirando las uñas puedes intuir cómo es alguien: si es cuidadoso o caótico, limpio o sucio, paciente o ansioso. No me gusta que la gente se muerda las uñas. No soporto el ruido que hacen, ni esa cara de concentración que se les pone mientras se las muerden. Las uñas largas en los hombres me horripilan. En mi casa siempre las hemos llamado “uñas de chino”, porque los chinos suelen llevarlas largas. Todas ellas o solo algunas, sobre todo la del meñique. Prefiero no saber para qué la usan. A veces intento ser comprensiva. Cuando conozco a un hombre con las uñas largas pienso que igual toca la guitarra. Pero casi nunca es así. La mayoría de las veces no hay guitarra, solo uñas. He dejado a dos novios por sus uñas. A uno, porque las tenía largas. Al otro, porque se las comía. Una noche fuimos al cine y se pa...