Quizá me rondas y no lo sé. Quizá me esperas, escondida. Quizá formo parte de tu lista. Una más. Quizá llegas sin avisar y me pillas desprevenida, sin preparar. Sé que no me hará falta maleta. Sé que aún tendré cosas por hacer. Personas a las que amar. Nada de eso te importará. Sé que formas parte de la vida y que un día llegarás. A veces llegas cruel, aunque no eres tú quien tiene maldad. Provocas lloros y lamentos. No lo puedes remediar. Eres puente a algo eterno que somos incapaces de adivinar. Prefiero que toques mi puerta y que a ellos les dejes en paz. Pero nunca nos das a elegir. A veces corres y llegas pronto. Otras, te demoras, remolona. Eres imposible de predecir. Tu camino nunca es igual. Arrebatas sin piedad. Es parte de tu esencia. Te llevas al que no quiere marchar. Arrastras al que se quiere quedar. Meces en tus brazos al que ya anhela la eternidad. No sé cuándo llegarás. No te espero, ni te deseo. No creo al que te predice. No le quiero escuchar. No te he visto cerca ni...
La semana pasada fui a un concierto. Mientras el cantante cantaba, mis ojos se fijaban, sin poder evitarlo, en el movimiento flácido de sus brazos. Qué flacidez tan deliciosa, qué vaivenes tan entusiastas. Cada vez que el cantante levantaba los brazos, la carne se balanceaba al compás de la música. La flacidez de los brazos siempre ha despertado mi curiosidad. Cuando era pequeña me encantaba pellizcar la piel de los brazos de mi abuela. Tenía unos pliegues blanditos, ondulantes, que parecían el cuello de una tortuga. Yo los pellizcaba y aquellas carnes parecían adquirir vida propia. Hay quien llama a esa piel sobrante "alas de murciélago". No me gusta. Me suena a película de terror, a criatura que acecha en un desván. Una amiga mía lo llama "el eco del adiós". Me gusta mucho más. Después de todo, esa particular flacidez tiene mucho de despedida, de eco, de resonancia de algo que ya no está, pero que un día estuvo. El eco del adiós, llegada una cierta edad y si te ...