Hay instantes en la vida que son oro puro. Pe ro no lo sabemos porque n o brillan mientras ocurren. No vienen envueltos en música solemne ni hay una voz en off que nos advierta: “ atención, este momento es irrepetible” . Son minutos normales, incluso vulgares. Momentos que se viven inocentemente. Nada en ellos nos ayuda a presentir su valor. Hasta que llega la noticia que lo cambia todo y la vida da un vuelco. Entonces ocurre algo extraño: entre esos minutos y los que vienen después se abre un abismo. Como si dos vidas distintas se sucedieran sin transición. La vida de antes y la vida de después. Lo más desconcertante es que la frontera entre ambas vidas es apenas un instante. Un instante fugaz al que, cuando todo cambia, daríamos cualquier cosa por volver. No para cambiar nada, sólo para volver a estar. Qué bueno sería si esos minutos, que...
¿Elegimos tanto como creemos? ¿Seguimos siendo realmente libres? ¿Es el fin del libre albedrío? Creemos que compramos lo que queremos, que leemos lo que nos interesa, que viajamos donde soñamos. Pero para muchos ya no es así. Pienso en mi caso. Tengo claro que a menudo compro cosas que no necesito pero que empiezo a desear después de verlas 10 veces en las redes sociales y de que mi cerebro, obediente, las haya convertido en falsa necesidad. Y l eo los libros que Kindle me propone como “próximas lecturas ideales para mi”, cocino las recetas que Instagram me muestra y escucho la música que Spotify me sugiere. Incluso me pregunto si cuando viajo no acabo eligiendo los destinos que las redes deciden mostrarme (después de escucharme, por cierto). Siento, al menos, un enorme alivio de estar felizmente casada con la persona que sí elegí yo. Si no, terminaría compartiendo mi vida con la persona que la plataforma de turno hubiera filtrado y clasificado especialmente para ...