Cuando era pequeña había dos sitios a los que soñaba con ir. Uno era Santa Apolonia, un pueblo misterioso del que nos hablaba mi tía abuela Gracita. Cada tarde de verano, mis primos y yo repetíamos el mismo ritual: bici, galletas, cantimplora medio fría y una firme determinación de llegar por fin a nuestro destino. Pero nunca llegábamos. Volvíamos agotados y con las piernas temblando pero lo pasábamos tan bien en el camino que sólo pensábamos en repetir al día siguiente. Hoy me pregunto si Santa Apolonia existía de verdad o si todo formaba parte de un plan orquestado por mi tía Gracita para hacernos desaparecer durante unas horas. Cada vez me inclino más por lo segundo pero mi tía se llevó el secreto a la tumba. El segundo lugar con el que siempre he soñado, y sigo haciéndolo, es Babia. A ese tampoco he conseguido llegar nunca aunque me temo que debe estar hasta arriba de gente. Cada vez que oigo que alguien “está en Babia”, me da mucha envidia. A veces me imagino Babia como un edén se...
Érase una vez una perdiz que siempre estaba mareada. Mareada de dar vueltas, de dudar, de entrar y salir, de ir y venir, sin saber muy bien hacia donde ni por qué. Una perdiz buena, educada, de las que dicen que sí antes de ni siquiera entender la pregunta. "No te preocupes, es solo un momentito", le decían. Y ella acudía siempre solícita. Pero el momentito se alargaba, se enredaba, se complicaba, y la pobre perdiz acababa dando vueltas sobre sí misma como si la vida fuera una noria sin botón de parada. Un día, ya con vértigo permanente y el ala izquierda un poco resentida, la perdiz decidió descansar un rato. Se posó en una piedra, respiró hondo y pensó algo revolucionario:“¿Y si ya no permito que me mareen más?” Al principio le pareció una idea peligrosa, una decisión osada. ¿Y si decepcionaba a alguien? ¿Y si la dejaban arrinconada? ¿Y si se quedaba atrás?¿Y si todo se venía abajo por culpa de su negativa a dar otra vuelta más? Pero decidió llevarlo a cabo. ¡Se acabó el m...