Podría escribir páginas y páginas sobre la visita del Papa, un acontecimiento único que he tenido el privilegio de vivir intensamente. Pero hoy quiero escribir sobre una de las mayores pruebas de fe de la que hemos sido testigos estos días: el lanzamiento de bebés al Papa. Qué mayor prueba hay, no ya sólo de fe, sino de confianza en el prójimo, que confiar tu bebé a una cadena humana formada por desconocidos. Sin embargo, cientos de madres han practicado cada día el lanzamiento de bebés olvidando por un instante el más mínimo sentido de la prudencia y hasta el más básico instinto de conservación de las crías que todo mamífero tiene por naturaleza. Un bebé que hace cinco minutos no podía alejarse más de un metro de su sillita de pronto comenzaba una aventura épica por encima de una multitud de miles de personas. “¿Es suyo? No. ¿Lo conoce?. Tampoco. ¿Y por qué se lo entrega? Porque va hacia el Papa” Y allí que iba el niño en volandas pasando de unas manos a otras. Los niños más afor...
Los que fuimos niños en los años 70 no tenemos duda de cuál era entonces el bollo estrella: el cuerno de chocolate. El cuerno no era un simple bollo, era algo extraordinario, que reposaba orondo en los estantes de la panadería y parecía tentarte a morderlo. Y cuando lo mordías, el chocolate se escapaba por los lados, te caía por los dedos y te manchaba el uniforme. Las servilletas en las que te lo servían, esas casi transparentes, nunca eran suficientes para tanto estropicio. Era imposible ocultar que te habías comido uno. La palmera de chocolate, al lado del señor cuerno, parecía casi sosa. Tan correcta, tan discreta. El cuerno, en cambio, era exuberante y generoso. Excesivo. Yo casi nunca me lo tomaba porque no me dejaban. En mi casa me esperaba cada tarde un bocadillo, y a mí me daban envidia las niñas que, nada más acabar el colegio, se iban directas a por un cuerno. Hoy los cuernos de chocolate prácticamente han desaparecido. El croissant y la napolitana siguen entre nosotros...