domingo, 30 de enero de 2022

Lecturas que dan mucho miedo


Aunque sé que no debo leerlos, porque me provocan pesadillas, siento una irremediable tentación de leer determinados textos que, a pesar de su letra pequeña y su imposible contenido, ejercen sobre mí una terrible atracción. Son textos cortos, de letra pequeña, compactos, comprimidos, con apariencia bondadosa y sin embargo, terroríficos. Los comparto por si a alguien le ocurre lomismo.

Los prospectos. Cada vez que leo uno me prometo a mí misma no volver a leer ninguno más, pero al final, no me puedo resistir. Mi apartado favorito es el de Efectos secundarios. No soy hipocondriaca pero es leer el detalle de los efectos secundarios y empezar a ponerme mala. Los siento todos, de golpe. Dolor de cabeza, visión borrosa, temblores,  cambios de humor.. A medida que lo voy leyendo, los voy sintiendo. A veces, después de leer un prospecto he sentido tanto pavor que he tenido que tirar la medicina al cubo de la basura, y ahí sí que me he puesto malísima.

 


La composición de los geles, champús y cremas. Es como leer la mismísima tabla periódica. Sodium Lauryl Sulfate, Cocamidopropyl Betaine, Sodium Chloride, Glycerin, Coco-Glucoside, Punica Granatum Fruit Extract, Lactic Acid, Sodium Phytate. ¿Acaso alguien entiende algo?  Y además, suelen venir en varios idiomas, cosa que no entiendo puesto que están en latín.  Muy raro todo. Recuerdo que una amiga un día me recomendó que usase siempre productos sin “parabenos”. ¿Sin parabenos? Vaya, pues era justo el  componente que mejor me sonaba. Será que lo asocio con parabienes.

La composición de los alimentos. En la composición de los alimentos de vez en cuando aparecen unos ingredientes que te dejan boquiabierta. No hablo ya de azúcares, aceites más o menos buenos, colorantes, conservantes, o trazas de frutos de secos, sino de cosas extrañísimas, que no sé qué son o para qué sirven. Es el caso del jarabe de maíz de alta fructuosa, que como poco, debe subir la tensión; el glutamato, que suena a grupo de pop de los 80; el benzoato de sodio, que parece nombre de veneno; los tocoferoles, que suenan a ginecólogo o el ácido tiodipropiónico, que suena a exterminio. Hay una lista interminable de ingredientes que me causan verdadero pavor.

Los plazos de devolución de los tickets de compra. Los subrayo con rotulador fosforito para que no se me pase el plazo, harta de tener mi armario lleno de prendas que no me valen o no me gustan pero que no pude devolver en su momento porque se me  pasó el plazo. Zara, un mes, Carrefour, quince días, El Corte Inglés, dos meses, la tienda de la esquina, 2o días. Es imposible acordarse. Hace falta una tabla Excel con los plazos de devolución o una app que te vaya avisando de los vencimientos de tus tickets.

Las cookies. Es imposible esquivarlas, te las encuentras donde menos te lo esperas. Están al acecho, escondidas y saltan de repente. No puedes continuar leyendo si nos las aceptas.  Son intimidantes, acosadoras. Y para evitarlas, ¿qué hacemos? Las aceptamos sin leer. Pero cuando las lees, te entra el vértigo porque te empiezas a comprender por qué  Internet sabe todo de tí.  En esta misma línea, están las cláusulas de cesión de datos. Si cedes tus datos, estás perdido.

Los consentimientos en el médico.  ¿Quién no ha tenido que firmar alguna vez un papelito declarando que conoce los riesgos de alguna intervención y exonerando al médico de  responsabilidad? Pasa un poco como con los prospectos.  Lees los detalles de todo lo que te puede pasar y te entran ganas de salir corriendo de la consulta. .Yo entiendo que deben ponerse en lo peor por si acaso, pero me pregunto si de verdad hace falta ser tan catastrofistas.

Lo cierto es que  estos pequeños textos aparentemente inofensivos poco a poco van ocupando más espacio. Cada vez son más largos, más farragosos, en más idiomas y con más advertencias: si estás embarazada, si tienes alergia, si vas a conducir, si tienes previsto viajar…  En realidad, estos textos son como el reverso de los titulares. Ellos no chillan, ni se anuncian, ni llaman la atención, pero ahí están, para el que quiera leerlos.

Me pregunto si este exceso de información de las sociedades democráticas es beneficioso o más bien perjudicial.  ¿Acaso tanto advertir exime de culpa? ¿Terminaremos dominados por la sutil tiranía de  la letra pequeña?  Ahí lo dejo.

¡Feliz semana!


 

sábado, 22 de enero de 2022

Hablar sin decir nada

 Hace tiempo que dejé de ver el telediario. Con esto del Covid, uno acaba tremendamente deprimido. Aunque el riesgo de depresión no es la única razón ni tampoco la principal. Dejé de verlo porque me irrita que, teniendo en cuenta como está el panorama nacional e internacional, los telediarios dediquen más de 30 minutos al deporte y concretamente,  a las ruedas de prensa de futbolistas. 

Me impresiona la capacidad de los futbolistas y de los comentaristas de fútbol para hablar durante horas de un gol, de una patada al balón. Pero, a diferencia de lo que me ocurre a mí, a la gente le interesa muchísimo lo que hablan los futbolistas, aunque hablem sin prácticamente decir nada.

Peor aún, mucho peor incluso, es el caso de los tertulianos, capaces de dar mil vueltas a la absurdez más absurda, sobre todo si son del mundo del corazón. Me admira lo que saben los tertulianos. Da igual de lo que se hable, porque ellos saben de todo. Yo creo que los tertulianos han debido estudiar muchas carreras. Si hablan de una enfermedad, saben de medicina, si hablan del volcán, parecen geólogos, si hablan de un juicio, saben más que los abogados y hasta que los jueces. Y siempre sentando cátedra, tan seguros de sí mismos.  Y llegados a un punto, la mayoría tampoco dice nada, eso sí, gritan mucho y marean aún más.


Pero en esto de hablar sin  decir nada, a lo Cantinflas, creo que la palma se la llevan los políticos. Los discursos políticos cada vez están más plagados de lugares comunes, de frase hechas, de expresiones que suenan muy bien pero que en la mayoría de las ocasiones son palabras huecas: gobernanza, resiliencia, crecimiento inclusivo, diversidad, hoja de ruta…. Nadie acaba de entender muy bien lo que hay detrás de ellas. Por no hablar de los “ecosistemas”, palabra-polvorón,  que se te llena la boca al decirlas. Hasta los Ministerios se llaman de manera muy rara. Ministerio de Agenda 2030.  La gente entiende el Ministerio de Sanidad, de Agricultura, de Educación, pero.. ¿de Agenda 2030? Me pregunto cuánto "ciudadano de a pie" lo entiende

Es triste la brecha cada vez mayor que existe entre  politicos e intelectuales, como también lo es que a los primeros  se les oiga tanto y a los segundos tan poco.  Echo de menos gente más intelectual en el panorama político, con argumentos sólidos, que no se dejen llevar por la verborrea insustancial, que no sólo digan lo que se espera de ellos, que no sigan las "modas dialécticas" hasta los extremos más absurdos, que no utilicen tanto lugar común, tanta palabras polvorón.  

Supongo que el salto desde la serena intelectualidad a la agitada política es abismal y muy arriesgado, y que por mucho que a uno le mueva la vocación de servicio, a ver quien es el osado que se atreve a saltar al ruedo. 

Quizá sería un buen momento para plantearnos si  no deberíamos inculcar  más espíritu  de servicio a nuestros jóvenes, más espíritu  patriótico,  más ganas  de contribuir al interés  general por encima del propio. Pero me temo  que ahora preocupa  más formar en otros temas.  Así  vamos. 

Feliz semana!