jueves, 24 de septiembre de 2020

Benditos antiguos despertares

 ¿Quién se quejaba de los despertares diarios de  nuestra antigua cotidianeidad? Quién??  !!! Y los encontrábamos estresantes.....!!!  Qué inocencia la  nuestra!! No sabíamos la que se nos venía encima.

Ay, cómo echamos de menos aquellas mañanas monótonas y aburridas en las que todo se reducía a apagar el despertador cada día a la misma hora, preparar el desayuno para todos a la vez y tener listas las mochilas de deporte siguiendo el calendario pegado en la nevera, de aplicación todos las semanas del año, a excepción de vacaciones y festivos. Ahora sí que no hay quién se aclare. 

Un niño va al colegio los lunes y los viernes. Los martes y los jueves se queda en casa. El otro niño es justo al contrario, los lunes y miércoles se conecta on line. El  lunes con horario fijo pero que alterna por semanas. El miércoles combina videos tutoriales sobre ecuaciones y polinomios con vídeos sobre cómo hacer la voltereta lateral, porque su profesora de educación física está en cuarentena. El tercer niño esta semana se queda en casa porque uno de su clase tiene síntomas. El cuarto sale por fin de la cuarentena porque ya han pasado 15 días desde que la empezó. 

Mi marido teletrabaja tres días a la semana en turnos combinados que dependiendo de la semana implican franjas horarias distintas. Aunque ahora para evitar que se llame teletrabajo y tenga que cumplir la nueva ley que según parece no es tan beneficiosa, aunque depende de para quién, mejor trabaja dos días en remoto que no es lo mismo que teletrabajar, pero se parece mucho. Y si encima es su cumpleaños pues no cuenta. Eso es flexiday. Antes era solo birthday.

Uno ya no sabe a quién despertar,  qué puertas tocar cada mañana. Irremediablemente siempre hay quien te suelta bufido, unos porque no les has despertado y se han dormido, y  otros porque le has despertado cuando ese día podían dormir más. 

A esto se añade mi jornada flexible que debe llamarse así porque hago el pinopuente a la vez que le doy al teclado del ordenador porque es la única solución si uno quiere hacer algo de ejercicio y compatibilizarlo con tanta ida y venida, tanto horario loco, tanto cambio, tanta pelea por el uso de las famosas nuevas tecnologías, tanta jornada interminable, tanta PCR que a este paso nos vamos a arruinar, tanto zoom, tanta teleconferencia, tanta mala noticia, tanta mascarilla y tanta brecha digital que a veces más que digital uno la siente como auténtica brecha visceral!!

Feliz semana!!


viernes, 18 de septiembre de 2020

Alerta sobre el uso de mascarillas


En los últimos meses y ante un uso intensivo de las mascarillas, se están observando una serie de efectos secundarios sobre los que es necesario alertar a la población:

Mujeres barbudas. Informes recientes constatan que las mascarillas crean un efecto invernadero propicio para el crecimiento del vello.  Como consecuencia, muchas mujeres ven con asombro cómo su barbilla poco a poco se va poblando de pelo. Confiadas en que la mascarilla los tapa, van dejándolos crecer hasta que un día descubren que su barba es más larga que la de su marido. En algunas poblaciones se han creado ya asociaciones de mujeres barbudas que lejos de sentirse incómodas reclaman el derecho de, también en este ámbito, ser iguales que los hombres

Orejas de soplillo.  A medida que pasan los meses se constata una tendencia creciente en el despegue de las orejas. En el caso de que el número de personas con este despegue prominente de los “cartílagos orejeros”  siga aumentando se prevé una necesaria adaptación de accesorios como gorros, gorras, sombreros y demás. Si la tendencia siguiera imparable, habría incluso que plantear una ampliación de ciertas puertas, con los costes asociados correspondientes.

Mujeres con ojos de Barbie. La gente, y sobre todo las mujeres, es cada vez más consciente de que la atención ahora se centra en sus ojos. De nada  sirve el colorete o la barra de labios, si tus ojos no brillan y parpadean con fuerza. Como consecuencia, se está produciendo un incremento vertiginoso de los implantes de pestañas, que de continuar in crescendo provocará que algunas mujeres acaben con ojos de muñeca.   Algunos grupos feministas empiezan a protestar ante mensajes publicitarios como :” Si la mascarilla no te deja respirar, pero lo que tú quieres es gustar, como Barbie debes parpadear” .



Dejadez del cuidado bucal. Por el contrario, aumenta la preocupación por el rechazo que empiezan a experimentar muchos menores a ponerse aparato en los dientes. Dado que es una parte de su cuerpo que a este paso nunca van a enseñar, poco les importa tener los dientes no solo descolocados, sino sucios.  Estudios recientes muestran un descenso pronunciado en las ventas de cepillos de dientes. A su vez, algunas asociaciones de dentistas están impulsando la confección de mascarillas transparentes, las denominadas“invisa masks”, de modo que las blancas sonrisas puedan seguir luciendo como merecen.

Sospechosos habituales. El uso continuado de mascarillas está provocando una cierta sensación de desconfianza entre las personas, que tienden cada vez más a mirarse entre ellas con cara de sospechosos. Los más pesimistas ven factible que bajo esta apariencia ya de por sí sospechosa que otorga la mascarilla haya personas que sientan la necesidad de adoptar nuevos roles como podría por ejemplo ser el de atracador de banco. El Colegio de Psicólogos de Madrid está siguiendo muy de cerca este tipo de comportamientos.

Usos pocos propios. Crecen cada día los usos insospechados de las mascarillas. Hay quien las usa como pañuelo, cuando no tiene nada a mano para sonarse la nariz, como coletero, como diadema, como limosnera, como almohadilla para evitar sentarse en el suelo o en un escalón, como bufanda…. Todo ello conlleva el riesgo de olvidar el uso genuino que debe darse a este nuevo accesorio que ha irrumpido con fuerza en nuestra cotidianidad.

Mutación de estereotipos. De un tiempo a esta parte,se ha observado un considerable incremento de la notoriedad del colectivo de mujeres musulmanas. Si bien hace unos años el debate se centraba en la conveniencia o no  de que algunas mujeres llevaran la cara tapada por el velo en determinados ámbitos, ahora empiezan a ser consideradas verdaderas pioneras, auténticas visionarias. Cada vez más influencers se cambian de religión con tal de resultar de rabiosa actualidad.

Falta de compromiso medioambiental. En otro orden de cosas, en un contexto en el que el cambio climático y el medio ambiente ocupan los primeros puestos de la agenda pública, resulta alarmante la cantidad de mascarillas que pueden encontrarse tiradas en cualquier lugar: en la calle, en el campo, en la playa y hasta en el mar. Recientemente, una señora compró pescado en su establecimiento habitual y al llegar a casa y disponerse a limpiar el pez en su tripa encontró una mascarilla. Tuvo que tirar el pez, por si tenía coronavirus, y no le devolvieron el dinero.

El objetivo de este artículo no es otro que el de constatar y advertir. El que avisa, no es traidor!

Feliz semana!

 

martes, 15 de septiembre de 2020

Babia


Me encanta pensar en la cantidad de lugares imaginarios que pueblan nuestro lenguaje. Muchos de ellos me resultan tremendamente evocadores y me entran muchas ganas de visitarlos. 

Uno de ellos es Babia. Desde que era pequeña me pregunto si algún  día despertaré de verdad alli. Conozco a cantidad de gente que ha estado. Algunos pasan largas temporadas. No hay quién les haga volver. Otros van y vienen con una facilidad pasmosa. Otros en cambio nunca jamás lo han visitado. Yo me imagino Babia como un lugar muy bucólico, muy verde y frondoso, con árboles colgantes, murallas y grandes arcos. Parece ser que lo asocio con Babilonia o algo así.  Pensar que estoy en Babia me provoca a la vez sensación de paz, de tranquilidad.  Debe ser maravilloso poder desplazarte a Babia cuando te plazca. Una especie de superpoder infravalorado.

Evocadora me resulta también la Conchinchina.  La Conchinchina debe estar muy muy lejos. Un lugar muy exótico. De esos que llegas y ya te quieres quedar. Hace mucho que no la oigo mencionar pero recuerdo que de pequeña mi madre se iba hasta la Conchinchina a comprar algunas cosas e incluso algunas amigas mías vivían en la Conchinchina. Años más tarde me decepcionó mucho descubrir que para mi madre, que no conducía, la Conchinchina podía ser cualquier cosa más allá de Moncloa.  

Los Cerros de Úbeda tampoco deben estar mal pero, a bote pronto, me parecen más dificil de alcanzar. Lo de irse por los Cerros de Úbeda siempre me parece un poco lioso, debe costar llegar. Seguramente hay hasta que escalar. Me apetece menos ese viaje. Seguro que me pierdo. Esos cerros deben estar llenos de gente perdida dando vueltas sin parar. Me da miedo llegar no vaya a ser que luego ya no pueda regresar.

El quinto pino también debe tener su gracia. Supongo que estará en un pinar y que con lo famoso que es estará ya de lo más señalizado.  No creo que deba ser dificil de encontrar. Quiza hasta cobren entrada por visitarlo. Me pregunto quién lo descubriría y qué distancia tan atroz lo separará del anodino cuarto pino.

Sea donde sea, creo que es maravilloso tener un sitio en el que evadirse cuando hace falta. Un sitio en el que ni los que están contigo pueden encontrarte, un dominio propio, en el que dejar reposar los pensamientos que no salen a la luz. Un lugar de sosiego, de quietud, hasta de ensimismamiento, que no requiera atención, en el que te puedas dejar llevar. Si me pierdo, no  me busqueis. Quizá esté en Babia.

Feliz semana!

lunes, 7 de septiembre de 2020

De atuendos y demás

¡Que daño ha hecho Decathlon al turismo español!.  Me pregunto yo hasta qué punto es necesario que la gente para visitar un pueblo y pasear por sus calles se vista como si fuese a escalar el mismísimo Kilimanjaro. No lo entiendo. Me dice un amigo que es " en aras" de la comodidad. Pues sigo sin entenderlo.  Según eso, a este paso salimos directamente en pijama y  zapatillas de estar en casa. Tan cómodos todos, oye.  

Mi combinación favorita es el escalador de montañas hooligan del Barça, que es el que se planta el pantalón Quechua pero combinado con la  camiseta de Messi, que menos que no se ha ido por cierto porque a ver que hacían ahora con tanta camiseta. 

Eso sí,  si la camiseta futbolera la combinas directamente con el pantalón pirata a media pierna, ya llevas atuendo para todo el día, hasta para ir a cenar te sirve. El tema me tiene asombrada. 

Y por supuesto, que no falten los tatuajes hasta en el rincón más recóndito de tu cuerpo serrano. Digo yo que un pequeño tatuaje, hasta dos si me apuras vale, pero de ahí a pintarrajearte a sangre el cuerpo entero... De  nuevo, no lo entiendo. Me pregunto qué hará esa gente cuando sean abuelos. Porque un abuelo o una abuela con tanto tatuaje como que no pega, no? O quizá es que yo me quedé anclada en el recuerdo idílico de la tierna abuelita de caperucita?. Ya no sé ni que pensar. Lo mismo ahora lo que mola son las abuelas tatuadas y yo soy una anticuada. Pues quizá. 

Y ya puesta a ser sincera pues tampoco entiendo esos pendientes que son como argollas que se incrustan en el lóbulo y parecen como neumáticos de una rueda. Quién le encuentra la gracia a eso? Yo ninguna. Cada vez que lo veo me dan ganas como de colgar una percha. Menos mal que me contengo. Pero en fin, que teniendo en cuenta el look del mismísimo vicepresidente del Gobierno, ¿qué podemos esperar? Pues eso, lo que abunda!

En cualquier caso y como siempre, no hay nada mejor que el refranero español para dar por zanjado un tema y en este caso, supongo que más de uno que me leerá pensará "ande yo caliente ríase la gente" o " para gustos, los colores".  A lo que por cierto, yo responderé: "hombre bien vestido, por su palabra es creído"!!

Feliz semana!

martes, 1 de septiembre de 2020

Regreso al pasado


Quizá es que me estoy volviendo “vieja” o quizá es que esto del coronavirus y la “nueva normalidad”, que de normal no tiene nada, por cierto, me está afectando más de la cuenta, pero de un tiempo a esta parte siento nostalgia del pasado. Así, tal cual.

Echo de menos cosas que “literalmente”, como dice mi hija Celia, han desaparecido. Por ejemplo, echo de menos recibir cartas, claro que debo reconocer que tampoco las escribo. Recuerdo que cuando era pequeña allá donde iba compraba siempre postales y escribía a mis “clásicos”: a mis padres, si no viajaba con ellos, a mis abuelos, a mis mejores amigas, a mi tía Ana.. Hace poco releí alguna y me emocioné, porque por un momento me sentí aquella María de 9 o 10 años a la que le encantaba compartir con los demás lo bien que se lo pasaba. Supongo que es lo que hacemos ahora con las redes sociales, pero lo siento, no tiene nada que ver. Quién no se acuerda de la sensación de pegar el sello así “chupadillo” o de aquellos sobres de papel “flojillo” en el que te metían las postales cuando las comprabas, o de la emoción de echarlas en el buzón. .. Ya nunca nadie busca un buzón, es como las cabinas, mobiliario urbano en desuso, objetos que poco a poco van quedándose obsoletos y van formando parte de la "antigüedad". Me da pena. Voto por menos redes y más cartas.



Y puestos en plan nostálgico, echo de menos también esas llamadas de teléfono interminables con el cable estirado al máximo atravesando pasillos y si hace falta puertas, con tu padre gritándote “cuelga ya” y tus hermanos, en mi casa, hermanas, aporreando la puerta “llevas unaaaaaa horaaaaa”. Hasta echo de menos el “¿de parte de quién?”, frases que, en cuanto acaben de desaparecer los fijos, también irán cayendo en desuso y formarán parte de un lenguaje anticuado. Ahora nos comunicamos por whatsapp. Miles de grupos, miles de conversaciones cruzadas, miles de emoticonos. Voto por menos whats app y más charlas interminables.

También echo de menos compartir todos una misma serie, y cuando digo todos, digo TODOS. Esa época en las que todos los de una misma generación veíamos lo mismo porque no había otra cosa que ver: La casa de la pradera, Heidi, Sandokán, Vacaciones en el mar, Los Ángeles de Charlie, El coche fantástico, Starsky y Hutch, Dinastía, Dallas, Falcon Crest… En cada momento y con cada edad lo que tocase. Ahora cada uno está con su pantalla particular y cada uno ve algo distinto. La oferta es inmensa, demasiado inmensa. Ahora las series pueden hasta robarte la vida, se ha perdido la emoción de esperar al próximo capítulo.  Ahora puedes empacharte de series y solo dedicarte a eso.  Hasta los cines están desapareciendo. Ya no existen casi los pequeños cines de barrio, con el acomodador que te acompañaba a tu asiento. Ahora lo que se lleva son las grandes salas con los asientos que se convierten en cama, las pantallas gigantescas,  el sonido ultramegasideral, los efectos en tres, cuatro o hasta cinco dimensiones ( ya he perdido la cuenta de cuántas dimensiones son posibles por cierto!), en los que  hasta agua te salpica cuando ves una película de aventuras en el mar. Y por supuesto, ya no sólo puedes comer palomitas, ahora si te empeñas te puedes zampar hasta un solomillo con patatas. Incomprensible. Voto por menos efectos especiales y más cine romántico.

Mi lista podría ser interminable… porque hay muchas cosas que echo de menos: las tiendas de barrio que poco a poco van desapareciendo (hace poco me enteré que cerraba la papelería Salazar, en la calle Luchana, y me dio mucha pena, porque era la papelería de mi niñez, donde me hice los recordatorios de la Primera Comunión, donde compraba los mapas, las gomas que coleccionaba, los cuadernos…); los libros “en papel”, porque me he pasado al Kindle aunque no hay día que pase que no quiera volver al papel; los viajes en coche con las ventanas abiertas y las peleas por quien elegía la "casette" de turno, los discos de vinilo, las agujas del tocadiscos, los diarios, los listines de teléfono, las páginas amarillas, las bibiotecas, hasta el carrito de la compra que creo que nunca he usado, ahora lo echo de menos como parte de un pasado que se fue y probablemente no volverá.

En fin, que a lo mejor en vez de regresar al futuro a lo Michael J. Fox nos toque volver un poquito al pasado y quizá hasta le volvemos encontrar el gusto a cosas que nunca debimos perder.  ¡¡Voto por probar!!

 Feliz semana!