Antes, el verano duraba un siglo. Un mes en el campo era una eternidad en la que pasaba de todo. Las hojas de la mimosa eran sardinas, el agua con hierbas machacadas se convertía en sopa y cualquier bote vacío podía ser una cazuela de alta cocina. Éramos cocineros, científicos y exploradores. Lo mismo perseguíamos lagartijas a las que cortábamos el rabo que montábamos un hospital para atender a un murciélago ahogado en la piscina al que acabábamos organizando un solemne entierro con una piedra, unas flores silvestres y un minuto de silencio que duraba veinte segundos. Rescatábamos gatitos que nunca nos dejaban quedarnos y enterrábamos alguna que otra tortuga. A una se le rompió el caparazón. La sacamos al sol para curarla y una urraca la devoró y sólo dejó el caparazón vacío. Qué tragedia. Hacíamos carreras de caracoles hasta que nos aburríamos. Y de gotas de lluvia resbalando por los cristales. La emoción consistía en elegir cuál llegaría antes al marco de la ventana. Organizábam...
Escribo sobre la vida. Reflexiones, pensamientos, ideas que cruzan por mi mente, viajes, anécdotas, aventuras...