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Mostrando entradas de 2026

El eco del adiós

La semana pasada fui a un concierto. Mientras el cantante cantaba, mis ojos se fijaban, sin poder evitarlo, en el movimiento flácido de sus brazos. Qué flacidez tan deliciosa, qué vaivenes tan entusiastas. Cada vez que el cantante levantaba los brazos, la carne se balanceaba al compás de la música. La flacidez de los brazos siempre ha despertado mi curiosidad. Cuando era pequeña me encantaba pellizcar la piel de los brazos de mi abuela. Tenía unos pliegues blanditos, ondulantes, que parecían el cuello de una tortuga. Yo los pellizcaba y aquellas carnes parecían adquirir vida propia.  Hay quien llama a esa piel sobrante "alas de murciélago". No me gusta. Me suena a  película de terror, a criatura que acecha en un desván. Una amiga mía lo llama "el eco del adiós". Me gusta mucho más. Después de todo, esa particular flacidez tiene mucho de despedida, de eco, de resonancia de algo que ya no está, pero que un día estuvo. El eco del adiós, llegada una cierta edad y si te ...

Irrenunciables

La gente dice mucho últimamente eso de que algo "ha llegado para quedarse". Se dijo mucho con el covid: "el covid ha llegado para quedarse". Lo mismo con el teletrabajo, o con la inteligencia artificial. Pues sí. Hay cosas que aparecen en nuestra vida de repente, con apariencia de pasajeras, y que, sin embargo, llegan para quedarse. Pero también hay otras que, aunque parezca que van a durar siempre, un día se nos escapan. Como la juventud, que llega sin pedir permiso, se instala atrevida, y un buen día, sin previo aviso, se va. O el amor, que cuando llega pensamos que durará eternamente, pero que a menudo desaparece.  Hay cosas que permanecen para siempre. Hay otras que van y vienen. Hay cosas que se van sin que podamos hacer nada por evitarlo. Hay otras que desaparecen  porque dejamos de cuidarlas o renunciamos a ellas. Y hay cosas que no deberíamos permitirnos perder jamás. En el panorama actual, me llama la atención la cantidad de cosas que se les han escapado de...

El pavo engreído

Érase una vez un pavo en un corral. Pero no era un pavo cualquiera. Era el rey del corral. Nadie recordaba cuándo había empezado a serlo. Llevaba tantos años comportándose como si hubiera nacido con la corona puesta que nadie se atrevía a discutirlo. El pavo caminaba despacio, altivo, con el pecho hacia fuera, la cabeza alta y la cola desplegada como si de un abanico imperial se tratara. A su alrededor siempre había gallinas que lo seguían a todas partes, cacareando sus virtudes. Y de tanto cacarearle, el pavo se lo creyó y tomó el mando del corral. Paseaba y paseaba presumiendo de su condición. Sus plumas brillaban al sol y cuando se pavoneaba por el corral todos los animales quedaban deslumbrados. Daba órdenes a diestro y siniestro y todos obedecían. Cada mañana, el pavo buscaba un charco donde contemplarse. Se acercaba, estiraba el cuello y observaba su reflejo. Pero un día el charco le pareció pequeño. Y buscó uno más grande, y después otro, y otro. También empezó a comer cada vez ...

De perdibles e imperdibles

Hay objetos que tienen la extraña vocación de desaparecer. Me paso la vida buscando mis gafas.Tengo gafas por toda la casa. En la mesilla, en el baño, en la cocina, en el bolso, encima de un libro, al lado del ordenador. Podría montar una óptica. Sin embargo, cuando necesito unas, desaparecen todas. Lo peor es buscar las gafas sin gafas. Recorres la casa achinando los ojos, miras debajo de los cojines, encima de la mesa, abriendo cajones en los que sabes que no estarán las gafas. Y, de repente, te das cuenta de que las llevas puestas. Las gafas tienen un sentido del humor peculiar. Pueden pasar horas visibles y volverse invisibles en el mismo instante en que las necesitas. Después está la llave del coche. Nunca se pierde cuando estás tranquilamente en el sofá. Ahora bien, basta que estés con el abrigo puesto y a punto de salir para que desaparezca. Entonces empieza la búsqueda y terminas quedándote en casa. Pero hay un objeto que se lleva la palma y es la cartera de mi marido. La carte...

La vida en directo

Ayer fui a tomar un café a un bar muy moderno. Me atendió el que yo creía era el camarero, pero que resultó ser un barista, ni idea qué era eso, ya me he enterado.  El barista me hizo mil preguntas sobre cómo quería mi café. Ya no sólo sobre la leche, que estoy más acostumbrada: sin lactosa, de avena, de almendra, de soja, de cabra... sino sobre el tipo de café. Tuve que elegir el país de origen, la intensidad, el aroma, el nivel de trituración del grano y no sé cuantas características más. Tuve una paciencia extraordinaria y media hora después por fin tenía mi café con leche.  Ah, pero no. No se trataba de tomarse un café sino de disfrutar de una experiencia aromática y gustativa, por la que, por cierto, me cobraron 7 euros. Y es que ahora ya no se trata de consumir bienes o servicios sino "experiencias". No vamos a cenar, vivimos una experiencia gastronómica. No dormimos en un hotel,  disfrutamos de una experiencia de alojamiento. No hacemos un viaje, nos sumergimos en ...

Adultas contemporáneas

Ser adulta contemporánea, como dice mi amiga Connie, resulta agotador.   Hoy en día, a las adultas contemporáneas se les presume  formación. Han estudiado una carrera, algunas dos; un máster, algunas un doctorado, y la mayoría sabe idiomas.  Pero nada es suficiente. Porque ahora a las adultas contemporáneas se les exige estar en continua formación. Así que la adulta contemporánea debe hacer nuevos cursos, escuchar podcasts, leer newsletters y preguntar a ChatGPT cosas que ni siquiera sabía que necesitaba saber. La adulta contemporánea debe demostrar que sigue siendo relevante y difícilmente sustituible por la inteligencia artificial. Debe demostrar que es ágil, flexible, creativa, que tiene criterio, sensibilidad, intuición, don de gentes, empatía y liderazgo. La adulta contemporánea también debe poner en valor su experiencia frente a los jóvenes y desplegar su perspectiva, templanza, conocimiento y memoria histórica. Las adultas contemporáneas suelen ser  madre...

Objetos perdidos

Ayer leí la noticia de un padre que se olvidó de su hijo en una gasolinera y no se dio cuenta hasta 140 kilómetros después. Me pregunto si al pobre niño lo llevarían a la sección de objetos perdidos de la gasolinera.   Los departamentos de objetos perdidos siempre me han llamado la atención. Estoy segura de que deben estar llenos de objetos inverosímiles.  Es fácil perder el paraguas, un sombrero, unas gafas, las llaves, la cartera o hasta la dentadura postiza, el que la lleve. Más difícil es perder un cortacesped o una bombona de butano, aunque parece que son cosas que, increíblemente, también se pierden. Lo peor es que, a medida que pasa la vida, vamos perdiendo cosas que luego cuesta mucho encontrar. Perdemos la memoria, la paciencia, la atención, la vergüenza, la capacidad de dormir de un tirón, la inocencia y a veces, hasta la cabeza o la cordura. Me imagino un enorme almacén de objetos perdidos a lo largo de la vida. Un lugar lleno de estanterías y grandes cajas. En...

¿Depresión post vacacional?

Algo me pasa. Soy incapaz de concentrarme. Voy y vengo de una tarea a otra. Salto de flor en flor. Nada me retiene. Mi atención, ese bien preciado, parece haberse esfumado. No aguanto sentada. Me levanto. Vuelvo. Abro una pestaña. Cierro otra. Empiezo un correo y lo dejo a medias. Leo y no entiendo. Vuelvo a leer. Tampoco. Procrastino, que dirían los modernos. Pierdo el tiempo, que diría mi madre. Sueño con otras vidas, con otros yos. Me imagino viviendo lejos. Recogiendo flores. Cultivando tomates. O retirando las hojas secas de una piscina. Una vida sencilla. Ritmo lento, sin estrés. Sin apenas responsabilidad. Disfrutando del momento. Saboreando el instante. Me imagino tomando el sol y casi puedo sentirlo sobre mi cara. Me entra el sueño. Se me caen los párpados. No paro de tomar café, pero ya no me hace efecto.  Nada me espabila. Siento el peso de mi cuerpo, de mis brazos, de mis piernas, de mis músculos. Soy consciente de la gravedad de mi ser. Nunca había pensado tanto en lo ...

Aquellos maravillosos veranos

Antes, el verano duraba un siglo. Un mes en el campo era una eternidad en la que pasaba de todo. Las hojas de la mimosa eran sardinas, el agua con hierbas machacadas se convertía en sopa y cualquier bote vacío podía ser una cazuela de alta cocina. Éramos cocineros, científicos y exploradores.  Lo mismo perseguíamos lagartijas a las que cortábamos el rabo que montábamos un hospital para atender a un murciélago ahogado en la piscina al que acabábamos organizando un solemne entierro con una piedra, unas flores silvestres y un minuto de silencio que duraba veinte segundos. Rescatábamos gatitos que nunca nos dejaban quedarnos y enterrábamos alguna que otra tortuga. A una se le rompió el caparazón. La sacamos al sol para curarla y una urraca la devoró y sólo dejó el caparazón vacío. Qué tragedia. Hacíamos carreras de caracoles hasta que nos aburríamos. Y de gotas de lluvia resbalando por los cristales. La emoción consistía en elegir cuál llegaría antes al marco de la ventana. Organizábam...

Larga vida al euro

Me llama la atención cuando a los políticos les da por acudir al arriesgado comodín del público. Como ocurrió con el referéndum en Cataluña o el Brexit en Reino Unido. Nunca se sabe en que va a acabar la consulta y lo peor es que luego ya no tiene remedio. El otro día leí que el Banco Central Europeo ha decidido pedir opinión a los ciudadanos sobre cómo deberían ser los nuevos billetes de euro. Las propuestas tienen que ver con dos ámbitos: la cultura europea y los ríos y  las aves. Al principio, pensé que cualquier europeo podía hacer la propuesta que más le gustase siempre que encajase con las temáticas sugeridas, y me pareció muy divertido. Pero al parecer no es así, sino que se trata de votar entre varias propuestas. Creo que ya puestos a consultar, podrían habernos dado carta libre. Pero a Christine Lagarde, presidenta del Banco Central Europeo, ha debido darle miedo la imaginación del personal. Y no me extraña. Lo de los ríos y las aves parece menos arriesgado, pero eso de la...

A Dios rogando y el balón chutando.

No soy muy futbolera. Pero en este Mundial,  por primera vez en mi vida, he visto, he disfrutado y he sufrido dos partidos enteros. Y es más, no sólo he visto los partidos, también he seguido con bastante atención mucho de lo que ha ocurrido antes y después: las ruedas de prensa, las entrevistas, las celebraciones... Y debo decir que entre las cosas que me han llamado la atención, que han sido muchas, hay una que destaco y es la naturalidad con la que varios miembros de nuestra selección han hablado de su fe. Me gustó escuchar a Luis de la Fuente referirse con sencillez a sus creencias y costumbres católicas. Me gustó oír  hablar de rezar y de dar gracias a Dios. Me gustó ver a Lamine Yamal arrodillado sobre el césped al terminar el partido. Y me gustó escuchar a jugadores como Rodri o Ferrán Torres hablar de la fuerza y el apoyo que encuentran en Dios. Sin complejos. Simplemente hablando de una parte importante de su vida. Siempre me ha parecido que los grandes deportistas ti...

De ratas y prioridades

Hoy hemos descubierto una rata en el jardín. Pero lo peor no ha sido eso, sino que una vecina nos ha dicho que está prohibido ponerles veneno porque se considera maltrato animal, y que si lo haces,  incluso te puede caer pena de cárcel. Me he quedado en shock. Como debió quedarse el hombre al que arrestaron en Giǰón porque mató a una gaviota que pretendía llevarse su pincho de tortilla. En este caso, parece que el señor en cuestión golpeó varias veces a la gaviota contra el suelo dejandola agonizar, cosa que yo, por supuesto,  no pensaba hacer con la pobre rata. Lo mío iba a ser mucho mas limpio y elegante. Resulta que vivimos en un mundo en el que caen bombas indiscriminadamente sobre la población civil, donde sigue existiendo el trabajo infantil y la trata y en el que las guerras se retransmiten en directo. Pero, ojo, la ratas tienen derechos. No es que pretenda yo organizar un exterminio masivo de ratas, que, por otro lado, no estaría mal. Pero, a veces, no termino de enten...

Todo el mundo

Tengo muchas ganas de conocer a Todo el mundo. Llevo años oyendo hablar de él.  Durante muchos años pensé que todo el mundo era una expresión coloquial, una forma de hablar, un recurso lingüístico para generalizar. Pero, últimamente, empiezo a sospechar que Todo el mundo tiene personalidad propia e independiente Y debe ser, por cierto, una persona fascinante, con una capacidad de trabajo y una energía fuera de lo común. Porque Todo el mundo hace de todo. Según mis hijos, Todo el mundo sale hasta las tantas sin hora de llegada y tiene el último modelo de iPhone. Cuando hablo con algunas amigas, me entero de que Todo el mundo se pone bótox y toma magnesio, colágeno y Omega 3. Todo el mundo también hace ayuno intermitente, sigue una dieta sin gluten ni azúcar y tiene entrenador personal. Por supuesto, Todo el mundo ha ido a un concierto de Bad Bunny, ha visitado Japón, corre maratones y utiliza la IA. El otro día, un amigo que es muy jefe me dijo que Todo el Mundo concilia demasiado, ...

Lanzamiento de bebés

Podría escribir páginas y páginas sobre la visita del Papa, un acontecimiento único que he tenido el privilegio de vivir intensamente.  Pero hoy quiero escribir sobre una de las mayores pruebas de fe de la que hemos sido testigos estos días: el lanzamiento de bebés al Papa. Qué mayor prueba hay, no ya sólo de fe, sino de confianza en el prójimo, que confiar tu bebé a una cadena humana formada por desconocidos. Sin embargo, cientos de madres han practicado cada día el lanzamiento de bebés olvidando por un instante el más mínimo sentido de la prudencia y hasta el más básico instinto de conservación de las crías que todo mamífero tiene por naturaleza. Un bebé que hacía cinco minutos no podía alejarse más de un metro de su sillita de pronto comenzaba una aventura épica por encima de una multitud de miles de personas. “¿Es suyo? No. ¿Lo conoce?. Tampoco. ¿Y por qué se lo entrega? Porque va hacia el Papa” Y allí que iba el niño en volandas pasando de unas manos a otras. Los niños más afo...

¿Qué fue del cuerno de chocolate?

Los que fuimos niños en los años 70 no tenemos duda de cuál era entonces el bollo estrella: el cuerno de chocolate.  El cuerno no era un simple bollo, era algo extraordinario, que reposaba orondo en los estantes de la panadería y parecía tentarte a morderlo. Y cuando lo mordías, el chocolate se escapaba por los lados, te caía por los dedos y te manchaba el uniforme. Las servilletas en las que te lo servían, esas casi transparentes, nunca eran suficientes para tanto estropicio. Era imposible ocultar que te habías comido uno. La palmera de chocolate, al lado del señor cuerno, parecía casi sosa. Tan correcta, tan discreta. El cuerno, en cambio, era exuberante y generoso. Excesivo. Yo casi nunca me lo tomaba porque no me dejaban. En mi casa me esperaba cada tarde un bocadillo, y a mí me daban envidia las niñas que, nada más acabar el colegio, se iban directas a por un cuerno. Hoy los cuernos de chocolate prácticamente han desaparecido. El croissant y la napolitana siguen entre nosotros...

¿Te lo tragas?

Me tiene loca la noticia de que hay vacas conectadas. Vacas con collares inteligentes que registran y monitorizan su actividad, su localización, su descanso y su alimentación. Si duda, es una gran noticia, una innovación para la ganadería y en general, para el mundo rural. Pero es que la cosa va más allá. Parece que lo último no son ya estos collares, sino que ahora existen también una especie de cápsulas que las vacas se tragan, se alojan en su estómago y desde allí lo miden todo: la temperatura, la digestión, la calidad de la leche, si están en celo o si están enfermas.  Estas cápsulas se llaman bolos ruminales inteligentes (o  smart rumen bolus , que siempre suena más sofisticado en inglés). Y yo me pregunto: si esto ya existe para las vacas… ¿cuánto falta para que llegue a los humanos? Porque la tecnología cada día avanza más rápido, así que, dentro de nada, los que nos vamos a tragar los bolos ruminales esos vamos a ser nosotros.  A lo mejor no está tan mal la idea. ...

Dime qué uñas tienes y te diré quién eres

Siempre me fijo en las uñas. Hay quien mira los zapatos, la sonrisa, los ojos… Yo miro las uñas. Las uñas hablan por sí mismas. Son una seña de identidad, una carta de presentación. Sólo mirando las uñas puedes intuir cómo es alguien: si es cuidadoso o caótico, limpio o sucio, paciente o ansioso. No me gusta que la gente se muerda las uñas. No soporto el ruido que hacen, ni esa cara de concentración que se les pone mientras se las muerden. Las uñas largas en los hombres me horripilan. En mi casa siempre las hemos llamado “uñas de chino”, porque los chinos suelen llevarlas largas. Todas ellas o solo algunas, sobre todo la del meñique. Prefiero no saber para qué la usan. A veces intento ser comprensiva. Cuando conozco a un hombre con las uñas largas pienso que igual toca la guitarra. Pero casi nunca es así. La mayoría de las veces no hay guitarra, solo uñas. He dejado a dos novios por sus uñas. A uno, porque las tenía largas. Al otro, porque se las comía. Una noche fuimos al cine y se pa...

Recuerdos

Esta noche he tratado de recordar el nombre de un amigo al que hace tiempo que no veo. Me he desvelado. El nombre no me venía a la cabeza. Lo tenía en la punta de la lengua, pero no era capaz de atraparlo. Me he tenido que levantar para buscarlo en Google por su cargo.  Me pregunto cómo funcionan en nuestra cabeza los mecanismos del olvido y del recuerdo. Me pregunto si nuestra memoria tendrá una capacidad limitada y si cada vez que guardamos un nuevo recuerdo irremediblemente olvidamos otro antiguo.  Hay recuerdos que no querríamos olvidar jamás. Instantes de nuestra vida, pequeños momentos que nos gustaría fijar para siempre y poder recurrir a ellos cuando necesitemos. Hacemos esfuerzos por grabarlos en nuestra memoria y, sin embargo, a veces se escapan, vuelan, y somos incapaces de recordarlos.  Hay personas que ya no están de las que no quiero olvidar su voz, su risa, su olor o sus caricias. Pero no siempre lo logro por mucho que lo intente.  Hay, en cambio, mome...

La cara oculta de la luna

Estoy muy decepcionada con el último viaje a la luna. Tanto bombo y platillo con eso de pisar la cara oculta y resulta que sólo han descubierto que es una superficie más densa, con más cráteres y que hace más frío. Para este viaje no necesitábamos alforjas, que diría mi abuela. Lo de viajar a la cara oculta de la luna me parecía algo muy misterioso, casi seductor. La luna ya lo es de por sí: tan blanca, tan lejana, tan brillante, tan nocturna, tan cambiante. Descubrir su otra cara sonaba como a revelar un secreto oculto desde hace siglos. A mí me habría encantado que me dejaran ir pero, claro, no soy astronauta, así que era implanteable. Pero, al menos, me habría encantado  que hubieran encontrado algo inesperado. No sé, seres extraterrestres, por ejemplo. Seres blancos, ingrávidos, casi transparentes, con una inteligencia extraordinaria. Eso sí habría sido fascinante. Hoy en día hay gente capaz de inventarse las cosas más increíbles y lo peor es que nos lo creemos. Me pregunto por...

Historias de ascensor

Es curioso la cantidad de situaciones pintorescas que ocurren en un ascensor. Una amiga trabaja en el piso 28 de una gran torre. Un día, a primera hora, entró sola en el ascensor. Relajada y  confiada, se tiró un discreto pedo. En el siguiente piso se abrieron las puertas y entró su jefe. El ascensor olía a bomba fétida. Él se tapó la nariz y la miró. Ella hizo como si la cosa no fuese con ella y creyó morirse. Él puso cara de circunstancia. Subieron juntos 27 plantas que a mi amiga le parecieron siete años. La historia de otra conocida fue aún peor. Subía en ascensor a su ofina cuando entró una compañera jovencita y voluptuosa hablando por teléfono a voz en grito. El ascensor era tan pequeño que todos los que estaban dentro oían perfectamente la conversación un tanto subida de tono. A mi amiga le pareció reconocer la voz de su marido al otro lado del teléfono pero, inocente, pensó que era imposible que fuese él. Hasta que su compañera se despidió y pronunció el nombre de su interl...

Palabras

Me gusta mucho el sonido de algunas palabras, con independencia de su significado. Me gusta cómo resuenan cuando se pronuncian, cómo vibran, cómo incluso parece que te acarician cuando alguien las dice. Hay letras que bailan muy bien juntas en una palabra. Por ejemplo, la "c" y la "l".  Por eso me gustan palabras como tecla, clon, claqué, Clotilde o eclipse.  También hacen muy buena pareja la "b" o la "v": con la "l". Se las ve felices juntas en palabras como bledo o blando o incluso en otras donde las separa una vocal como ocurre en belén, baldosa o válvula. Hay palabras que me resultan divertidas.  Quizá es por la repetición rítmica de sus vocales. Son palabras como pizpireta, pizca, coco, caca, piripi, polvorín, polvorón, bereber, voltereta, retintín, tostón, chirimiri, o cucurucho. Son en si mismas como pequeñas canciones. Las palabras de origen árabe me parecen en cambio evocadoras. Tienen una musicalidad envolvente: almohada, alfé...

Ay Babia, Babia...

Cuando era pequeña había dos sitios a los que soñaba con ir. Uno era Santa Apolonia, un pueblo misterioso del que nos hablaba mi tía abuela Gracita. Cada tarde de verano, mis primos y yo repetíamos el mismo ritual: bici, galletas, cantimplora medio fría y una firme determinación de llegar por fin a nuestro destino. Pero nunca llegábamos. Volvíamos agotados y con las piernas temblando pero lo pasábamos tan bien en el camino que sólo pensábamos en repetir al día siguiente. Hoy me pregunto si Santa Apolonia existía de verdad o si todo formaba parte de un plan orquestado por mi tía Gracita para hacernos desaparecer durante unas horas. Cada vez me inclino más por lo segundo pero mi tía se llevó el secreto a la tumba. El segundo lugar con el que siempre he soñado, y sigo haciéndolo, es Babia. A ese tampoco he conseguido llegar nunca aunque me temo que debe estar hasta arriba de gente. Cada vez que oigo que alguien “está en Babia”, me da mucha envidia. A veces me imagino Babia como un edén se...

La perdiz mareada

Érase una vez una perdiz que siempre estaba mareada. Mareada de dar vueltas, de dudar, de entrar y salir, de ir y venir, sin saber muy bien hacia donde ni por qué. Una perdiz buena, educada, de las que dicen que sí antes de ni siquiera entender la pregunta. "No te preocupes, es solo un momentito", le decían. Y ella acudía siempre solícita. Pero el momentito se alargaba, se enredaba, se complicaba, y la pobre perdiz acababa dando vueltas sobre sí misma como si la vida fuera una noria sin botón de parada. Un día, ya con vértigo permanente y el ala izquierda un poco resentida, la perdiz decidió descansar un rato. Se posó en una piedra, respiró hondo y pensó algo revolucionario:“¿Y si ya no permito que me mareen más?” Al principio le pareció una idea peligrosa, una decisión osada. ¿Y si decepcionaba a alguien? ¿Y si la dejaban arrinconada? ¿Y si se quedaba atrás?¿Y si todo se venía abajo por culpa de su negativa a dar otra vuelta más?  Pero decidió llevarlo a cabo. ¡Se acabó el m...

Momentos fugaces

Hay instantes en la vida que son oro puro. Pe ro no lo sabemos   porque n o brillan mientras ocurren. No vienen envueltos en música solemne ni    hay una voz en off   que nos advierta:   “ atención, este momento es irrepetible” . Son minutos normales, incluso vulgares. Momentos que se viven inocentemente. Nada en ellos nos ayuda a presentir su valor.  Hasta que llega la noticia que lo cambia todo y la vida da un vuelco. Entonces ocurre algo extraño: entre esos minutos y los que vienen después se abre un abismo. Como si dos vidas distintas se sucedieran sin transición. La vida de antes y la vida de después.  Lo más desconcertante es que la frontera entre ambas vidas es apenas un instante. Un instante fugaz al que, cuando todo cambia, daríamos cualquier cosa por volver.  No para cambiar nada, sólo para volver a estar. Qué bueno sería si esos minutos, que...

¿Ha muerto el libre albedrío?

¿Elegimos tanto como creemos? ¿Seguimos  siendo realmente libres? ¿Es el fin del libre albedrío? Creemos que compramos lo que queremos, que leemos lo que nos interesa, que viajamos donde soñamos. Pero para muchos ya no es así. Pienso en mi caso. Tengo claro que a menudo compro cosas que no necesito pero que empiezo a desear después de verlas 10 veces en las redes sociales y de que mi cerebro, obediente, las haya convertido en falsa necesidad.  Y l eo los libros que Kindle me propone como “próximas lecturas ideales para mi”, cocino las recetas que Instagram me muestra y escucho la música que Spotify me sugiere. Incluso  me pregunto si cuando viajo no acabo eligiendo los destinos que las redes deciden mostrarme (después de escucharme, por cierto). Siento, al menos, un enorme alivio de estar felizmente casada con la persona que sí elegí yo. Si no, terminaría compartiendo mi vida con la persona que la plataforma de turno hubiera filtrado y clasificado especialmente para ...

Zona gris

Avanzamos hacia una sociedad cada vez mas polarizada. Asistimos a una creciente polarización política e ideológica que, poco a poco y sin darnos cuenta, va calando también en lo cotidiano.  Hoy parece casi obligatorio situarse en el blanco o en el negro, decantarse por el sí rotundo o por el no categórico. Los extremos se imponen. No se admiten las medias tintas, ni siquiera los matices. Los que matizan parecen tibios. Los que lo tienen todo claro  hablan alto y brillan mucho, y los demás a su lado resultan grises.  Me pregunto a veces si la zona gris no estará infravalorada.  Pero habitar la zona gris no siempre significa esconderse bajo el paraguas de un cómodo relativismo. El gris no siempre es indiferencia.  El gris también es mezcla, es entender que la vida no siempre se deja encerrar en una casilla binaria. Porque no siempre las cosas son blancas o negras. No todos somos héroes o villanos. No todo es éxito o fracaso. En la zona gris viven los matices. El g...

El país donde no paraba de llover

Había una vez un país pequeño bordeado por el mar Mediterráneo donde el sol era costumbre. Un país donde las sábanas se secaban en la azotea, los niños comían helados todo el año, las camisas eran siempre de manga corta y la gente se reunía en la calle. Pero un año, sin previo aviso, empezó a llover. Al principio era una lluvia tímida, que fue bienvenida. La gente estrenaba paraguas, los niños chapoteaban en los charcos, y los campos lo agradecían. Luego la lluvia se volvió insistente. Día tras día. Noche tras noche. Una cortina espesa que no se retiraba nunca. Los ríos comenzaron a desbordarse y las calles se inundaron. El cielo era una sábana gris que nadie sabía cómo tender. La gente empezó a marchitarse. Caminaban encorvados, con los hombros húmedos y el ánimo hecho barro. Nadie quería salir a la calle. Fue entonces cuando un hombre acudió al hospital preocupado por unas grietas en su piel. El dermatólogo le recetó una pomada. Poco a poco los casos se multiplicaron. Cada vez acudía...