La semana pasada fui a un concierto. Mientras el cantante cantaba, mis ojos se fijaban, sin poder evitarlo, en el movimiento flácido de sus brazos. Qué flacidez tan deliciosa, qué vaivenes tan entusiastas. Cada vez que el cantante levantaba los brazos, la carne se balanceaba al compás de la música. La flacidez de los brazos siempre ha despertado mi curiosidad. Cuando era pequeña me encantaba pellizcar la piel de los brazos de mi abuela. Tenía unos pliegues blanditos, ondulantes, que parecían el cuello de una tortuga. Yo los pellizcaba y aquellas carnes parecían adquirir vida propia. Hay quien llama a esa piel sobrante "alas de murciélago". No me gusta. Me suena a película de terror, a criatura que acecha en un desván. Una amiga mía lo llama "el eco del adiós". Me gusta mucho más. Después de todo, esa particular flacidez tiene mucho de despedida, de eco, de resonancia de algo que ya no está, pero que un día estuvo. El eco del adiós, llegada una cierta edad y si te ...
Escribo sobre la vida. Reflexiones, pensamientos, ideas que cruzan por mi mente, viajes, anécdotas, aventuras...