La semana pasada fui a un concierto. Mientras el cantante cantaba, mis ojos se fijaban, sin poder evitarlo, en el movimiento flácido de sus brazos. Qué flacidez tan deliciosa, qué vaivenes tan entusiastas. Cada vez que el cantante levantaba los brazos, la carne se balanceaba al compás de la música.
La flacidez de los brazos siempre ha despertado mi curiosidad.
Cuando era pequeña me encantaba pellizcar la piel de los brazos de mi abuela. Tenía unos pliegues blanditos, ondulantes, que parecían el cuello de una tortuga. Yo los pellizcaba y aquellas carnes parecían adquirir vida propia.
Hay quien llama a esa piel sobrante "alas de murciélago". No me gusta. Me suena a película de terror, a criatura que acecha en un desván.
Una amiga mía lo llama "el eco del adiós". Me gusta mucho más. Después de todo, esa particular flacidez tiene mucho de despedida, de eco, de resonancia de algo que ya no está, pero que un día estuvo.
El eco del adiós llega a una cierta edad y si te lo tomas muy en serio, puede llegar a condicionarte la vida.
Conozco a gente que no echa sal a la comida con tal de no agitar el brazo. Otros son incapaces de parar un taxi con tal de no levantar el brazo en público. Y algunas mujeres renuncian para siempre a llevar tirantes para evitar sacar a relucir sus brazos.
Lo malo es que el eco del adiós también aparece cuando aplaudes, cuando saludas como la Reina de Inglaterra o cuando bailas. Llega un momento en que, si de verdad quieres disimularlo, tienes que moverte muy poco.
A menudo nos cuesta aceptar que el paso del tiempo deje pruebas. Pero el eco del adiós es también el eco de la vida, la huella de los años.
Cuando pellizcaba los brazos de mi abuela, no pensaba en la flacidez. Me gustaba aquella carne blanda que me provocaba tanta ternura.
La semana pasada, en aquel concierto, mientras el cantante agitaba sus brazos, pensé que la belleza no siempre exige firmeza, perfección, simetría o tersura, aunque nos empeñemos en que así sea. La belleza también está en la huella que va dejando en nosotros la vida. Somos libres de elegir con qué ojos queremos mirar la inevitable realidad.
Porque los ecos del adiós también pueden convertirse en ecos de bienvenida. Porque la vida es despedir lo que irremediablemente se va, pero también es dar la bienvenida a lo que, igual de irremediablemente, nos llega.
¡Feliz semana!

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