domingo, 20 de diciembre de 2020

¡¡Feliz Navidad y feliz 2021!!

Faltan muy pocos días para que acabe un año que nunca olvidaremos. Un año en el que el mundo se paró, dejó de dar vueltas y nos enclaustró a todos en casa. Un año en que han pasado muchas cosas y la mayoría malas, aún mirado desde la más optimista de las perspectivas. Pero al fin y al cabo, un año más en nuestras vidas y un motivo por tanto para estar agradecidos.

Ahí va mi abecedario de 2020, este año más especial que nunca.

A de Alegría. La alegría de que se acabe por fin un año que trastocó el rumbo del planeta. A también de Aplausos, los que hemos dado a tantas personas que se los han merecido.

B de Besos, los que hace meses que no podemos dar y que se acumulan para volar libres algún  día.

 C de Coronavirus, de COVID 19, ese bicho inesperado que no supimos ver venir, indiscreto, porque se mete donde nadie le llama, atrevido, porque es capaz de atacar a quien se cruce por su camino, traicionero, porque no sabes calcular su fuerza. C de Cuarentena y de Confinamiento, ese aislamiento que nos ha impuesto el maldito bicho, que nos ha alejado de nuestros seres queridos, que ha alterado  nuestras costumbres y ha trastocado nuestros ritmos. 2020 ha sido sin duda el año de la C.

D de Datos, los que nos han tenido en vilo, los que reflejan una realidad que te pone los pelos de punta, los que no siempre nos parecen fiables. D también de Desigualdad, la que lamentablemente cada vez se hace mayor.

E de Esperanza, porque todos esperamos que 2021 lo cambie todo. Porque la esperanza es lo último que se pierde.

F, de Felicidad, la que tanta gente ha sentido cuando han salido vivos de la UCI, cuando han podido abrazar de nuevo, cuando habiendo estado muy cerca de la muerte, han sobrevivido.

G, de Generosidad, la que tantas personas han demostrado. Y G de gel hidroalcohólico, el que,de tanto usar, nos ha borrado ya hasta las huellas dactilares.

H, de Hospitales, que se vieron desbordados en los peores meses y que estuvieron siempre al pie del cañón. De Hartazgo, el que todos sentimos ya, el que nos inunda. De Héroes, porque los ha habido a montones.

I, de Ilusión, la que todos tenemos en que todo esto acabe, en que nuestra vida vuelva a ser lo que era. También de Idiotez, la que muchos  han demostrado tener en estos tiempos.

J, de Juergas que nos han arrebatado, que no hemos podido vivir como hubiésemos querido, de Jolgorios pospuestos. También J de Jóvenes, porque no se han portado tan mal como los pintan. Porque muchos de ellos también se merecen un aplauso.

K, de los Kilos acumulados en los meses en los que no nos movimos, o de los Kilos perdidos por los que les dio por entrenar en el salón como si  no hubiera un mañana.

L, de Luz, la que todos vemos o queremos ver al final del túnel.

M, de Mascarilla, el accesorio que ha irrumpido en nuestras vidas y al que no ha quedado otra que acostumbrarnos. M de Mayores, los que más lo están sufriendo, los que más echan de menos estar con los suyos porque no saben el tiempo que les quedará, porque tienen miedo. Y M, de médicos, los que han arriesgado su vida por los demás.

N, de Normalidad, la de antes, la de siempre, la de verdad, la que tanto añoramos. 

O, de Oportunidad, porque las crisis también traen oportunidades, solo hay que saber verlas. 

P, de Planeta, porque nunca habíamos tenido tanta conciencia de estar todos en el mismo. Porque si no lo cuidamos esto se acaba. Y también de PCR, porque nunca un palito dentro de una nariz tuvo tanto impacto en la vida de alguien.

Q, de Quietud, el estado que durante tantos meses nos embargó por completo.

R, de Rabia, la que hemos sentido tantas veces a lo largo de este año. R de Resistiré, el himno de los peores meses del confinamiento. Y de Recuerdos, porque este año nos deja tan solo recuerdos de muchas personas queridas que no pudieron vencer al bicho.

S, de Solidaridad, la de todos aquellos que se han volcado en los demás y lo han dado todo. De Sueños, los de tantas personas que han visto cómo se truncaban.

T, de Tiempo, el que parece que se  nos ha escapado de las manos sin poder disfrutarlo. Y también de Teletrabajo, esa nueva manera de trabajar que nos ha traído el ccoronavirus.

U, de Unión, porque nunca había sido tan patente que la unión hace la fuerza.

V, de Vulnerabilidad, la que todos hemos descubierto. Ahora sabemos que todos somos vulnerables por muy fuertes y poderosos que nos creamos. Y por supuesto, V de Vacuna, en la que tenemos puestas todas nuestras esperanzas

W, de WC paper. El gran protagonista de los carritos de la compra durante mucho tiempo. El tesoro más deseado. El que llegó a estar en peligro de extinción.

X, paso palabra.

Y, de Ya está bien. Porque queremos que todo esto se acabe.

Z de Zoom, la nueva manera de juntarnos y vernos las caras. Otro de los grandes protagonistas del año, gracias al cual hemos descubierto papadas de las que nunca fuimos conscientes.

Adiós 2020!!  Ojalá 2021 sea el año en el que no solo volvemos a ser lo que éramos sino mucho mejores. Todo es posible cuando ponemos empeño.


Feliz Navidad y Feliz 2021!!!


lunes, 7 de diciembre de 2020

Inutilidades y porsiacasos

 

Aprovechando que tengo que estar confinada 10 días me he puesto a intentar ordenar armarios. Y digo intentar porque conseguirlo es tarea prácticamente imposible.

Me pregunto si todas las casas tienen tanto cajón de sastre como tiene la mía. Me refiero a esos cajones en los que lo mismo te encuentras bolis que no pintan que pilas que no sabes si funcionan, linternas que cuando buscas nunca encuentras, pegamento que ya no pega, velas a medio consumir...

Lo peor de estos cajones es su tendencia irremediable a la reproducción. Por mucho que los limpies su contenido se reproduce instantáneamente.

Junto a los cajones de sastre están las cajas de recuerdos, de tendencia también bastante reproductiva o en este caso, más bien acumulativa, a medida que va pasando la vida. Las cartas de Reyes Magos de los niños, los dientes del ratón Pérez, los regalos del dia de la madre o del padre...En una de estas cajas hasta he encontrado la pulserita que le pusieron en el tobillo a mi hijo Juan cuando nació.  Me pregunto si todo el mundo guardará  estas cosas o si seré la unica nostálgica que lo hace. A veces me planteó tirarlo todo pero me da tanta pena hacerlo que siempre lo vuelvo a guardar.

El cajón de las instrucciones es otro clásico, junto con el de las radiografías, porque en mi casa, no sé bien por qué,  también guardamos las radiografías. Claro que mi marido es aún peor porque él es de los que  guarda los extractos de la tarjetas. Doy gracias cada día a que ya no recibimos los extractos bancarios. De lo contrario habríamos tenido que irnos de casa para hacer hueco a los voluminosos carpetones de extractos.

El apartado medicinas es otro a destacar.  En mi casa tenemos un armario entero dedicado a medicinas muchas de las cuales nunca volverán a ser usadas.  Además, abundan las bolsas y bolsitas llenas de pastillas. Esas típicas bolsas que te llevas de viaje con las medicinas indispensables y que luego  te da pereza deshacer y duermen el sueño de los justos en algún cajón del baño. También tengo varias bolsitas llenas de muestras de perfume que por cierto nunca usaré porque solo uso mi perfume, del cual nunca me han dado una muestra! Pero no las tiro por si acaso.

Y hablando de bolsitas, otra cosa que abunda en mi casa y que ocupa mucho más lugar del que debería son las bolsas para guardar  zapatos en la maleta. Las tengo de todo tipo. Creo que tengo mas bolsas que zapatos pueda llegar a tener en toda mi vida. Y encima los niños, para chincharme, meten sus zapatillas en una bolsa del corte inglés que es lo que más nerviosa me pone en este mundo.

En fin, he puesto solo algunos ejemplos pero la lista no tiene fin: cestas llenas de velas con todos los números y en la que siempre falta la vela del cumpleaños que celebras, cajas de moldes para galletas que nunca haces, botes de bolis que nunca pintan, cajas de botones, recuerdos de viajes, abalorios pasados de moda...

No sé si esta tendencia a no deshacerme de nada y a acumular inutilidades tendrá un significado subliminal. Lo que sí imagino es que no seré la única a quien le pase,  así que creo que alguien debería montar un negocio. Creo que se haría de oro!!  Hasta el lema le doy a quien se anime: " Por donde paso arraso. Di adiós a inutilidades y por "si acasos"!! . 

Lo montamos?

Feliz semana!!

jueves, 19 de noviembre de 2020

Vacunas prêt à porter

Estaba yo pensando que ahora que estos investigadores tan listos han descubierto ya la vacuna contra el covid y que estarán más libres ¿no podrían a lo mejor atender peticiones particulares? 

Seria una estupenda idea. Eso sí, para evitar una vorágine de peticiones, pueden exigir como requisito que la petición venga avalada por la firma de más de 500.000 ciudadanos, algo que está ahora muy de moda y que, dicho sea de paso, nos saca un poco de este letargo borreguil en el que últimamente vivimos.

A mí se me ocurren mil cosas para las que nos vendría muy bien una vacuna, un pequeño pinchacito y todo solucionado.

Ahi va mi TOP 5.

En el TOP 1, una vacuna que fortalezca y tonifique los músculos sin necesidad alguna de ejercitarlos, o lo que es lo mismo, sin necesidad de hacer deporte. Que alegría más grande. Eso sí, al que le encante hacer abdominales, correr, sufrir, sudar, no se la pone y punto.Tampoco hace falta meterla en el calendario de vacunaciones. Me conformo con que sea voluntaria.

En el TOP 2, la vacuna anticanas. Un pinchacito y adiós a las canas.  Tus raíces retoman su color de antaño. Adiós a la esclavitud del tinte y  al pelo frito. Y no debe ser tan difícil digo yo. Me cuesta creer que no se haya descubierto aún.

En el TOP 3, la vacuna antipelos. Un pinchacito y te dejan de crecer pelos en sitios indeseados. Quizá pueda ser, ya puestos a pedir, una vacuna revolving, o sea que va y que viene, no vaya a ser que luego cambien las modas, con esto de la igualdad de género y nos de a las mujeres por dejarnos crecer pelos en las piernas. Aunque, vista la evolución del macho ibérico, me temo que más bien será al contrario, ahora los hombres se depilan aún más que las mujeres. Mejor, más fácil será la recogida de firmas.

En el TOP 4, la vacuna estiramiento. Te la pones y tu piel recupera la tersura de tus años mozos. Habría gente irreconocible de pronto. En este caso, quizá deban poner un límite de edad para vacunarte porque si no puede ocurrir que abuelos vacunados parezcan más jóvenes que sus nietos. Uy que lío! Creo que la voy a quitar de mi whish list. Casi prefiero envejecer con dignidad.

Y en el TOP 5, una vacuna de paciencia.  Pensándolo bien no sé si esta vacuna deberia pasar al TOP 1 de lo necesaria que la veo. En este caso creo que deberían permitir dosis dobles y ser autoadministrables. Que las vendan por cajas, que las puedas tener muy a mano, que lleves una siempre en el bolso,  y sobre todo, que se la puedas pinchar a otros. Creo que esta vacuna va a estar muy demandada así que por favor que abaraten el coste.

 Yo ya he empezado a recoger firmas aunque me está costando aunar voluntades y definir prioridades. Las necesidades son ilimitadas y de lo más variopintas: vacuna antikilos, vacuna antipereza, vacunas de inteligencia (en este caso la gente pide vacunarse en  cabinas secretas), vacunas para aprender sin estudiar (muy demandadas por los más jóvenes), vacunas de crecimiento ( en general o por miembros)...

En definitiva... dime de qué te vacunas y te diré quién eres!  O lo que es lo mismo: cada loco, con su vacuna!

Feliz semana!!





martes, 10 de noviembre de 2020

¿Agarras o sueltas?

Supongo que es normal que en un momento de la vida tus hijos ya  no te den la mano cuando andas con ellos por la calle. Me da pena porque no hay cosa que más me guste que sentir la mano de mis hijos entre la mía. Pero hay que aceptarlo, se hacen mayores.

No he visto ningún "niño" de 20 años agarradito de la mano de su mamá. Si lo viera, pensaría que le falta un hervor. Quizá sea  normal y la rara sea yo. Quizá es que soy un tanto esquiva. Un día ví a un amigo, muy crecidito ya, sentado en el sofá dando la mano a su madre. Me chocó bastante. Al poco tiempo descubrí que era un enmadrado. 

Claro que pensándolo como madre, qué ilusión me hará si mis hijos con 40 años me cogen la mano. No sé qué les parecerá a sus mujeres.

En realidad yo no soy muy de dar la mano. Nunca voy de la mano con mi marido. Ni siquiera lo hacía cuando éramos novios que es todo tan romántico. 

En cambio, me encanta ver a esos matrimonios mayores que van a todos sitios de la mano. Me parece la cosa más tierna que hay. Recuerdo que una vez en la playa paré a una pareja de ancianos solo para decirles lo mucho que me había emocionado verles pasear agarrados de la mano.  Les encantó que se lo dijera y me contaron su vida y milagros. Llevaban 60 años casados y aún se miraban embelesados el uno al otro. Qué maravilla.

Creo que cuando eres mayor de alguna manera vuelves a sentirte como un niño y agradeces que alguien te agarre la mano.  Manos ajadas y a la vez sabias. Manos muchas veces olvidadas. A menudo un buen apretón de manos vale más que mil palabras. 

En Italia las mujeres van a menudo de la mano. Aquí no es algo habitual. Si ves a dos chicas de la mano enseguida piensas otra cosa.  Creo que si una de mis amigas me da la mano me sentiré incómoda y trataré de escabullirme rápido.

Supongo que para todo hay un  momento en el que toca agarrar, sujetar fuerte, hasta apretar si hace falta, y otro en el que toca soltar, dejar volar, confiar.

A veces es muy difícil saber cuándo soltar de tan agarrados que estamos a algo, incluso a algo que nos hace daño, hasta que nos esclaviza. Otras veces se aprieta con tanta fuerza que se consigue anular al otro. Otras en cambio uno suelta tanto que corre el riesgo de separarse para siempre.  Incluso hay veces que uno quiere agarrarse y no le dejan, como los que se agarran con ahínco a una barca que va llena y  los de dentro le pisan la mano para que se suelte. Triste.

Como siempre en la vida, en el punto medio está la virtud. No es fácil encontrarlo pero creo que merece la pena buscarlo. Entre tanto y por lo que pueda suceder, intentemos seguir agarrados a los que mas queremos y soltemos lastre de tantas cosas absurdas que nos paralizan.

Feliz semana!!

jueves, 5 de noviembre de 2020

Vidas peliculeras

Hoy he tenido una pesadilla que empieza a ser muy frecuente. Seguro que tiene algún significado, pero casi prefiero ni descifrarlo. He soñado que se me caían todos los dientes de golpe. Me he despertado sobresaltada, he encendido la luz y he descubierto que afortunadamente todos mis dientes seguían en su sitio. Qué felicidad tan grande. He sentido tal alivio que llevo todo el día pensando en la suerte que tengo de conservar mis dientes.

Es una suerte tremenda que te pase algo terrible y descubrir que es un sueño. A menudo pasa justo lo contrario, deseas con todas tus fuerzas que algo sea sólo un sueño, una pesadilla, pero desgraciadamente no lo es. Es real. Me acuerdo una vez, con 9 años, que mi madre me llevó a la peluquería para cortarme las puntas. El peluquero se animó y terminó dejándome la melena por la barbilla. Cuando me vi en el espejo casi me da un soponcio y recuerdo que pasé toda la tarde rezando para que fuera un sueño. Qué maravilla cuando un mal corte de pelo era la mayor de las desgracias que te ocurrían en la vida. A medida que vas creciendo, las pesadillas se van complicando. 

A veces me pongo en plan Segismundo y me da por pensar que la vida es un sueño o mejor aún, que la vida es una película, como en el El show de Truman. Una película en la que cada uno de nosotros representa un papel. Una especie de reality. Entonces me pregunto: ¿Quién estará viendo mi película? ¿Habrá acaso otra realidad? ¿quién es el guionista? ¿los demás son extras o protagonizan sus propias películas? Me siento como una hormiga observada por seres superiores. Mi mundo es diminuto y alguien me observa constantemente.



El que vea mi película quizá se aburre a ratos. Claro, que si ve la película de alguno que yo me sé puede que le de un ataque de nervios. Puestos a elegir, por cierto, elijo protagonizar una peli francesa, de esas en las que todo es chic y elegante. Lo malo es que no sé bien cómo se eligen las películas. Más bien me inclino a pensar que no hay mucha capacidad de elección, que la peli te la dan casi hecha, aunque cada uno tengamos una cierta capacidad para variar el argumento. Si se pudiera elegir, hay pelis que nadie querría protagonizar, está claro y otras en cambio que todos nos pediríamos. Sería estupendo poder decir de vez en cuando COOORTEEEEN! Algunos seguro que abusarían. Otros en cambio, sufridores, cargarían estoicos con el papel asignado.

En fin, cada loco con su tema, y cada protagonista en su película, que toda la vida es sueño y los sueños, sueños son.

Feliz semana!


jueves, 29 de octubre de 2020

Hartazgo general

En estos últimos días la gente anda como loca. Nadie sabe qué hacer. Un absoluto desconcierto invade a la gran mayoría de los españoles de bien (los españoles de mal no sé bien lo que experimentarán, si es que sienten y padecen, que empiezo ya a dudarlo).

Yo hasta la fecha he estado protegida en mi casa. Soy contacto estrecho de un positivo y llevo 10 días sin salir a la calle. Ahora bien, como mi confinamiento llega a su fin, me encantaría que algún alma caritativa me aclarase qué se puede hacer y qué cosas están prohibidas, porque estoy completamente perdida.  Aunque me temo que es misión casi imposible. 

He preguntado ya a varias personas y realmente nadie tiene ni idea.  Estoy preocupada porque, como mujer de leyes que soy, sé bien que el desconocimiento de la ley no exime de su cumplimiento. Es decir, que no vale que cuando me pare el “señor agente” le diga que en este país no hay quien se entere de nada, por lo que he salido a la calle cuando mejor me ha parecido o más me ha convenido.

La situación es cuanto menos “kafkiana”.  España está en Estado de alarma. Hay toque de queda de 23 a 06, pero algunas comunidades pueden variar esta franja horaria, adelantando o retrasando las horas. La Comunidad de Madrid se cierra perimetralmente, pero solo los puentes, después no sé muy bien qué pasará. Algunas Comunidades, pero no todas, también se han cerrado, otras solo han cerrado sus bares, debe ser que a sus habitantes les daba por beber y "arrejuntarse".  Algunos barrios madrileños están confinados, parece ser que el criterio es la zona de salud, algo que nadie sabe bien lo que es. A algunas calles, dependiendo de la acera o del número, no se puede pasar, muy práctico. Los restaurantes ya no sé muy bien a qué hora tienen que cerrar y si es igual en todas las Comunidades, me temo que tampoco, lo cual influye directamente en la hora en la que puedes comer o cenar fuera de casa, que varia según donde estés. En algunos sitios los grupos no pueden ser de más de seis, en otros pueden reunirse hasta 10, ya no sé si convivientes, no convivientes o mediopensionistas. En algunos sitios han cerrado los parques, en otros han prohibido la venta de alcohol, en otros las barras, en algunos, los lugares de culto. Algunas medidas se aplican de forma progresiva, otras de sopetón, algunas admiten excepciones, otras no, el aforo a veces se reduce a la mitad, pero caben todo tipo de porcentajes en función de todo tipo de circunstancias y dependiendo de la Comunidad, y de nuevo con excepciones.  

¿Alguien entiende algo? Me temo que nadie, absolutamente nadie, aunque digan lo contrario. Entre tanto y por lo que pueda pasar, hoy medio Madrid de ha ido de puente. No sé bien si podrán llegar a su destino o si deberán teletransportarse para conseguirlo, y si llegados allá donde vayan serán capaces de descubrir y adaptarse a las costumbres locales. Ya nos contarán cuando vuelvan si es que les dejan volver. Uno ya nada sabe.

No sé si todo esto será culpa del Gobierno, del Estado de las Autonomías, del Ministro filósofo, del cansino Simón, del carácter español, del “Spain is different” o del “café olé”, pero realmente esto no hay quien lo entienda y empieza a proliferar entre la población un hartazgo muy pero que muy supino y preocupante.

Que Dios nos pille confesados, como diría mi tía Gracita, porque esto no ha hecho más que empezar! Paciencia y mucho ánimo.

Feliz semana!

 


domingo, 18 de octubre de 2020

Caretas


El otro día pregunté a mi amiga Silvia  por qué ya no corría. Me miró muy seria y me dijo: "Lo odio". Me quedé atónita. Yo pensé que le encantaba trotar por Madrid con su maridin. Llevaba años haciéndolo. Pues resulta que no. Lo hacía por él, por compartir una afición, por decir que hacía algún deporte, pero realmente cada carrera le suponía un esfuerzo terrible, un suplicio, un tormento. Y al final se cansó y lo reconoció. Odio correr y punto! No ha vuelto a hacerlo.

La semana pasada me sorprendió que otro amigo, economista de postín, asiduo de los debates y tertulias del más alto nivel, no se conectase a uno de los encuentros financieros más prestigiosos del año. "No me conecto porque no me interesa nada" me reconoció. Volví a quedarme  atónita. "He decidido dejar de dedicar mi tiempo a temas que ya no me aportan" añadió.

Ambas posturas me hicieron reflexionar . Lo cierto es que  muchas personas llegadas a una determinada edad se quitan la careta. Tal cual.


Es una maravilla quitarse la careta aunque no es ni mucho menos fácil. Porque quitarse la careta no solo significa dejar de aparentar, algo a lo que estamos demasiado acostumbrados. Quitarse la careta significa sobre todo dejarse de mentir a uno mismo, algo todavía mucho más frecuente. 


En la vida uno va tomando decisiones mejores o peores que le van conduciendo por uno u otro camino. A veces no es el  camino que uno pensaba o quería, pero reconocerlo duele así que es mucho más fácil, y probablemente hasta  más inteligente, encontrar argumentos para justificar que la decisión tomada y el camino elegido son sin duda los más acertados, aún cuando en el fondo de los fondos uno sabe que no es así.

Es como el que veranea en el  norte, y defiende el microclima del norte, lo  bien que se come en el norte, las excursiones del  norte, la elegancia del norte, el verdor del  norte y en el fondo lo que siempre le ha gustado ha sido el sur, el calor pegajoso del sur, los chiringuitos del sur, el bullicio del sur. Y se ha pasado la vida renunciando al sur y defendiendo el  norte hasta que un día estalla y dice que no vuelve al norte porque odia la lluvia, el chubasquero, las nubes y las hortensias. Y se quita un peso de encima. Y no vuelve al  norte. Y se pasa el resto de la vida en chanclas en el sur. Feliz.

Es un ejemplo tonto pero muy gráfico e ilustrativo. Ejemplos hay miles. 

Por  culpa de las caretas se frustran sueños, se deshacen ilusiones, se desvanecen anhelos y se mustian vidas. 

Las caretas siempre obedecen a razones: la generosidad, la tradición, la inercia, la comodidad, el bienestar del prójimo, el estatus social, la felicidad familiar, el  bien común.... Quitarse la careta suele traer consecuencias a veces inesperadas porque los demás no suelen estar preparados para ver tu verdadera cara, que a veces hasta a ti mismo te sorprende.

Solo uno sabe si le merece la pena seguir toda la vida con la careta puesta, muchas veces hasta compensa,  pero intuyo que quitársela aunque sea de vez en cuando debe ser muy pero que muy placentero!!

Feliz semana!!!

jueves, 24 de septiembre de 2020

Benditos antiguos despertares

 ¿Quién se quejaba de los despertares diarios de  nuestra antigua cotidianeidad? Quién??  !!! Y los encontrábamos estresantes.....!!!  Qué inocencia la  nuestra!! No sabíamos la que se nos venía encima.

Ay, cómo echamos de menos aquellas mañanas monótonas y aburridas en las que todo se reducía a apagar el despertador cada día a la misma hora, preparar el desayuno para todos a la vez y tener listas las mochilas de deporte siguiendo el calendario pegado en la nevera, de aplicación todos las semanas del año, a excepción de vacaciones y festivos. Ahora sí que no hay quién se aclare. 

Un niño va al colegio los lunes y los viernes. Los martes y los jueves se queda en casa. El otro niño es justo al contrario, los lunes y miércoles se conecta on line. El  lunes con horario fijo pero que alterna por semanas. El miércoles combina videos tutoriales sobre ecuaciones y polinomios con vídeos sobre cómo hacer la voltereta lateral, porque su profesora de educación física está en cuarentena. El tercer niño esta semana se queda en casa porque uno de su clase tiene síntomas. El cuarto sale por fin de la cuarentena porque ya han pasado 15 días desde que la empezó. 

Mi marido teletrabaja tres días a la semana en turnos combinados que dependiendo de la semana implican franjas horarias distintas. Aunque ahora para evitar que se llame teletrabajo y tenga que cumplir la nueva ley que según parece no es tan beneficiosa, aunque depende de para quién, mejor trabaja dos días en remoto que no es lo mismo que teletrabajar, pero se parece mucho. Y si encima es su cumpleaños pues no cuenta. Eso es flexiday. Antes era solo birthday.

Uno ya no sabe a quién despertar,  qué puertas tocar cada mañana. Irremediablemente siempre hay quien te suelta bufido, unos porque no les has despertado y se han dormido, y  otros porque le has despertado cuando ese día podían dormir más. 

A esto se añade mi jornada flexible que debe llamarse así porque hago el pinopuente a la vez que le doy al teclado del ordenador porque es la única solución si uno quiere hacer algo de ejercicio y compatibilizarlo con tanta ida y venida, tanto horario loco, tanto cambio, tanta pelea por el uso de las famosas nuevas tecnologías, tanta jornada interminable, tanta PCR que a este paso nos vamos a arruinar, tanto zoom, tanta teleconferencia, tanta mala noticia, tanta mascarilla y tanta brecha digital que a veces más que digital uno la siente como auténtica brecha visceral!!

Feliz semana!!


viernes, 18 de septiembre de 2020

Alerta sobre el uso de mascarillas


En los últimos meses y ante un uso intensivo de las mascarillas, se están observando una serie de efectos secundarios sobre los que es necesario alertar a la población:

Mujeres barbudas. Informes recientes constatan que las mascarillas crean un efecto invernadero propicio para el crecimiento del vello.  Como consecuencia, muchas mujeres ven con asombro cómo su barbilla poco a poco se va poblando de pelo. Confiadas en que la mascarilla los tapa, van dejándolos crecer hasta que un día descubren que su barba es más larga que la de su marido. En algunas poblaciones se han creado ya asociaciones de mujeres barbudas que lejos de sentirse incómodas reclaman el derecho de, también en este ámbito, ser iguales que los hombres

Orejas de soplillo.  A medida que pasan los meses se constata una tendencia creciente en el despegue de las orejas. En el caso de que el número de personas con este despegue prominente de los “cartílagos orejeros”  siga aumentando se prevé una necesaria adaptación de accesorios como gorros, gorras, sombreros y demás. Si la tendencia siguiera imparable, habría incluso que plantear una ampliación de ciertas puertas, con los costes asociados correspondientes.

Mujeres con ojos de Barbie. La gente, y sobre todo las mujeres, es cada vez más consciente de que la atención ahora se centra en sus ojos. De nada  sirve el colorete o la barra de labios, si tus ojos no brillan y parpadean con fuerza. Como consecuencia, se está produciendo un incremento vertiginoso de los implantes de pestañas, que de continuar in crescendo provocará que algunas mujeres acaben con ojos de muñeca.   Algunos grupos feministas empiezan a protestar ante mensajes publicitarios como :” Si la mascarilla no te deja respirar, pero lo que tú quieres es gustar, como Barbie debes parpadear” .



Dejadez del cuidado bucal. Por el contrario, aumenta la preocupación por el rechazo que empiezan a experimentar muchos menores a ponerse aparato en los dientes. Dado que es una parte de su cuerpo que a este paso nunca van a enseñar, poco les importa tener los dientes no solo descolocados, sino sucios.  Estudios recientes muestran un descenso pronunciado en las ventas de cepillos de dientes. A su vez, algunas asociaciones de dentistas están impulsando la confección de mascarillas transparentes, las denominadas“invisa masks”, de modo que las blancas sonrisas puedan seguir luciendo como merecen.

Sospechosos habituales. El uso continuado de mascarillas está provocando una cierta sensación de desconfianza entre las personas, que tienden cada vez más a mirarse entre ellas con cara de sospechosos. Los más pesimistas ven factible que bajo esta apariencia ya de por sí sospechosa que otorga la mascarilla haya personas que sientan la necesidad de adoptar nuevos roles como podría por ejemplo ser el de atracador de banco. El Colegio de Psicólogos de Madrid está siguiendo muy de cerca este tipo de comportamientos.

Usos pocos propios. Crecen cada día los usos insospechados de las mascarillas. Hay quien las usa como pañuelo, cuando no tiene nada a mano para sonarse la nariz, como coletero, como diadema, como limosnera, como almohadilla para evitar sentarse en el suelo o en un escalón, como bufanda…. Todo ello conlleva el riesgo de olvidar el uso genuino que debe darse a este nuevo accesorio que ha irrumpido con fuerza en nuestra cotidianidad.

Mutación de estereotipos. De un tiempo a esta parte,se ha observado un considerable incremento de la notoriedad del colectivo de mujeres musulmanas. Si bien hace unos años el debate se centraba en la conveniencia o no  de que algunas mujeres llevaran la cara tapada por el velo en determinados ámbitos, ahora empiezan a ser consideradas verdaderas pioneras, auténticas visionarias. Cada vez más influencers se cambian de religión con tal de resultar de rabiosa actualidad.

Falta de compromiso medioambiental. En otro orden de cosas, en un contexto en el que el cambio climático y el medio ambiente ocupan los primeros puestos de la agenda pública, resulta alarmante la cantidad de mascarillas que pueden encontrarse tiradas en cualquier lugar: en la calle, en el campo, en la playa y hasta en el mar. Recientemente, una señora compró pescado en su establecimiento habitual y al llegar a casa y disponerse a limpiar el pez en su tripa encontró una mascarilla. Tuvo que tirar el pez, por si tenía coronavirus, y no le devolvieron el dinero.

El objetivo de este artículo no es otro que el de constatar y advertir. El que avisa, no es traidor!

Feliz semana!

 

martes, 15 de septiembre de 2020

Babia


Me encanta pensar en la cantidad de lugares imaginarios que pueblan nuestro lenguaje. Muchos de ellos me resultan tremendamente evocadores y me entran muchas ganas de visitarlos. 

Uno de ellos es Babia. Desde que era pequeña me pregunto si algún  día despertaré de verdad alli. Conozco a cantidad de gente que ha estado. Algunos pasan largas temporadas. No hay quién les haga volver. Otros van y vienen con una facilidad pasmosa. Otros en cambio nunca jamás lo han visitado. Yo me imagino Babia como un lugar muy bucólico, muy verde y frondoso, con árboles colgantes, murallas y grandes arcos. Parece ser que lo asocio con Babilonia o algo así.  Pensar que estoy en Babia me provoca a la vez sensación de paz, de tranquilidad.  Debe ser maravilloso poder desplazarte a Babia cuando te plazca. Una especie de superpoder infravalorado.

Evocadora me resulta también la Conchinchina.  La Conchinchina debe estar muy muy lejos. Un lugar muy exótico. De esos que llegas y ya te quieres quedar. Hace mucho que no la oigo mencionar pero recuerdo que de pequeña mi madre se iba hasta la Conchinchina a comprar algunas cosas e incluso algunas amigas mías vivían en la Conchinchina. Años más tarde me decepcionó mucho descubrir que para mi madre, que no conducía, la Conchinchina podía ser cualquier cosa más allá de Moncloa.  

Los Cerros de Úbeda tampoco deben estar mal pero, a bote pronto, me parecen más dificil de alcanzar. Lo de irse por los Cerros de Úbeda siempre me parece un poco lioso, debe costar llegar. Seguramente hay hasta que escalar. Me apetece menos ese viaje. Seguro que me pierdo. Esos cerros deben estar llenos de gente perdida dando vueltas sin parar. Me da miedo llegar no vaya a ser que luego ya no pueda regresar.

El quinto pino también debe tener su gracia. Supongo que estará en un pinar y que con lo famoso que es estará ya de lo más señalizado.  No creo que deba ser dificil de encontrar. Quiza hasta cobren entrada por visitarlo. Me pregunto quién lo descubriría y qué distancia tan atroz lo separará del anodino cuarto pino.

Sea donde sea, creo que es maravilloso tener un sitio en el que evadirse cuando hace falta. Un sitio en el que ni los que están contigo pueden encontrarte, un dominio propio, en el que dejar reposar los pensamientos que no salen a la luz. Un lugar de sosiego, de quietud, hasta de ensimismamiento, que no requiera atención, en el que te puedas dejar llevar. Si me pierdo, no  me busqueis. Quizá esté en Babia.

Feliz semana!

lunes, 7 de septiembre de 2020

De atuendos y demás

¡Que daño ha hecho Decathlon al turismo español!.  Me pregunto yo hasta qué punto es necesario que la gente para visitar un pueblo y pasear por sus calles se vista como si fuese a escalar el mismísimo Kilimanjaro. No lo entiendo. Me dice un amigo que es " en aras" de la comodidad. Pues sigo sin entenderlo.  Según eso, a este paso salimos directamente en pijama y  zapatillas de estar en casa. Tan cómodos todos, oye.  

Mi combinación favorita es el escalador de montañas hooligan del Barça, que es el que se planta el pantalón Quechua pero combinado con la  camiseta de Messi, que menos que no se ha ido por cierto porque a ver que hacían ahora con tanta camiseta. 

Eso sí,  si la camiseta futbolera la combinas directamente con el pantalón pirata a media pierna, ya llevas atuendo para todo el día, hasta para ir a cenar te sirve. El tema me tiene asombrada. 

Y por supuesto, que no falten los tatuajes hasta en el rincón más recóndito de tu cuerpo serrano. Digo yo que un pequeño tatuaje, hasta dos si me apuras vale, pero de ahí a pintarrajearte a sangre el cuerpo entero... De  nuevo, no lo entiendo. Me pregunto qué hará esa gente cuando sean abuelos. Porque un abuelo o una abuela con tanto tatuaje como que no pega, no? O quizá es que yo me quedé anclada en el recuerdo idílico de la tierna abuelita de caperucita?. Ya no sé ni que pensar. Lo mismo ahora lo que mola son las abuelas tatuadas y yo soy una anticuada. Pues quizá. 

Y ya puesta a ser sincera pues tampoco entiendo esos pendientes que son como argollas que se incrustan en el lóbulo y parecen como neumáticos de una rueda. Quién le encuentra la gracia a eso? Yo ninguna. Cada vez que lo veo me dan ganas como de colgar una percha. Menos mal que me contengo. Pero en fin, que teniendo en cuenta el look del mismísimo vicepresidente del Gobierno, ¿qué podemos esperar? Pues eso, lo que abunda!

En cualquier caso y como siempre, no hay nada mejor que el refranero español para dar por zanjado un tema y en este caso, supongo que más de uno que me leerá pensará "ande yo caliente ríase la gente" o " para gustos, los colores".  A lo que por cierto, yo responderé: "hombre bien vestido, por su palabra es creído"!!

Feliz semana!

martes, 1 de septiembre de 2020

Regreso al pasado


Quizá es que me estoy volviendo “vieja” o quizá es que esto del coronavirus y la “nueva normalidad”, que de normal no tiene nada, por cierto, me está afectando más de la cuenta, pero de un tiempo a esta parte siento nostalgia del pasado. Así, tal cual.

Echo de menos cosas que “literalmente”, como dice mi hija Celia, han desaparecido. Por ejemplo, echo de menos recibir cartas, claro que debo reconocer que tampoco las escribo. Recuerdo que cuando era pequeña allá donde iba compraba siempre postales y escribía a mis “clásicos”: a mis padres, si no viajaba con ellos, a mis abuelos, a mis mejores amigas, a mi tía Ana.. Hace poco releí alguna y me emocioné, porque por un momento me sentí aquella María de 9 o 10 años a la que le encantaba compartir con los demás lo bien que se lo pasaba. Supongo que es lo que hacemos ahora con las redes sociales, pero lo siento, no tiene nada que ver. Quién no se acuerda de la sensación de pegar el sello así “chupadillo” o de aquellos sobres de papel “flojillo” en el que te metían las postales cuando las comprabas, o de la emoción de echarlas en el buzón. .. Ya nunca nadie busca un buzón, es como las cabinas, mobiliario urbano en desuso, objetos que poco a poco van quedándose obsoletos y van formando parte de la "antigüedad". Me da pena. Voto por menos redes y más cartas.



Y puestos en plan nostálgico, echo de menos también esas llamadas de teléfono interminables con el cable estirado al máximo atravesando pasillos y si hace falta puertas, con tu padre gritándote “cuelga ya” y tus hermanos, en mi casa, hermanas, aporreando la puerta “llevas unaaaaaa horaaaaa”. Hasta echo de menos el “¿de parte de quién?”, frases que, en cuanto acaben de desaparecer los fijos, también irán cayendo en desuso y formarán parte de un lenguaje anticuado. Ahora nos comunicamos por whatsapp. Miles de grupos, miles de conversaciones cruzadas, miles de emoticonos. Voto por menos whats app y más charlas interminables.

También echo de menos compartir todos una misma serie, y cuando digo todos, digo TODOS. Esa época en las que todos los de una misma generación veíamos lo mismo porque no había otra cosa que ver: La casa de la pradera, Heidi, Sandokán, Vacaciones en el mar, Los Ángeles de Charlie, El coche fantástico, Starsky y Hutch, Dinastía, Dallas, Falcon Crest… En cada momento y con cada edad lo que tocase. Ahora cada uno está con su pantalla particular y cada uno ve algo distinto. La oferta es inmensa, demasiado inmensa. Ahora las series pueden hasta robarte la vida, se ha perdido la emoción de esperar al próximo capítulo.  Ahora puedes empacharte de series y solo dedicarte a eso.  Hasta los cines están desapareciendo. Ya no existen casi los pequeños cines de barrio, con el acomodador que te acompañaba a tu asiento. Ahora lo que se lleva son las grandes salas con los asientos que se convierten en cama, las pantallas gigantescas,  el sonido ultramegasideral, los efectos en tres, cuatro o hasta cinco dimensiones ( ya he perdido la cuenta de cuántas dimensiones son posibles por cierto!), en los que  hasta agua te salpica cuando ves una película de aventuras en el mar. Y por supuesto, ya no sólo puedes comer palomitas, ahora si te empeñas te puedes zampar hasta un solomillo con patatas. Incomprensible. Voto por menos efectos especiales y más cine romántico.

Mi lista podría ser interminable… porque hay muchas cosas que echo de menos: las tiendas de barrio que poco a poco van desapareciendo (hace poco me enteré que cerraba la papelería Salazar, en la calle Luchana, y me dio mucha pena, porque era la papelería de mi niñez, donde me hice los recordatorios de la Primera Comunión, donde compraba los mapas, las gomas que coleccionaba, los cuadernos…); los libros “en papel”, porque me he pasado al Kindle aunque no hay día que pase que no quiera volver al papel; los viajes en coche con las ventanas abiertas y las peleas por quien elegía la "casette" de turno, los discos de vinilo, las agujas del tocadiscos, los diarios, los listines de teléfono, las páginas amarillas, las bibiotecas, hasta el carrito de la compra que creo que nunca he usado, ahora lo echo de menos como parte de un pasado que se fue y probablemente no volverá.

En fin, que a lo mejor en vez de regresar al futuro a lo Michael J. Fox nos toque volver un poquito al pasado y quizá hasta le volvemos encontrar el gusto a cosas que nunca debimos perder.  ¡¡Voto por probar!!

 Feliz semana!

 

martes, 4 de agosto de 2020

Reflexiones

Hace unos días tuve una conversación muy interesante con un señor de 92 años lleno de sabiduría y vitalidad. Me maravilló su actitud y le pregunté cuál era el secreto de su éxito. Sin dudarlo ni un segundo me contestó: "no dejes nunca que nadie te quite tus ganas  de vivir y tu paz de espíritu". Este segundo ingrediente es muy  difícil de conseguir , le dije. ¿Cómo hago para conseguir esa paz? "Dedica un tiempo cada día a meditar, a reflexionar, a rezar, si eres creyente. Conecta desde tu interior con  el universo, piensa dónde estás y hacia dónde vas" me contestó. 

Ayer en la playa mirando al mar, sola, intenté hacerlo, como lo he hecho muchas veces a lo largo de mi vida, pero qué difícil es hacerlo de verdad. Conectar desde lo más profundo con lo más eterno. Reflexionar con paz, con serenidad. Conseguir aislarte, evadirte. Casi nunca lo consigo. Siempre acabo pensando en otra cosa. Me salgo del túnel. Avanzo, avanzo y de repente, una voltereta y ya estoy fuera. 


No logré mucho éxito en mi meditación,  pero si me planteé preguntas para las que debo reconocer que nunca encuentro respuesta. Mirando al mar, inagotable, al horizonte, inalcanzable, pensé en nuestra pequeñez.  Somos tan pequeños y nos creemos tan grandes. Y a la vez, somos tan grandes y nos creemos o nos hacen sentir a veces tan pequeños.  Lo mismo pasa con nuestras preocupaciones. La mayoría de las veces son tan pequeñas y sin embargo a nosotros nos parecen tan grandes. Le damos tanta importancia que no sólo nos quitan el sueño sino que nos impiden encontrar la tan ansiada paz interior. 

Me encanta la gente que da a cada cosa su justa importancia, con perspectiva, con madurez y con paciencia, algo que cada vez abunda menos en un mundo en el que la inmediatez, las prisas y la ansiedad marcan el ritmo. 


Espero, al menos este verano, ser capaz de ir más despacio. La vida nos está dando la oportunidad de hacerlo pero me temo que no lo sabemos ver. De nuevo, nos despistamos.


Feliz verano!


miércoles, 15 de julio de 2020

Mascarillas y chascarrillos

Quién nos iba a decir que una simple prenda como la mascarilla iba a tener tanta importancia en nuestra vida. Es curioso fijarte en la cantidad de nuevas situaciones que está creando su simple uso.

El otro día, por ejemplo, abrí la puerta al frutero y me sorprendió lo guapo que era.  ¿Cómo no me había yo fijado antes? Luego caí en la cuenta de que tenía unos ojos preciosos.Debe tener nariz fea y dientes feos y como ahora no se le ven, pues resulta de lo más apuesto el señor frutero de ojos verdes.

Curiosos son también algunos efectos de la mascarilla. Por ejemplo, yo cuando me la pongo, ni oigo ni veo. De verdad. Y es muy peligroso, claro. El otro día de hecho casi me mato en las escaleras mecánicas de Mercadona por culpa de la mascarilla.

También tiene cosas buenas. Por ejemplo, hay quien ha dejado de morderse las uñas o lo que aún es mejor, de comerse los mocos. O al menos ya solo lo hacen en la intimidad de sus casas, lo cual se agradece.


También se ahorra en barra de labios aunque he observado que la gente se pinta mucho más los ojos.  Así que lo que te ahorras en pintalabios te lo gastas en rímel y sombras. Ahora nuestra miradas se concentran solo en los ojos. Y de siempre se ha dicho que los ojos son el espejo del alma. Asi que, cuidado, porque cuesta más engañar. Te pillan seguro. Eso sí, los bizcos, tuertos o similar lo tienen más chungo. No hay manera de desviar la atención.

Las mascarillas son una buena excusa también para hacerte el loco por la calle. Ya no hace falta cambiarte de acera, basta con fingir que no reconoces a alguien. Cosa que por otro lado no es nada difícil. Yo me quedo mirando mucho a la gente con mascarilla porque ni veo ni reconozco. Un desastre vamos. Deben pensar que soy una descarada, mirando a todo el mundo fijamente.

En muchas casas empiezan ya a tener en la entrada una especie de perchero para mascarillas. Es una idea fantástica porque así no te encuentras mascarillas por todos lados, que es un desorden!

Lo que no sé muy bien es qué tal lo llevan los barbudos. Barba y mascarilla parece too much y más con este calor. Las aficionadas a pendientes largos,por ejemplo, lo llevamos fatal porque la goma de la mascarilla se engancha con el pendiente y es un lío. Por otro lado, poco a poco se va imponiendo la moda de la mascarilla colgada de una oreja cual pendiente. Cómodo quizá, eficaz en la lucha contra el covid lo dudo.

Tengo  ganas de probar la sensación  de tomarme un caramelo de menta superfuerte con la mascarilla puesta. Si cuando respiras con mascarilla se empañan las gafas, el efecto  del caramelo debe ser como una especie de limpieza de cara!!

En fin, que habrá que acostumbrarse porque me temo que la mascarilla va a formar parte de nuestro look como el parche formaba parte del de la Princesa de Éboli. Y con qué estilazo lo llevaba, oye!

Feliz verano!!


sábado, 11 de julio de 2020

Deconstrucción

Ayer salí a cenar y pedí tortilla de patata "deconstruida".  Cuando llegó la copa ( sí, venía servida en copa!) me dio por pensar si la habrían hecho así, "deconstruida" desde el origen, o si la habrían construido para deconstruirla después. 

Construir para luego deconstruir no se entiende bien, la verdad. Ni en la tortilla ni casi en ningún orden de la vida. Con lo difícil que es construir que fácil es, sin embargo, deconstruir, o directamente destruir que es como se ha llamado siempre ( aunque, ojo, no es lo mismo, que lo he buscado en el diccionario!!). 

Me vienen a la cabeza muchas cosas que requieren un proceso largo de construcción y sin embargo, pueden destruirse de un plumazo, cual castillo de arena.



La familia, por ejemplo. No basta casarse y tener hijos, hay que "currárselo", hay que querer, ceder, renunciar, sacrificarse, desvelarse, hacer hogar, compartir alegrías, tristezas, valores, costumbres,  enseñar, aprender, acumular recuerdos, convivir, crear lazos...  No es solo la sangre, es mucho más. Uno construye su familia a lo largo de los años.  Sin embargo, de repente, alguien o algo se cruza en la vida de tu familia y lo destruye todo, sin piedad, y todo se viene abajo. Unos cuernos, una traición, una muerte inesperada o incluso temas mucho más banales como una herencia pueden tumbar la familia más arraigada. Aunque, afortunadamente, cuando las raíces de una familia son fuertes,  casi siempre es capaz de volver a resurgir, aunque sea de una forma distinta.

Con la vida profesional a veces pasa lo mismo. Uno acumula trabajo, esfuerzo, experiencia, conocimiento, saber hacer y de pronto, cuando alcanza la mejor etapa de su carrera llega el golpe inesperado, todo se derrumba y en menos que canta un gallo alguien te está acompañando amablemente a la salida de un sitio que llegaste a  considerar tu segunda casa. 

Por no hablar de la reputación, algo que creas poco a poco, con esfuerzo y esmero a lo largo de muchos años y que de repente, de un plumazo pueden verse destruida para siempre y entonces ya no hay quien la reconstruya. Porque la pérdida de reputación, junto con la pérdida de confianza, son de las cosas que una vez destruidas son prácticamente imposibles de recuperar. 

Hay que ver qué profunda me he puesto. Será el desconfinamiento? Debe ser...   La verdad es que la tortilla me dio mucho juego, la próxima vez pido huevo duro!! 

Feliz semana!

miércoles, 3 de junio de 2020

Mi otro yo ( o el síndrome del ermitaño)

Hoy he vuelto a la oficina y mi sensación es de nostalgia. Añoro el confinamiento, el de los primeros momentos, el confinamiento en su estado más puro. No me refiero a este estado intermedio e indefinido  en el que nos encontramos ahora en el que uno no sabe bien a qué atenerse, porque lo mismo te sientes libre que transgresora, prudente que atrevida, responsable que timorata. Lo que yo echo de menos es tenerme que quedar en casa por obligación. Asi,categóricamente.

En estos meses, al más puro estilo freudiano, he descubierto un "yo", que no conocía antes de mi misma. Un yo casero, tranquilo, paciente, acomodaticio, obedediente, reposado, prudente, natural, comprensivo, hasta un punto introvertido. Un yo que me ha encantado descubrir, que seguramente estaba latente, agazapago desde hace años tras mi yo más social sin atreverse ni siquiera a asomarse. Y ahora tengo miedo a que ese yo vuelva a desaparecer. 


Porque ese yo, aunque cueste creerlo, era un yo libre, sin ataduras, sin compromisos, sin idas y venidas, un yo menos esclavo. Un yo que se levantaba y no debía plantearse todo lo que hacer en el día porque su única opción era quedarse en casa y tan contento lo asumía.  Un yo que no corría, que no llegaba tarde, que no andaba siempre con prisas, que no cancelaba, que no iba con la lengua fuera, un yo al que nadie esperaba, que no necesitaba tacones para sentirse mejor. 

Y es que, como dice mi querida amiga Aica, la libertad es a menudo un arma de doble filo. Ser libre implica elegir, tomar decisiones, elegir a qué y a quien quieres dedicar tu tiempo. Ser libre es un ejercicio de responsabilidad y a menudo también implica por supuesto equivocarse.

Quizá lo ideal sería encontrar el punto intermedio. Ay, si fuera tan fácil! Pero, ¿quién encuentra ese punto de equilibrio? Me temo que pocos. Cabe el riesgo de que en unos días mi yo confinado haya desparecido, pero, siendo optimista, también tengo la oportunidad de dejar que mi nuevo yo conviva con el yo de siempre, que le aconseje, que le asesore y que incluso a veces le gane la batalla, lo cual, por cierto, implicaría no tener que andar siempre por la vida como pollo sin cabeza. 


Feliz semana!!

 


martes, 19 de mayo de 2020

Los Gallifantes del Covid

Hoy he  entrevistado a un niño al más puro estilo “gallifante”, aquel concurso que había en televisión hace años en el que Javier Sardá pedía a unos niños que le explicaran el significado de algunas palabras. Me encantaba escuchar las  ingeniosas definiciones que se les ocurrían. El juego consistía en que los concursantes adivinasen de qué palabra se trataba a partir de la definición. A veces era realmente imposible.

En mi caso, le he preguntado al niño por algunas de las palabras más comunes y frecuentes durante estos últimos meses.  El niño ha resultado ser bastante listo. Comparto algunas de sus respuestas:

PandemiaSitio donde se hace pan. Me ha encantado la definición. Alejada de la realidad, aunque no tanto. Después de todo, una de las consecuencias, no sé si directas o indirectas de la pandemia, ha sido la cantidad de gente que se ha dedicado durante el confinamiento a hacer pan, y en general repostería. De hecho, en varias ocasiones me ha resultado imposible encontrar harina o levadura en el supermercado. Increíble.


Coronavirus. El rey de los virus, por eso lleva corona. Completamente acertado el niño.  Un virus capaz de encerrar a todo el planeta en sus casas es cuanto menos el megavirus, el “King” de los virus y hasta de las bacterias, el súper crack.


UCI.  Es como el FBI pero en España.  Con esta respuesta me ha entrado la risa. Puestos a encontrar similitudes, los del FBI, al menos en las películas, siempre lo solucionan todo, cosa, que en estos días, han hecho en las UCIs. Mucha gente desgraciadamente ha muerto, pero muchísimos se han salvado también gracias a la gran labor de los médicos, de las UCIS y de todo el personal sanitario, así que los de la UCI son, a su manera como los del FBI. Bravo!

Negligencia. Falta de inteligencia. Pues no iba el niño desencaminado. Aunque  la definición correcta sería falta de diligencia,  coincido en que muchas negligencias tienen sin duda su origen en una absoluta falta de inteligencia, a veces en la mismísima estupidez, o en la falta de preparación o de formación para lo que uno hace. No hay más que verlo.


Inmune  Lo contrario de humano.  Me imagino que el niño pensaba en inhumano, pero, pensándolo bien, los inmunes tienen ese puntito de ser superior, por encima del común de los mortales. Alguien a quien ya nada le hace daño, y que por ello tiende, erróneamente, a creerse por encima del bien y del mal. Cuidado con la inmunidad, que de primeras protege, pero se te puede volver en contra cuando menos te lo esperas.


Confinado. Un estilo de cocinar el pato típico de los chinos. Digo yo que el niño debía estar pensando en el pato confitado o algo así. Pues sí, bien mirado, un poquito patos confitados sí que nos hemos sentido durante este confinamiento. De hecho nuestra vida por un momento se ha convertido en un verdadero rollito de primavera.


Desescalada.  Una escalera que solo se puede bajar.  Pues, efectivamente, porque si escalar es subir, digo yo que desescalar será bajar. Pero entonces, qué hace el que avanza en la desescalada, sube o baja? qué lio. Ahora resulta que el que avanza parece que retrocede. Pasa un poco como en las escaleras mecánicas, que da miedo cogerlas en sentido contrario.

Distancia socialLa distancia entre una persona y su móvil. Muy agudo. Porque me temo que una vez que recuperemos nuestras relaciones habituales, va a ser necesario imponer a muchos una distancia social de sus móviles, de sus ordenadores, de las plays y  de toda pantalla en general, después de haber estado tanto tiempo absolutamente enganchados a ellas.  A más de uno le va a venir muy bien aunque le será muy difícil cumplirlo. Habrá en cambio que recuperar y sobre todo acortar otras distancias, sin máquinas por medio, sin teléfonos, sin zoom, ni facetime, vernos de verdad, tocarnos, abrazarnos.  qué ganas no? Feliz semana!

 

miércoles, 29 de abril de 2020

Acaso era normal?

La expresión de moda estos días es “la nueva normalidad”. El término me tiene fascinada. Si en los últimos tiempos ya me veía incapaz de decir qué era normal y qué no lo era, ahora ya sí que ando completamente despistada.

Entiendo, a bote pronto, que la nueva normalidad afectará sobre todo a nuestros hábitos, a nuestras costumbres y en general, a nuestra vida social. No paro de dar vueltas a qué cosas de mi esfera social que antes yo consideraba normales dejarán pronto de serlo. Tanto lo pienso que cada vez más lo “antes normal” o “tradicionalmente normal”  me está empezando a parecer “anormal”.

Recuerdo con nostalgia las terrazas. ¡Qué placer sentarse en una mesita al sol y disfrutar de una buena caña o un buen vino! Hasta aquí, todo “normal”.  Pero ahondando en la imagen, de primeras idílica, me pregunto yo si  acaso era “normal” sentarse en una mesa sucia con los restos de comida y bebida de los anteriores comensales, con el cenicero lleno de colillas chupadas y con las servilletas de papel sucias campando a sus anchas.  Pues muy normal no era, no.  Y sin embargo, a fuerza de repetirse, lo habíamos interiorizado como normal. Quizá en la nueva normalidad esto ya no se dé, y quizá hasta lo agradecemos.

Recuerdo las comidas y cenas de amigos, las tapas, las raciones.. Y me viene a la cabeza nuestra típica costumbre de compartir.  Me encanta lo de pedir todo para compartir, ahora bien, me pregunto si es “normal” compartir un guiso, o unas natillas y meter todos la cuchara una y otra vez, de la boca a la natilla, de la natilla a la boca... ¿ Acaso es “ normal”? Pues quizá lo era para muchos, pero supongo que en la “nueva normalidad” todos nos volveremos un poco más escrupulosos.

Y pienso en el verano, en tomar el sol, en pasear por la playa, en bañarte en la piscina..  Y  me pregunto si es normal lo de meterse con nuestros cuerpos lozanos, más o menos limpios, en un mismo agua todos a chapotear. Si lo pienso, me da repelús y ya no me parece nada normal.

 Y en este mismo orden de cosas, acaso es normal tumbarnos todos en la playa,  expuestos e indefensos, toalla con toalla, sombrilla con sombrilla, rozándole el codo o algo peor al vecino? Pues mirándolo con cierta frialdad,  he dejado de verlo muy normal.



Por no hablar del gimnasio, con todos trotando sudorosos y agitados en las cintas de correr como si en ello les fuera la vida. ¿Es normal?

La lista de situaciones aparentemente normales es interminable, pero casi prefiero no continuar. Porque cada vez veo todo más “anormal”. Me temo que de seguir así toda mi vida me parecerá muy poco normal. Aunque, ¿de verdad quiero ser “normal”?  ¿No será mucho más divertido salirse de la norma y atreverse a defender lo anormal, lo diferente? Qué lío, y ahora qué hacemos? Defendemos lo normal de antes, la nueva normalidad, la atrevida anormalidad??? Ya no sé qué hacer....

Ahora que parece que tanto añoramos nuestra antigua normalidad, quizá no venga mal plantearse algunas cosas que se pueden mejorar. Sólo espero que no dejemos pronto de valorar todo aquello que dimos por normal y que ahora nos parece excepcional!!! Pase lo que pase y de momento… ¡viva la nueva normalidad!!



jueves, 16 de abril de 2020

Colaterales


En estos días complicados, hay un término que se repite en cada noticia que leo: “efectos colaterales”.  

Colateral quiere decir secundario, que se produce de manera indirecta. Si buscas sinónimos en el diccionario te sale accesorio, adyacente, marginal. Me pregunto dónde está la línea entre lo principal y lo colateral. ¿Puede esta línea desdibujarse y hasta desaparecer? ¿ puede ser más gordo el efecto secundario que el directo?

Me temo que cuando los efectos colaterales crecen y se intensifican, es imposible desentrañar ya lo esencial de lo colateral, porque todo se vuelve esencial, no hay colateralidad que valga. 


No tenemos más que mirar a nuestro alrededor. Parece, a bote pronto, que el efecto directo del coronavirus es la enfermedad o la muerte. Pero, ¿acaso todo lo demás es colateral? La lista de colaterales es tan grande y dramática que me cuesta situarlos en la categoría de accesorio o secundario: desempleo, cierre de negocios, ruina, familias destrozadas… 

Para evitar la extensión y multiplicación de los colaterales, hay que atacar la esencia, hay que ir al origen, vencer al virus. Aunque en este caso, me temo que será de difícil aplicación el “muerto el bicho se acabó la rabia”. La rabia se habrá extendido tanto que muchos colaterales habrán mutado y se habrán convertido en esencia, con sus propios colaterales, algo así como los gremlins. Una cadena infinita. Los colaterales darán lugar a “Co-colaterales”: hambre, aumento de la desigualdad, vulnerabilidad, exclusión, brecha, falta de confianza en el gobierno, soledad, desencanto, miedo…

Afortunadamente, y por no resultar tan negativa, también hay colaterales positivos, como la solidaridad, la colaboración, la empatía, la imaginación, la creatividad, la generosidad, la resistencia, la fe, el emprendimiento, el esfuerzo…  Quizá estos colaterales puedan hacerse más fuertes que los negativos. Quizá ellos también sean capaces de reproducirse hasta el infinito.  

Mucha gente dice que después de esta crisis nada será igual, que saldremos reforzados. Ojalá sea así. Me temo que el ser humano olvida pronto y vuelve rápido a ser el que era, tropieza demasiado con la misma piedra. Pero quizá seamos capaces de cambiar la tendencia, la inercia.

 Ojalá esta vez los colaterales positivos se potencien hasta límites desconocidos y logren así vencer a los negativos. Ojalá entre todos, juntos y solidarios, logremos salir adelante sin que nadie se quede de nuevo atrás. Ojalá no se quede solo en un slogan. 

jueves, 19 de marzo de 2020

Tanto miedo como tú

Mi reflexión de hoy tiene que ver con la vulnerabilidad y el miedo.

Lo que está pasando en todo el mundo es como una película de ciencia ficción. El Coronavirus ataca en China, en EEUU, en Italia, en Francia, en Rusia, en UK, en España... Nadie se queda a salvo. Todos nos vemos afectados. A todos nos puede tocar.

Al principio lo ves como algo más lejano..
Qué horror lo que pasa en China. Qué horror la situación de Italia. Ves los telediarios desde el sofá. Pero de repente te pasa a ti. Te afecta a ti. Y sientes miedo.

MIEDO. Un miedo que a diferencia de muchas otras personas nunca habías sentido. Algo nuevo. Miedo por tu vida, la de tus padres, la de las personas que quieres, miedo a perder tu trabajo o a que lo pierda tu marido, miedo a perder tus ahorros, miedo  a un colapso, a un futuro incierto. Un miedo para tí desconocido y que sin embargo para muchas otras personas es algo común, cotidiano.

Muchas personas sufrieron la malaria, muchas personas viven en guerras continuas, muchas personas no pueden salir de casa porque en la esquina les pueden matar, muchas personas no tienen qué dar de comer a sus hijos, muchas personas no saben qué será de su futuro. Pero eso tú nunca lo has vivido y ahora lo puedes percibir. Y te das cuenta de que aquellos que veías en las noticias son igual que tú, sienten igual que tú, tienen miedo igual que tú. Y por una vez de verdad compartes algo.

 Hoy tu eres tan vulnerable como ellos. Hoy su mal es tu mal. Y puedes ponerte en su piel. Sentir su miedo. Palpar su dolor, su angustia, su incertidumbre. Y seguramente eso te ayude a ver las cosas con otra mirada. Porque cuando uno ha vivido una guerra sabe lo que son las guerras. No sirve que te lo cuenten. Hay que vivirlo. Vivirlo en tus carnes te hace más consciente de tu vulnerabilidad, de tu humanidad.

Da igual ahora lo que tengas y donde estés. El miedo y la vulnerabilidad nos hacen por un momento iguales y nos unen. Nos hermanan. El mundo entero hermanado, unido contra un enemigo común. Vencerlo nos hará más fuertes y ojalá más hermanos.

martes, 17 de marzo de 2020

¡Qué monos!



No tengo intención ninguna de frivolizar, que no está el horno para bollos, pero sí ganas de que nos riamos un rato y sobre todo de reírme un poco de mi misma y del tipo de situaciones “peculiares” que surgen en estas circunstancias en las que nos encontramos.

Lo que me tiene más “loca” es la necesidad que tiene todo el mundo de comunicarse por Skype o similar. A ver, si solo llevamos 5 días aislados. Tranquilos, mi cara, de momento, sigue siendo la misma. ¿A qué tanta necesidad de vernos los caretos?

Por un lado, está bien eso de verse, no digo yo que no. Primero, porque te hace sentir más cercano, está claro. Y segundo, porque te obliga a adecentarte un mínimo, aspecto importante en tiempos de enclaustramiento forzoso. 

Ahora bien, ojo, creo que también está afectando negativamente a la autoestima de alguno y sobre todo de alguna. ¿Soy yo sola o nos vemos todos fatal en las vídeo conferencias? En mi caso, me veo con cara de tortuga Ninja, apaisada y verde. Siempre me ha pasado, por eso nunca he sido de selfies. Creo que con determinada edad, lo selfies son muy desaconsejables y las video conferencias ni te cuento ya. Pero el apaisamiento facial no es ni mucho menos lo peor, lo peor es la “papada”. ¿Acaso es mía esa papada? Pero si no la tenía antes! Será posible que los efectos del enclaustramiento hayan hecho mella tan solo en 5 días en mis carnes “otrora” tersas!!! No doy crédito! Por no hablar de la caída de párpados. .. Ahí ni entro que me deprimo.  Cuando salgamos de esta, creo que donde va a haber cola va a ser en las clínicas de estética. 

Debo decir, en cambio, que a los demás les veo muy bien, pieles tersas,  cero arrugas... Me pregunto si estarán aplicando algún tipo de filtro o si es que mi mirada autocrítica se ha acentuado hasta límites insospechados con esto del confinamiento. Todo puede ser…


Dicho eso,  en el fondo y siendo realista, poco me preocupa mi papada cuando pienso en lo que está pasando tanta gente. En estas circunstancias, los que tenemos trabajo, salud, casa cómodas y todos los medios a nuestro alcance no podemos sino dar gracias por lo privilegiados y afortunados que somos. Es un mensaje que no paro de machacar a mis hijos. Es momento para valorar todo que tenemos. Tiempo para dar las gracias y acordarnos de los que no son tan afortunados como nosotros, todos los que están enfermos, los que dedican horas sin descanso a cuidar a los demás, los que están solos porque siempre lo han estado, los que viven en casas muy pequeñas donde la convivencia es más difícil, los que viven condiciones familiares complicadas, los que ven en riesgo sus negocios, o sus puestos de trabajo.. En fin, tanta gente que lo está pasando mal en estos días.

Así que... ¿sabéis lo que os digo? qué bendita papada!! y que me llame por Skype quien quiera que estaré feliz de charlar un rato y sobre todo de reírnos juntos!!  

Feliz cuarentena!!!


sábado, 14 de marzo de 2020

Tiempo de cuarentena


Debo reconocer que los primeros días del enclaustramiento pensaba yo, ilusa de mí, que iba a tener tiempo para todo lo que siempre he querido hacer y nunca me ha dado tiempo, e incluso me iba a dar tiempo a aburrirme.

Sin embargo, solo llevamos tres días enclaustrados y ya estoy hasta estresada. Se me acumulan las tareas!!

En 24 horas he recibido todas y cada una de las revistas del kiosco en pdf, invitaciones a tours on line de todos los mejores museos del mundo, videos de todo tipo, invitaciones a cenas telemáticas y a parties on line, llamadas por Skype, millones de whatsapp, miles de cadenas que seguir, cientos de rezos a los que unirme, miles de recomomendaciones que leer, peticiones de "change" que suscribir,  bulos que comprobar, series abiertas en todas las plataformas habidas y por haber...


Confieso que estoy empezando a estresarme con todo lo que tengo que hacer. A este paso necesito que por favor nos confinen como mínimo un año o no me dará tiempo a hacer ni la mitad de lo que pretendo.  

Supongo que debo tomármelo con cierta tranquilidad.  Es como en los buffets. No se trata de comerse todo lo que te ofrecen sino de elegir cada uno lo que más le guste o le apetezca. Pues eso debo pensar.  Digo yo que si  nunca me han gustado las revistas del corazón, por poner un ejemplo, no me tengo que dar ahora el atracón por el hecho de estar encerrada. Es lo que han debido pensar mis hijos cuando les he propuesto hacer cada dia un tour on line a un museo del mundo. 

La cosa es que de momento no paro de valorar la oportunidad que se nos da de hacer un parón en nuestra normalmente ajetreada vida.

No hay madrugones excesivos, ni prisas estresantes, ni entrar y salir sin parar, ni niños que llevar y traer de aquí para allá, ni carreras con tacones.

Toca parar, estar tranquilos, ir despacio, bajar el ritmo, pensar, hablar, escuchar, dedicar tiempo a las cosas... No tengo claro que seamos capaces pero al menos tenemos la oportunidad de intentarlo!!

Feliz cuarentena!!

viernes, 13 de marzo de 2020

Dime cómo te enfrentas al coronavirus y te diré quién eres

Esto del coronavirus nos tiene a todos medio locos. La cosa no es para menos.

Los últimos días me he dedicado a observar  las reacciones de la gente y en esto, como en todo, me hace gracia comprobar lo distintos que somos los unos de los otros.

Abundan los alarmistas, los que cada vez que hablas con ellos te lo pintan todo más negro. Se hunde España, el mundo, la bolsa, la economía, las empresas, los bancos, el turismo, el consumo, el bienestar social, occidente, oriente... La gran debacle. Sin remedio y sin solución. Dan miedo.

Otros, más que alarmistas, son precavidos, y  llevan ya más de un mes, como hormiguitas, llenado la despensa, haciéndose con mascarillas, con medicinas, con guantes, y hasta con tubos respiratorios por si surgiera la necesidad.

En el lado opuesto, están los pasotas, que con la excusa de que al final vamos a caer todos, no siguen ninguna recomendación, ni toman ninguna precaución. Pasan de todo. Por supuesto, este grupo, además de pasota, se puede calificar de insolidario, irresponsable y completamente inconsciente, por no aplicar adjetivos más duros.


Pero entre ambos extremos, se dan todo tipo de perfiles intermedios:

Los creativos, que no paran de concebir nuevos “memes” y chistes en torno al coronavirus. Me sorprende su rapidez y su gracia. Sin ellos esto sería mucho más aburrido.

Los emprendedores, que rápidamente ven una oportunidad de negocio en medio de la crisis. Te cuidan a los niños, te llevan comida a casa, te acercan las medicinas…

Los desalmados, que son capaces de robar cajas de mascarillas de los hospitales sin ningún remordimiento de conciencia.

Los egocéntricos, que aunque el mundo se venga abajo a su alrededor, solo se preocupan del viaje que han cancelado o la cena que han anulado.

Los creadores de fake news (antes llamados bulos), que no entiendo muy bien qué sacan a cambio, pero que disfrutan alarmando inútilmente al personal.

Los optimistas, que se centran en lo bueno que nos dejará el coronavirus: la capacidad de teletrabajar, más tiempo con los niños, nuevas recetas de cocina, más tiempo para ordenar…

Los malabaristas, que hacen de profesores, arbitran peleas, teletrabajan, cocinan, hacen camas, planchan, sacan al perro…

Los “porsiacaso”, que llenan su casa de productos de lo más insospechado solo por si acaso.  Como subgrupo de este grupo, estarían también los “cagones” que arrasan con el papel higiénico de cualquier supermercado.

Los vagos, que con esto del teletrabajo, no dan un palo al agua.

Los hipocondriacos, que de repente empiezan a tener todos los síntomas del coronavirus.

Los disfrutones, que el no poder salir de casa no les impide tomarse su  cervecita, su aperitivito, su vinito, su gin tonic o lo que se tercie..

Los sargentos, que imponen en sus casas un régimen absolutamente militar donde ni el coronavirus se atreve a entrar.

Los “hippies”, que aprovechando que se tienen que quedar en casa, no se peinan, se dejan crecer la barba, las uñas…

Los falsos, que hacen justo lo contrario de lo que predican.

Los hiperactivos, que aprovechan el enclaustramiento para hacer yoga, aprender chino, tocar la guitarra, meditar, ver series…

Los intelectuales, que aprovechan el parón, para releerse los grandes clásicos.

Los profundos, que ante el ataque del coronavirus se plantean muchos de los cimientos de nuestra existencia vital.

Los ingenuos, que creen que esto está a punto de acabar y que en breve todo vuelve a la normalidad.

Los líderes, que rápidamente toman el mando y dicen lo que hay que hacer.


Los rebeldes, que les digas lo que les digas, hacen lo que les da la gana.

Y por supuesto, los supersolidarios,  grupo muy numeroso del que forman parte todos los profesionales del mundo sanitario que están cuidando a los enfermos, haciendo guardia,  doblando turnos y trabajando a destajo.

Imagino que cada uno de nosotros se ve reflejado en uno o varios de estos perfiles. Muchos incluso hemos ido variando en los últimos días de un perfil a otro. Pero, afortunadamente, creo que la mayoría de nosotros poco a poco ha ido asumiendo el papel, sobre todo, de prudente, tomando conciencia de la situación y actuando en consecuencia, siguiendo pautas y consejos, sin alarmas innecesarias,  pero sí muy conscientes de la gravedad de las circunstancias. Ojalá cada vez haya más gente prudente y esto se estabilice pronto.  Por el bien de todos!