Los que fuimos niños en los años 70 no tenemos duda de cuál era entonces el bollo estrella: el cuerno de chocolate.
El cuerno no era un simple bollo, era algo extraordinario, que reposaba orondo en los estantes de la panadería y parecía tentarte a morderlo. Y cuando lo mordías, el chocolate se escapaba por los lados, te caía por los dedos y te manchaba el uniforme. Las servilletas en las que te lo servían, esas casi transparentes, nunca eran suficientes para tanto estropicio. Era imposible ocultar que te habías comido uno.
La palmera de chocolate, al lado del señor cuerno, parecía casi sosa. Tan correcta, tan discreta. El cuerno, en cambio, era exuberante y generoso. Excesivo.
Yo casi nunca me lo tomaba porque no me dejaban. En mi casa me esperaba cada tarde un bocadillo, y a mí me daban envidia las niñas que, nada más acabar el colegio, se iban directas a por un cuerno.
Hoy los cuernos de chocolate prácticamente han desaparecido.
El croissant y la napolitana siguen entre nosotros. Son los grandes clásicos, aunque surjan versiones modernas como los famosos "manolitos". La palmera de chocolate conserva su legión de fieles. Y los donuts, de momento, se resisten a desaparecer.
Quizá el cuerno entendió antes que nadie hacia dónde iba el mundo y supo retirarse a tiempo, antes de ser juzgado y relegado.
Porque, en la era del Ozempic, de las aplicaciones que cuentan calorías, de los relojes que cronometran cada paso y de la obsesión creciente por la extrema delgadez, me pregunto cuántos seríamos capaces de comernos semejante bollo.
No digo yo que tengamos que volver a desayunar o merendar cuernos de chocolate de medio kilo, pero tampoco me gustaría que acabáramos como en China, donde los niños, a la salida del colegio, meriendan láminas de algas secas. Será muy sano pero también muy triste.
Me preocupa que el próximo en desaparecer sea el pobre donut de chocolate. Sospecho que va por el mismo camino. En las máquinas de vending cada vez abundan más las manzanas y menos los donuts. Qué tristeza.
Aunque me tranquiliza que sigan abriendo tiendas dedicadas sólo a donuts de todos tipo de colores y sabores, reflejo de que todavía hay gente dispuesta a zamparse uno, dos o los que haga falta sin remordimientos.
A este ritmo, cualquier día veremos en los envoltorios de los bollos advertencias parecidas a las de las cajetillas de tabaco.
En fin, que me están entrando ganas terribles de comerme un cuerno y de paso, mandarlo todo al cuerno. Voy a ver si encuentro alguna panadería vintage.
Feliz semana!

Una ley no escrita estipulaba que primero habia que absorber el chocolate liquido de dentro y luego ofrecerlo seco a quien te pedia un bocado
ResponderEliminarJaja
EliminarJajajaja!! Muy bueno. Me ha encantado y me ha traído mucha nostalgia… yo también era muy fan del cuerno de chocolate!
ResponderEliminarUhmm
EliminarNo te prives!!!!
ResponderEliminarUn día es un día!!!!
Me ha encantado, te percibo nostálgica:)
Un abrazo fuerte y feliz semana!!!!
Mañana me tomo un donut en el vending!
EliminarMuero por eso. Un dia lo encontré. Ya no recuerdo donde pero recuerdo el reencuentro
ResponderEliminarOhhh!!
ResponderEliminarMe encantaban!
Uhhmmm
EliminarMe chiflaban y si ahora me dijeras que hay una tienda que los vende, iría sin pensarmelo a por uno!!
ResponderEliminarHay una al.lado de la.plaza mayor!
EliminarQué buenos recuerdos María, yo hace siglos que no los veo y supongo que si los hay serán algo distintos a los de antes, pero de verdad que el primero que encuentre me lo como, aunque luego tenga que hacer dieta una semana 😂😂😂😂😂
ResponderEliminarJaja y harás bien!
EliminarUnos cuatro kilos engordé cuando entré en el instituto y me comía uno todos los días
ResponderEliminarComo encuentre un sitio donde haya...voy directo
ResponderEliminarJaja
Eliminar¡He recordado su sabor!
ResponderEliminarEso es q lo he descrito bien!! Jeje
EliminarEs q eres muy graciosa! Como nos poníamos mis amigas y yo en el cole con los cuernos de chocolate
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