Ayer fui a tomar un café a un bar muy moderno. Me atendió el que yo creía era el camarero, pero que resultó ser un barista, ni idea qué era eso, ya me he enterado. El barista me hizo mil preguntas sobre cómo quería mi café. Ya no sólo sobre la leche, que estoy más acostumbrada: sin lactosa, de avena, de almendra, de soja, de cabra... sino sobre el tipo de café. Tuve que elegir el país de origen, la intensidad, el aroma, el nivel de trituración del grano y no sé cuantas características más. Tuve una paciencia extraordinaria y media hora después por fin tenía mi café con leche. Ah, pero no. No se trataba de tomarse un café sino de disfrutar de una experiencia aromática y gustativa, por la que, por cierto, me cobraron 7 euros. Y es que ahora ya no se trata de consumir bienes o servicios sino "experiencias". No vamos a cenar, vivimos una experiencia gastronómica. No dormimos en un hotel, disfrutamos de una experiencia de alojamiento. No hacemos un viaje, nos sumergimos en ...
Escribo sobre la vida. Reflexiones, pensamientos, ideas que cruzan por mi mente, viajes, anécdotas, aventuras...