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Mostrando entradas de 2026

¿Qué fue del cuerno de chocolate?

Los que fuimos niños en los años 70 no tenemos duda de cuál era entonces el bollo estrella: el cuerno de chocolate.  El cuerno no era un simple bollo, era algo extraordinario, que reposaba orondo en los estantes de la panadería y parecía tentarte a morderlo. Y cuando lo mordías, el chocolate se escapaba por los lados, te caía por los dedos y te manchaba el uniforme. Las servilletas en las que te lo servían, esas casi transparentes, nunca eran suficientes para tanto estropicio. Era imposible ocultar que te habías comido uno. La palmera de chocolate, al lado del señor cuerno, parecía casi sosa. Tan correcta, tan discreta. El cuerno, en cambio, era exuberante y generoso. Excesivo. Yo casi nunca me lo tomaba porque no me dejaban. En mi casa me esperaba cada tarde un bocadillo, y a mí me daban envidia las niñas que, nada más acabar el colegio, se iban directas a por un cuerno. Hoy los cuernos de chocolate prácticamente han desaparecido. El croissant y la napolitana siguen entre nosotros...

¿Te lo tragas?

Me tiene loca la noticia de que hay vacas conectadas. Vacas con collares inteligentes que registran y monitorizan su actividad, su localización, su descanso y su alimentación. Si duda, es una gran noticia, una innovación para la ganadería y en general, para el mundo rural. Pero es que la cosa va más allá. Parece que lo último no son ya estos collares, sino que ahora existen también una especie de cápsulas que las vacas se tragan, se alojan en su estómago y desde allí lo miden todo: la temperatura, la digestión, la calidad de la leche, si están en celo o si están enfermas.  Estas cápsulas se llaman bolos ruminales inteligentes (o  smart rumen bolus , que siempre suena más sofisticado en inglés). Y yo me pregunto: si esto ya existe para las vacas… ¿cuánto falta para que llegue a los humanos? Porque la tecnología cada día avanza más rápido, así que, dentro de nada, los que nos vamos a tragar los bolos ruminales esos vamos a ser nosotros.  A lo mejor no está tan mal la idea. ...

Dime qué uñas tienes y te diré quién eres

Siempre me fijo en las uñas. Hay quien mira los zapatos, la sonrisa, los ojos… Yo miro las uñas. Las uñas hablan por sí mismas. Son una seña de identidad, una carta de presentación. Sólo mirando las uñas puedes intuir cómo es alguien: si es cuidadoso o caótico, limpio o sucio, paciente o ansioso. No me gusta que la gente se muerda las uñas. No soporto el ruido que hacen, ni esa cara de concentración que se les pone mientras se las muerden. Las uñas largas en los hombres me horripilan. En mi casa siempre las hemos llamado “uñas de chino”, porque los chinos suelen llevarlas largas. Todas ellas o solo algunas, sobre todo la del meñique. Prefiero no saber para qué la usan. A veces intento ser comprensiva. Cuando conozco a un hombre con las uñas largas pienso que igual toca la guitarra. Pero casi nunca es así. La mayoría de las veces no hay guitarra, solo uñas. He dejado a dos novios por sus uñas. A uno, porque las tenía largas. Al otro, porque se las comía. Una noche fuimos al cine y se pa...

Recuerdos

Esta noche he tratado de recordar el nombre de un amigo al que hace tiempo que no veo. Me he desvelado. El nombre no me venía a la cabeza. Lo tenía en la punta de la lengua, pero no era capaz de atraparlo. Me he tenido que levantar para buscarlo en Google por su cargo.  Me pregunto cómo funcionan en nuestra cabeza los mecanismos del olvido y del recuerdo. Me pregunto si nuestra memoria tendrá una capacidad limitada y si cada vez que guardamos un nuevo recuerdo irremediblemente olvidamos otro antiguo.  Hay recuerdos que no querríamos olvidar jamás. Instantes de nuestra vida, pequeños momentos que nos gustaría fijar para siempre y poder recurrir a ellos cuando necesitemos. Hacemos esfuerzos por grabarlos en nuestra memoria y, sin embargo, a veces se escapan, vuelan, y somos incapaces de recordarlos.  Hay personas que ya no están de las que no quiero olvidar su voz, su risa, su olor o sus caricias. Pero no siempre lo logro por mucho que lo intente.  Hay, en cambio, mome...

La cara oculta de la luna

Estoy muy decepcionada con el último viaje a la luna. Tanto bombo y platillo con eso de pisar la cara oculta y resulta que sólo han descubierto que es una superficie más densa, con más cráteres y que hace más frío. Para este viaje no necesitábamos alforjas, que diría mi abuela. Lo de viajar a la cara oculta de la luna me parecía algo muy misterioso, casi seductor. La luna ya lo es de por sí: tan blanca, tan lejana, tan brillante, tan nocturna, tan cambiante. Descubrir su otra cara sonaba como a revelar un secreto oculto desde hace siglos. A mí me habría encantado que me dejaran ir pero, claro, no soy astronauta, así que era implanteable. Pero, al menos, me habría encantado  que hubieran encontrado algo inesperado. No sé, seres extraterrestres, por ejemplo. Seres blancos, ingrávidos, casi transparentes, con una inteligencia extraordinaria. Eso sí habría sido fascinante. Hoy en día hay gente capaz de inventarse las cosas más increíbles y lo peor es que nos lo creemos. Me pregunto por...

Historias de ascensor

Es curioso la cantidad de situaciones pintorescas que ocurren en un ascensor. Una amiga trabaja en el piso 28 de una gran torre. Un día, a primera hora, entró sola en el ascensor. Relajada y  confiada, se tiró un discreto pedo. En el siguiente piso se abrieron las puertas y entró su jefe. El ascensor olía a bomba fétida. Él se tapó la nariz y la miró. Ella hizo como si la cosa no fuese con ella y creyó morirse. Él puso cara de circunstancia. Subieron juntos 27 plantas que a mi amiga le parecieron siete años. La historia de otra conocida fue aún peor. Subía en ascensor a su ofina cuando entró una compañera jovencita y voluptuosa hablando por teléfono a voz en grito. El ascensor era tan pequeño que todos los que estaban dentro oían perfectamente la conversación un tanto subida de tono. A mi amiga le pareció reconocer la voz de su marido al otro lado del teléfono pero, inocente, pensó que era imposible que fuese él. Hasta que su compañera se despidió y pronunció el nombre de su interl...

Palabras

Me gusta mucho el sonido de algunas palabras, con independencia de su significado. Me gusta cómo resuenan cuando se pronuncian, cómo vibran, cómo incluso parece que te acarician cuando alguien las dice. Hay letras que bailan muy bien juntas en una palabra. Por ejemplo, la "c" y la "l".  Por eso me gustan palabras como tecla, clon, claqué, Clotilde o eclipse.  También hacen muy buena pareja la "b" o la "v": con la "l". Se las ve felices juntas en palabras como bledo o blando o incluso en otras donde las separa una vocal como ocurre en belén, baldosa o válvula. Hay palabras que me resultan divertidas.  Quizá es por la repetición rítmica de sus vocales. Son palabras como pizpireta, pizca, coco, caca, piripi, polvorín, polvorón, bereber, voltereta, retintín, tostón, chirimiri, o cucurucho. Son en si mismas como pequeñas canciones. Las palabras de origen árabe me parecen en cambio evocadoras. Tienen una musicalidad envolvente: almohada, alfé...

Ay Babia, Babia...

Cuando era pequeña había dos sitios a los que soñaba con ir. Uno era Santa Apolonia, un pueblo misterioso del que nos hablaba mi tía abuela Gracita. Cada tarde de verano, mis primos y yo repetíamos el mismo ritual: bici, galletas, cantimplora medio fría y una firme determinación de llegar por fin a nuestro destino. Pero nunca llegábamos. Volvíamos agotados y con las piernas temblando pero lo pasábamos tan bien en el camino que sólo pensábamos en repetir al día siguiente. Hoy me pregunto si Santa Apolonia existía de verdad o si todo formaba parte de un plan orquestado por mi tía Gracita para hacernos desaparecer durante unas horas. Cada vez me inclino más por lo segundo pero mi tía se llevó el secreto a la tumba. El segundo lugar con el que siempre he soñado, y sigo haciéndolo, es Babia. A ese tampoco he conseguido llegar nunca aunque me temo que debe estar hasta arriba de gente. Cada vez que oigo que alguien “está en Babia”, me da mucha envidia. A veces me imagino Babia como un edén se...

La perdiz mareada

Érase una vez una perdiz que siempre estaba mareada. Mareada de dar vueltas, de dudar, de entrar y salir, de ir y venir, sin saber muy bien hacia donde ni por qué. Una perdiz buena, educada, de las que dicen que sí antes de ni siquiera entender la pregunta. "No te preocupes, es solo un momentito", le decían. Y ella acudía siempre solícita. Pero el momentito se alargaba, se enredaba, se complicaba, y la pobre perdiz acababa dando vueltas sobre sí misma como si la vida fuera una noria sin botón de parada. Un día, ya con vértigo permanente y el ala izquierda un poco resentida, la perdiz decidió descansar un rato. Se posó en una piedra, respiró hondo y pensó algo revolucionario:“¿Y si ya no permito que me mareen más?” Al principio le pareció una idea peligrosa, una decisión osada. ¿Y si decepcionaba a alguien? ¿Y si la dejaban arrinconada? ¿Y si se quedaba atrás?¿Y si todo se venía abajo por culpa de su negativa a dar otra vuelta más?  Pero decidió llevarlo a cabo. ¡Se acabó el m...

Momentos fugaces

Hay instantes en la vida que son oro puro. Pe ro no lo sabemos   porque n o brillan mientras ocurren. No vienen envueltos en música solemne ni    hay una voz en off   que nos advierta:   “ atención, este momento es irrepetible” . Son minutos normales, incluso vulgares. Momentos que se viven inocentemente. Nada en ellos nos ayuda a presentir su valor.  Hasta que llega la noticia que lo cambia todo y la vida da un vuelco. Entonces ocurre algo extraño: entre esos minutos y los que vienen después se abre un abismo. Como si dos vidas distintas se sucedieran sin transición. La vida de antes y la vida de después.  Lo más desconcertante es que la frontera entre ambas vidas es apenas un instante. Un instante fugaz al que, cuando todo cambia, daríamos cualquier cosa por volver.  No para cambiar nada, sólo para volver a estar. Qué bueno sería si esos minutos, que...

¿Ha muerto el libre albedrío?

¿Elegimos tanto como creemos? ¿Seguimos  siendo realmente libres? ¿Es el fin del libre albedrío? Creemos que compramos lo que queremos, que leemos lo que nos interesa, que viajamos donde soñamos. Pero para muchos ya no es así. Pienso en mi caso. Tengo claro que a menudo compro cosas que no necesito pero que empiezo a desear después de verlas 10 veces en las redes sociales y de que mi cerebro, obediente, las haya convertido en falsa necesidad.  Y l eo los libros que Kindle me propone como “próximas lecturas ideales para mi”, cocino las recetas que Instagram me muestra y escucho la música que Spotify me sugiere. Incluso  me pregunto si cuando viajo no acabo eligiendo los destinos que las redes deciden mostrarme (después de escucharme, por cierto). Siento, al menos, un enorme alivio de estar felizmente casada con la persona que sí elegí yo. Si no, terminaría compartiendo mi vida con la persona que la plataforma de turno hubiera filtrado y clasificado especialmente para ...

Zona gris

Avanzamos hacia una sociedad cada vez mas polarizada. Asistimos a una creciente polarización política e ideológica que, poco a poco y sin darnos cuenta, va calando también en lo cotidiano.  Hoy parece casi obligatorio situarse en el blanco o en el negro, decantarse por el sí rotundo o por el no categórico. Los extremos se imponen. No se admiten las medias tintas, ni siquiera los matices. Los que matizan parecen tibios. Los que lo tienen todo claro  hablan alto y brillan mucho, y los demás a su lado resultan grises.  Me pregunto a veces si la zona gris no estará infravalorada.  Pero habitar la zona gris no siempre significa esconderse bajo el paraguas de un cómodo relativismo. El gris no siempre es indiferencia.  El gris también es mezcla, es entender que la vida no siempre se deja encerrar en una casilla binaria. Porque no siempre las cosas son blancas o negras. No todos somos héroes o villanos. No todo es éxito o fracaso. En la zona gris viven los matices. El g...

El país donde no paraba de llover

Había una vez un país pequeño bordeado por el mar Mediterráneo donde el sol era costumbre. Un país donde las sábanas se secaban en la azotea, los niños comían helados todo el año, las camisas eran siempre de manga corta y la gente se reunía en la calle. Pero un año, sin previo aviso, empezó a llover. Al principio era una lluvia tímida, que fue bienvenida. La gente estrenaba paraguas, los niños chapoteaban en los charcos, y los campos lo agradecían. Luego la lluvia se volvió insistente. Día tras día. Noche tras noche. Una cortina espesa que no se retiraba nunca. Los ríos comenzaron a desbordarse y las calles se inundaron. El cielo era una sábana gris que nadie sabía cómo tender. La gente empezó a marchitarse. Caminaban encorvados, con los hombros húmedos y el ánimo hecho barro. Nadie quería salir a la calle. Fue entonces cuando un hombre acudió al hospital preocupado por unas grietas en su piel. El dermatólogo le recetó una pomada. Poco a poco los casos se multiplicaron. Cada vez acudía...

El hombre que jugaba con el mundo

Érase una vez un hombre que lo tenía todo. Riqueza, poder, éxitos, aplausos, portadas, palacios. Había construido empresas, imperios y torres. Incluso había construido una versión de sí mismo que le gustaba más que la real. En su juventud, hizo cosas buenas, cosas importantes, tomó decisiones valientes. Pero con los años empezó a gustarle más el sonido de los aplausos que el de la verdad. Y se rodeó de aduladores, personas que asentían a todo lo que él decía, que reían sus chistes sin gracia y aplaudían sus locuras y caprichos por muy descabellados que fueran. Nadie nunca le llevaba la contraria. Nadie le decía nunca que no. Nadie le decía “eso es mala idea". Y como ya lo había probado todo, empezó a aburrirse. -Necesito algo más grande- dijo una mañana. Y como todo lo que decía se cumplía al instante, le trajeron una bola del mundo gigante, brillante,con países, océanos y continentes pintados con colores vivos. Y la colocaron en el centro de  su salón. Cada mañana, al despertar, ...

Nombres propios e impropios

Hay nombres que se ponen de moda. Si sucumbes a la moda, cuando vas al parque y llamas a tu hijo, aparecen cinco más. Leonor y Sofía, por ejemplo, están viviendo ahora su momento de gloria, como antes lo tuvieron, supongo, Elena, Cristina o Felipe.  Hay nombres que son como las hombreras: vuelven cuando menos te lo esperas. Me refiero a nombres como Valentina, Casilda, Matilde o Lola. Hubo un tiempo en que desaparecieron, pero hace unos años volvieron. Y otros que tuvieron su época de esplendor pero que han caído en desuso para siempre, como Gertrudis,  Eustaquio, Pascuala, Segismundo o Apolonio. Hace años que casi nadie se llama  así.  Algunos nombres son aspiracionales, se ponen porque evocan a alguien. Una vez, en una playa de Huelva, una madre llamó a todo pulmón a su hija para que saliera del agua :  “¡GRA-CE-KE-LI!”. Lo peor es que el hermano se llamaba Kevin Costner de Jesús, pronunciado al más puro estilo onubense. Menuda pareja. Encarnaban lo más granad...

La emancipación de las tripas

Esta Navidad he sido testigo de un fenómeno físico sin explicación científica. El 1 de enero de madrugada la tripa de mi marido empezó a agitarse de una manera muy extraña.  La cosa poco a poco fue a más. Aquello parecía el centrifugado de una lavadora. Y de repente, chas, un enorme  crujido y la tripa saltó al suelo. Algo parecido a lo que les pasaba a los gremlins cuando les daban de comer después de medianoche. El día 2 la tripa tenía vida y personalidad propia. Se sentó a la mesa y comió como uno más. Pidió más salsa y mojó el pan. De postre, se atiborró a polvorones. A media tarde paseaba por el salón, oronda, orgullosa, rebotando contra los muebles. -¿De quién es esta tripa?- preguntó alguien. Silencio general. Las tripas, como los regalos horribles en el amigo invisible, no tienen dueño. El día 3 decidió salir a la calle. La seguí. Y cuál fue mi sorpresa al comprobar que había tripas por todas partes. Tripas con gorro y bufanda.Tripas navideñas conviviendo con tripas ve...