Los que fuimos niños en los años 70 no tenemos duda de cuál era entonces el bollo estrella: el cuerno de chocolate. El cuerno no era un simple bollo, era algo extraordinario, que reposaba orondo en los estantes de la panadería y parecía tentarte a morderlo. Y cuando lo mordías, el chocolate se escapaba por los lados, te caía por los dedos y te manchaba el uniforme. Las servilletas en las que te lo servían, esas casi transparentes, nunca eran suficientes para tanto estropicio. Era imposible ocultar que te habías comido uno. La palmera de chocolate, al lado del señor cuerno, parecía casi sosa. Tan correcta, tan discreta. El cuerno, en cambio, era exuberante y generoso. Excesivo. Yo casi nunca me lo tomaba porque no me dejaban. En mi casa me esperaba cada tarde un bocadillo, y a mí me daban envidia las niñas que, nada más acabar el colegio, se iban directas a por un cuerno. Hoy los cuernos de chocolate prácticamente han desaparecido. El croissant y la napolitana siguen entre nosotros...
Escribo sobre la vida. Reflexiones, pensamientos, ideas que cruzan por mi mente, viajes, anécdotas, aventuras...