Antes, el verano duraba un siglo. Un mes en el campo era una eternidad en la que pasaba de todo.
Las hojas de la mimosa eran sardinas, el agua con hierbas machacadas se convertía en sopa y cualquier bote vacío podía ser una cazuela de alta cocina. Éramos cocineros, científicos y exploradores.
Lo mismo perseguíamos lagartijas a las que cortábamos el rabo que montábamos un hospital para atender a un murciélago ahogado en la piscina al que acabábamos organizando un solemne entierro con una piedra, unas flores silvestres y un minuto de silencio que duraba veinte segundos.
Rescatábamos gatitos que nunca nos dejaban quedarnos y enterrábamos alguna que otra tortuga. A una se le rompió el caparazón. La sacamos al sol para curarla y una urraca la devoró y sólo dejó el caparazón vacío. Qué tragedia.
Hacíamos carreras de caracoles hasta que nos aburríamos. Y de gotas de lluvia resbalando por los cristales. La emoción consistía en elegir cuál llegaría antes al marco de la ventana.
Organizábamos funciones de teatro. Rebuscábamos en un baúl lleno de ropa antigua, escribíamos el guión, ensayábamos durante días y, cuando llegaba el estreno, nos daba mucha vergüenza. Los abuelos y los tíos aplaudían como si estuvieran en el Teatro Real y, al terminar, pasábamos el cestillo. Con lo que sacábamos nos comprábamos unos flash de colores y unas pipas.
Partíamos piñones con dos piedras, y a veces alguno se machacó un dedo. Montábamos en bicicleta a las cuatro de la tarde en pleno mes de julio, y parábamos a coger ciruelas del árbol, que nos comíamos sin pensar demasiado y que nos obligaban a volver a casa media hora después con retortijones.
Buscábamos los bizcochos que escondían para que no los encontrásemos y que encontrábamos siempre.
Ayudábamos a desgranar guisantes durante cinco minutos, porque al sexto ya nos habíamos aburrido. Incluso hubo un verano en que intentamos aprender a bordar en un bastidor.
Por las noches contábamos historias de miedo, mirábamos las estrellas y acabábamos seis niños atravesados en una cama, haciéndonos cosquillitas hasta que alguno se enfadaba y declaraba oficialmente terminada la sesión.
Me gusta cerrar los ojos y volver a aquellos veranos. Volver a remover una pócima mágica con un palo, volver a silbar con una brizna de hierba, volver a aspirar el olor de la flor de azahar, y volver a escuchar la voz de mi abuela. Volver, por un momento, a ser la niña que fui.
La felicidad nunca fue tan intensa ni necesitó tan poco que en aquellos maravillosos veranos.
Feliz semana!

Seguro que tus hijos en 20 años pensarán igual que tú ahora. Aquellos maravillosos veranos
ResponderEliminar¡Qué bueno! El otro día tus primas contaban que en las camas del internado ninguna tenía nombre… salvo una, que por aquello de la jerarquía se le había adjudicado a la prima mayor 😂😂.
ResponderEliminarJaja... y no mentía, no!! Yo tenia mi camita reservada!
EliminarCuanta razón tienes. Me has transportado a aquellos, nunca mejor dicho, maravillosos veranos
ResponderEliminarQué felices!!
EliminarQué recuerdos tan bonitos !!!!!! Y qué razón ! Con nada de nada éramos felices 🥰🥰
ResponderEliminarAsi era!
EliminarMe encanta leer tus Maravillosos Veranos.
ResponderEliminarQué recuerdos tan bonitos y entrañables!!!!
Que pases un verano maravilloso.
Un beso con todo mi cariño
Muchas gracias!
Eliminarqué.maravilla, Maria. tan igual a mis veranos de niña!!!
ResponderEliminarEran los típicos veranos en el campo!
EliminarQué bonito tu relato María!! Yo no tenía pueblo donde veranear. Mis recuerdos más intensos son de veranos larguísimos en Gandia. Súper divertidos! Con amigos, primos y sin móviles. Quedábamos todas las tardes en el mismo bar y listo. Erámos felices sin complicarnos en buscar el mejor plan en internet. Cristina.
ResponderEliminarTendré q dedicar una segunda parte a los recuerdos playeros!
EliminarMaravillosa descripción de los veranos en barrago … que recuerdos…y efectivamente te ha faltado mencionar que como eras la mayor… eres la que manejaba el cotarro 😂
ResponderEliminarJeje. Privilegios de ser la mayor de tantos!
EliminarMe has trasladado en el tiempo
ResponderEliminar🥰
EliminarY sabíamos que era madrugada porque los grillos paraban de sonar
ResponderEliminarFantástico relato ! Toda la razón qué maravillosos veranos . Un beso enorme y feliz verano 2026
ResponderEliminarMuchas gracias!!
EliminarMaría que preciosidad de texto, bien escrito y entrañable! Bravo!!! Sin duda me hago mayor. Me ha conmovido enormemente. Marta.
ResponderEliminarMil gracias. Nos hacemos mayores... pero qué bonito tener estos recuerdos...
EliminarJajaja lo del teatro tb lo hacía yo con mis primas. Era súper divertido!! Y lo de las historias de miedo. Y lo de bordar. Lo del murciélago, no, demasiada aventura para mí.
ResponderEliminarLo interesante es que nuestros hijos dirán lo mismo de sus veranos y ninguno de ellos ha hecho carreras de caracoles.
Muy bonito y nostalgico
Qué bien lo pasábamos!!! Qué nostalgia, si....
EliminarQué bonito recuerdo!! Feliz verano ☀️ qué sea también maravilloso aunque diferente. Disfrútalo a tope 😘
ResponderEliminarAy María, los veranos son maravillosos… lo que sí es una gran verdad es que no necesitábamos ni internet ni móviles ni pantallas.Eso sí me da cierta nostalgia a mi 🫶😍 qué capacidad de divertirnos con poca cosa!!!!
ResponderEliminarAy María, los veranos son maravillosos… lo que sí es una gran verdad es que no necesitábamos ni internet ni móviles ni pantallas.Eso sí me da cierta nostalgia a mi 🫶😍 qué capacidad de divertirnos con poca cosa!!!!
ResponderEliminarTe has superado, poetisa!!!!
ResponderEliminarNostalgica pero positiva!!!!
Que tiempos aquellos:)
Un abrazo, gracias y feliz verano/ vacaciones!!!!
Ayyyy que bonito!!! Me ha traído un montón de recuerdos de los veranos con mis primos en Canarias. ❤️❤️❤️❤️❤️
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