Érase una vez un hombre que lo tenía todo. Riqueza, poder, éxitos, aplausos, portadas, palacios. Había construido empresas, imperios y torres. Incluso había construido una versión de sí mismo que le gustaba más que la real. En su juventud, hizo cosas buenas, cosas importantes, tomó decisiones valientes. Pero con los años empezó a gustarle más el sonido de los aplausos que el de la verdad. Y se rodeó de aduladores, personas que asentían a todo lo que él decía, que reían sus chistes sin gracia y aplaudían sus locuras y caprichos por muy descabellados que fueran. Nadie nunca le llevaba la contraria. Nadie le decía nunca que no. Nadie le decía “eso es mala idea". Y como ya lo había probado todo, empezó a aburrirse. -Necesito algo más grande- dijo una mañana. Y como todo lo que decía se cumplía al instante, le trajeron una bola del mundo gigante, brillante,con países, océanos y continentes pintados con colores vivos. Y la colocaron en el centro de su salón. Cada mañana, al despertar, ...
Escribo sobre la vida. Reflexiones, pensamientos, ideas que cruzan por mi mente, viajes, anécdotas, aventuras...