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Mostrando entradas de 2026

Zona gris

Avanzamos hacia una sociedad cada vez mas polarizada. Asistimos a una creciente polarización política e ideológica que, poco a poco y sin darnos cuenta, va calando también en lo cotidiano.  Hoy parece casi obligatorio situarse en el blanco o en el negro, decantarse por el sí rotundo o por el no categórico. Los extremos se imponen. No se admiten las medias tintas, ni siquiera los matices. Los que matizan parecen tibios. Los que lo tienen todo claro  hablan alto y brillan mucho, y los demás a su lado resultan grises.  Me pregunto a veces si la zona gris no estará infravalorada.  Pero habitar la zona gris no siempre significa esconderse bajo el paraguas de un cómodo relativismo. El gris no siempre es indiferencia.  El gris también es mezcla, es entender que la vida no siempre se deja encerrar en una casilla binaria. Porque no siempre las cosas son blancas o negras. No todos somos héroes o villanos. No todo es éxito o fracaso. En la zona gris viven los matices. El g...

El país donde no paraba de llover

Había una vez un país pequeño bordeado por el mar Mediterráneo donde el sol era costumbre. Un país donde las sábanas se secaban en la azotea, los niños comían helados todo el año, las camisas eran siempre de manga corta y la gente se reunía en la calle. Pero un año, sin previo aviso, empezó a llover. Al principio era una lluvia tímida, que fue bienvenida. La gente estrenaba paraguas, los niños chapoteaban en los charcos, y los campos lo agradecían. Luego la lluvia se volvió insistente. Día tras día. Noche tras noche. Una cortina espesa que no se retiraba nunca. Los ríos comenzaron a desbordarse y las calles se inundaron. El cielo era una sábana gris que nadie sabía cómo tender. La gente empezó a marchitarse. Caminaban encorvados, con los hombros húmedos y el ánimo hecho barro. Nadie quería salir a la calle. Fue entonces cuando un hombre acudió al hospital preocupado por unas grietas en su piel. El dermatólogo le recetó una pomada. Poco a poco los casos se multiplicaron. Cada vez acudía...

El hombre que jugaba con el mundo

Érase una vez un hombre que lo tenía todo. Riqueza, poder, éxitos, aplausos, portadas, palacios. Había construido empresas, imperios y torres. Incluso había construido una versión de sí mismo que le gustaba más que la real. En su juventud, hizo cosas buenas, cosas importantes, tomó decisiones valientes. Pero con los años empezó a gustarle más el sonido de los aplausos que el de la verdad. Y se rodeó de aduladores, personas que asentían a todo lo que él decía, que reían sus chistes sin gracia y aplaudían sus locuras y caprichos por muy descabellados que fueran. Nadie nunca le llevaba la contraria. Nadie le decía nunca que no. Nadie le decía “eso es mala idea". Y como ya lo había probado todo, empezó a aburrirse. -Necesito algo más grande- dijo una mañana. Y como todo lo que decía se cumplía al instante, le trajeron una bola del mundo gigante, brillante,con países, océanos y continentes pintados con colores vivos. Y la colocaron en el centro de  su salón. Cada mañana, al despertar, ...

Nombres propios e impropios

Hay nombres que se ponen de moda. Si sucumbes a la moda, cuando vas al parque y llamas a tu hijo, aparecen cinco más. Leonor y Sofía, por ejemplo, están viviendo ahora su momento de gloria, como antes lo tuvieron, supongo, Elena, Cristina o Felipe.  Hay nombres que son como las hombreras: vuelven cuando menos te lo esperas. Me refiero a nombres como Valentina, Casilda, Matilde o Lola. Hubo un tiempo en que desaparecieron, pero hace unos años volvieron. Y otros que tuvieron su época de esplendor pero que han caído en desuso para siempre, como Gertrudis,  Eustaquio, Pascuala, Segismundo o Apolonio. Hace años que casi nadie se llama  así.  Algunos nombres son aspiracionales, se ponen porque evocan a alguien. Una vez, en una playa de Huelva, una madre llamó a todo pulmón a su hija para que saliera del agua :  “¡GRA-CE-KE-LI!”. Lo peor es que el hermano se llamaba Kevin Costner de Jesús, pronunciado al más puro estilo onubense. Menuda pareja. Encarnaban lo más granad...

La emancipación de las tripas

Esta Navidad he sido testigo de un fenómeno físico sin explicación científica. El 1 de enero de madrugada la tripa de mi marido empezó a agitarse de una manera muy extraña.  La cosa poco a poco fue a más. Aquello parecía el centrifugado de una lavadora. Y de repente, chas, un enorme  crujido y la tripa saltó al suelo. Algo parecido a lo que les pasaba a los gremlins cuando les daban de comer después de medianoche. El día 2 la tripa tenía vida y personalidad propia. Se sentó a la mesa y comió como uno más. Pidió más salsa y mojó el pan. De postre, se atiborró a polvorones. A media tarde paseaba por el salón, oronda, orgullosa, rebotando contra los muebles. -¿De quién es esta tripa?- preguntó alguien. Silencio general. Las tripas, como los regalos horribles en el amigo invisible, no tienen dueño. El día 3 decidió salir a la calle. La seguí. Y cuál fue mi sorpresa al comprobar que había tripas por todas partes. Tripas con gorro y bufanda.Tripas navideñas conviviendo con tripas ve...