Esta Navidad he sido testigo de un fenómeno físico sin explicación científica. El 1 de enero de madrugada la tripa de mi marido empezó a agitarse de una manera muy extraña. La cosa poco a poco fue a más. Aquello parecía el centrifugado de una lavadora. Y de repente, chas, un enorme crujido y la tripa saltó al suelo. Algo parecido a lo que les pasaba a los gremlins cuando les daban de comer después de medianoche. El día 2 la tripa tenía vida y personalidad propia. Se sentó a la mesa y comió como uno más. Pidió más salsa y mojó el pan. De postre, se atiborró a polvorones. A media tarde paseaba por el salón, oronda, orgullosa, rebotando contra los muebles. -¿De quién es esta tripa?- preguntó alguien. Silencio general. Las tripas, como los regalos horribles en el amigo invisible, no tienen dueño. El día 3 decidió salir a la calle. La seguí. Y cuál fue mi sorpresa al comprobar que había tripas por todas partes. Tripas con gorro y bufanda.Tripas navideñas conviviendo con tripas ve...
Escribo sobre la vida. Reflexiones, pensamientos, ideas que cruzan por mi mente, viajes, anécdotas, aventuras...