domingo, 29 de diciembre de 2024

¡Feliz 2025!


Vuelan los pensamientos que no atrapas.

Se desvanecen los sueños que no luchas.

 

Languidecen los deseos sin cumplir.

Mueren las ganas cohibidas.


Los besos que no das se evaporan.

Las palabras que no dices se deshacen.

 

Las risas que no brotan lloran.

Las lágrimas que no salen duelen.

 

Las gracias que no das enmudecen.

La belleza que no aprecias se hace invisible.


El rencor que no vences se enquista.

La alegría que no salta se adormece.


Sangran las heridas sin curar.

Se marchita el amor que no cuidas.


Desaparece lo que dejas de  recordar.

Se adormece el esfuerzo que no practicas.


Se empequeñece el que tiene y no da.

Se endurece el que no mira más allá.


Desespera el que sólo espera.

 

En 2025….

 

Ama.

Ríe.

Llora.

Persigue tus sueños.

Cumple tus deseos.

Cura tus heridas.

Cuida a los que quieres.

Comparte lo que tienes.

Mira a tu alrededor.

Aprecia la belleza.

Baila.

Canta.

Esfuérzate.

Actúa.

Agradece.

Vive.

 

¡¡Feliz 2025!!

 

 

 

 

sábado, 14 de diciembre de 2024

Senegal. Viaje a la Casamance

He tenido la suerte de volver a Senegal, esta vez de la mano de la Fundación Xaley.

Ha sido un viaje precioso, pero, sobre todo, ha sido una oportunidad para conocer de primera mano algunos de los proyectos que Xaley está llevando a cabo en el país y que impactan en la vida de miles de niñas y mujeres senegalesas. 

Hemos visitado el centro de costura de Mbour donde forman a jóvenes para que puedan tener un futuro mejor.


Hemos asistido a charlas de salud sexual y reproductiva, un tema muy importante en un país en el que los embarazos precoces son muy frecuentes y provocan que las niñas abandonen la escuela.

Visitamos un centro donde acogen a chicas víctimas de abusos o violencia, a veces embarazadas y repudiadas por sus familias. Visitamos la tienda de una emprendedora que ha recuperado antiguas técnicas textiles y que hace cosas preciosas. Inauguramos un centro de transformación de frutas y legumbres y nos reunimos con un grupo local para comentar las consecuencias de la falta de inscripción de los niños en el registro civil, algo muy habitual en África que provoca que muchos niños "no existan". 

También visitamos una escuela donde los alumnos más brillantes dan clase de manera voluntaria a los más pequeños que necesitan refuerzo.


 

Vuelvo impresionada con la fuerza y la energía de las mujeres senegalesas y con su capacidad de salir adelante en entornos muy vulnerables. 





Vuelvo también fascinada con el paisaje. Hemos visitado la Casamance, una región al sur del país. Una zona exuberante, de marismas y manglares, repleta de bosques, arrozales inmensos y enormes baobabs.

Una región rural de la que me llevo grabadas en la retina preciosas estampas de mujeres con barreños en la cabeza trabajando en los arrozales




Me llevo también la sonrisa de los niños y sus miradas profundas. Y el gris plata de las playas al atardecer, playas inmensas y solitarias por las que paseas haciendo crujir las conchas de berberechos que cubren la orilla. También el sonido de los cientos de pájaros que pueblan los árboles, los olores de los mercados, los colores de la ropa tendida y la alegría de los telas africanas. 







 





Y por supuesto, la gastronomía, como el tiboudhien, el plato típico senegalés, o el popular Yassa. 

También he probado deliciosas ostras de los manglares que recolectan las mujeres y que tomamos en la diminuta isla de Carabane, un paraíso escondido, de arena que parece harina y donde el tiempo se ha detenido. 


En Carabane visitamos su mercado artesanal y conocimos a Paco, Paco CaRabane, un carismático costurero que en media hora te hace cualquier prenda. También a Ousman y a Matar, que tan bien nos dieron de comer al borde del mar,  acompañados de una mamá cerda y sus cerditos.


Han sido unos días de desconexión, de cambio de chip, de descubrimiento, de sorpresa, de emoción, de compartir ratos y hasta bailes, con los locales.

He tenido además la suerte de disfrutarlos con mi hija, que ha vuelto tan feliz como yo, y con un grupo de personas con un corazón enorme, Santi, Javier, Mar, Itxi, Mar, Bea, Patricia, Celia, Goretti y Nana, capitaneados por Sam, el director de Xaley. Sam es un fantástico profesional y una persona con una enorme vocación de servicio, que trabaja cada día para contribuir al progreso de su país. Ha sido una suerte viajar con él y con varios de los miembros del Patronato de la Fundación Xaley, muy comprometidos desde hace años con la educación de las niñas senegalesas. 



En Senegal descubres otro mundo, otras vidas, realidades ajenas a las prisas, al estrés, a la inmediatez y al consumo desenfrenado. 







Hemos visitado poblados muy humildes, donde viven con muy poco, poblados en los que aparentemente no pasa nada relevante, pero donde, sin embargo, cada día ocurre un milagro. Sólo hay que tener los ojos abiertos para descubrirlo.

Ya estoy deseando volver.

Jerejef  Senegal!!!

martes, 26 de noviembre de 2024

Usurpadores espaciales

Hay personas que ocupan el doble. No es que sean gordos ni siameses, simplemente ocupan un espacio vital mayor que el resto, espacio que, por cierto, tienden a robar a los que les rodean.

En el metro abundan este tipo de personas. Me refiero, por ejemplo, a esos que van cargados con enormes mochilas sin calcular las dimensiones que adquieren sus cuerpos con semejantes bultos desproporcionados a la espalda y que cada vez que se mueven pegan un zambombazo a todo el que se coloque a su lado. A veces, en la mochila transportan un bebé que tambalea su pobre cabeza de aquí para allá. Los mochileros con bebés son los peores  porque se sienten legitimados para empellar sin miramientos a todo aquel que se interponga en su camino. Debería inventarse algún tipo de sistema que sirva para alertar de su presencia unos metros antes, como cuando pones el triángulo reflectante en la carretera para avisar de un accidente.

Otra modalidad son los que pasean perros atados con larguísimas correas. Esta absurda costumbre provoca que el paseador se encuentre en un punto concreto de la calle mientras que el perro paseado se sitúe tres metros más allá, unidos ambos por una fina correa a menudo imperceptible. Y cuando uno pasa es como si le hiciera la zancadilla el amigo invisible. Al suelo va. Y si el paseador pasea varios chuchos, lógicamente, las posibilidades de tropezarte se multiplican proporcionalmente por el número de perros, con lo que la calle se convierte en una especie de campo de minas donde te toca ir pegando saltitos de aquí para allá para poder seguir avanzando.

A veces también me encuentro con familias tan amorosas y que se quieren tanto que caminan todos de la mano ocupando la acera entera y tapando el paso al resto de pobres peatones. Tratas de adelantarles por la izquierda y no te dejan, por la derecha y tampoco. Al final, terminas abandonando la acera so riesgo de morir atropellado para poder adelantar a la encantadora familia feliz. Cuando yo era pequeña recuerdo que cantábamos “A tapar la calle que no pase nadie que pasen mis abuelos comiendo buñuelos”. Yo aún lo sigo haciendo cuando me encuentro en este tipo de situaciones. Mis hijos me mandan callar porque lo canto a voz en grito, pero me da igual. Me sienta muy mal que no me dejen pasar.

También están los que en el cine te invaden con su codo. Una cosa es compartir reposabrazos y otra muy distinta es meterle el codo en el costado al que tienes al lado. Una vez, me harté de quitar el codo y empecé a invadir yo también con mi codo al de al lado. Acabamos echando un pulso de codos y a punto estuvimos de pegarnos.

Y si vas en el avión el riesgo es que el de al lado se te duerma en el hombro. Yo ya los veo venir y cuando noto que la cabeza titubeante del de al lado está a punto de reposarse sobre mi hombro, me levanto de golpe dejándola caer bruscamente. Y casi siempre me entra la risa. Aunque si el durmiente es bello, puede que hasta me lo piense y termine dejándole que repose sobre mi hombro. En esos casos, la situación, de molesta o cómica, pasa a convertirse en romántica. Seguro que más de un matrimonio ha tenido su origen en ocasiones como ésta.  Una amiga, un día, prestó su hombro como almohada al de al lado y acabó toda babeada. Fue bochornoso. Y lo peor es que aguantó estoica con tal de no despertar a su vecino de asiento, que para más inri, era su jefe.

Lo mejor es siempre que cada uno ocupe su lugar, física y metafóricamente hablando. Usurpar espacios ajenos está muy mal, invades al otro y le haces sentirse incómodo. Y lo peor es que el prójimo casi siempre suele ser educado y se aguanta sin decir nada, y hasta sonríe y dice “no pasa nada”, con lo que el usurpador, que juega con ventaja, porque es un avasallador dominante, termina campando a sus anchas. Mucho ojo. Los avasalladores usurpadores son una modalidad en abundancia.

¡Feliz semana!

 

jueves, 14 de noviembre de 2024

De casquería y otros menesteres

No me gustan los callos. No me gusta su aspecto, ni su textura. Mi madre los prepara muy ricos, eso dicen, porque yo, hasta la fecha, no me he atrevido a probarlos. De pequeña, pensaba que los callos eran eso, callos, como los de los pies, y no entendía que alguien se los pudiese comer. Luego me enteré de que eran tripas y lo entendí todavía menos. 

En cambio, me encantaban los sesos. En mi casa comíamos sesos rebozados. Comer sesos era como comer nubes o algodón  de azúcar. Al meterte un seso en la boca se deshacía.


No sé si los niños de hoy siguen comiendo sesos. A mí han dejado de gustarme. Desconozco el motivo pero, si de lo que se come se cría, debería volver a comerlos porque me da la sensación de que, de un tiempo a esta parte, estoy perdiendo algún que otro seso, supongo que será la edad. Me surge la duda de si los sesos conservarán neuronas, porque después de todo, los sesos son cerebro. Eso de comer cerebro suena a zombies, a película de miedo.

Tampoco me gustan las manitas de cerdo. En francés se llaman “pieds de cochon”. No sé si serán manos o pies, a mí lo que me parecen son pezuñas, pezuñas gelatinosas. Soy incapaz de probarlas. Comerle la pezuña a un cerdo me parece sorprendente. Suficiente tenemos con comernos el resto de su cuerpo y hasta su sangre. “Del cerdo, hasta los andares”, dice el refrán. Pobre cerdo. En París hay un restaurante especializado en pieds de cochon y está siempre hasta arriba. Gente muy elegante y sofisticada rebañando como locos pezuñas de cerdo como si de una película de Buñuel se tratara.  

Otros se comen las orejas del pobre cerdo. Una vez me atreví a probarlas y crujientes no están mal, pero me da miedo que me crezcan las mías que ya las tengo suficientemente grandes. Las orejas crecen durante toda la vida, no hay más que ver las orejas de los ancianos. La piel cada vez se va haciendo más laxa y poco a poco se va desprendiendo del cartílago. Al paso que vamos, y con una esperanza de vida cada vez mayor, llegará un día en que arrastremos las orejas.

Los higaditos tampoco me gustan. Los peores son unos que tienen forma de pulgar del dedo indice. Hay hígados de cerdo, de pato, de ternera, de buey… Dicen que son muy nutritivos. A la gente le encantan encebollados. Una buena forma de disfrazarlos.

A la gente también le gusta comer lengua, mollejas, criadillas, entresijos, riñones, hasta corazón. Me dan arcadas sólo de pensarlo. No entiendo por qué nos extraña lo que comen los chinos, si nosotros somos peores, ¿o mejores? Todo depende de cómo se mire.

A priori, comer casquería puede parecer un poco “gore” (claro que a los vegetarianos también les parecerá gore comer embutido o un sencillo filete de vaca o hasta un simple huevo). Pero desde otra perspectiva, comer casquería también es ecológico. Porque digo yo que cuanto más se aproveche el animal, mejor será. Y supongo que también ayuda a luchar contra el cambio climático, porque cuanto más aprovechemos de cada animal, menos animales habrá que criar y menor será la contaminación y la producción de gases con efecto invernadero.

La gente ahora ya no toma azúcar, bebe leche de almendra y de soja, come algas, quinoa, semillas de chía, sal rosa del Himalaya, bayas de Goji o amaranto. Con tanta cosa exótica,  no sé si se seguirá estilando la casquería. Quizá algunos jóvenes ni siquiera sepan lo que es.

Yo como chuches y donuts y me regañan. Que cada cual que coma lo quiera. “Dime lo que comes y te diré quién eres”. Pues eso.

Feliz semana.

 

jueves, 24 de octubre de 2024

El "desedadismo"

De un tiempo a esta parte me doy cuenta de que se me están viniendo abajo muchas “barreras mentales”, incluso diría “falsos mitos” relacionados con la edad. Una ya no sabe qué pensar. Los límites se desdibujan.

Empiezo con una constatación que me trae de cabeza: hoy en día, hay madres más jóvenes que sus hijas. No tenemos mas que ver a Demi Moore, madre de tres hijas mayores que ella. Demi Moore es ahora más joven de lo que era en la película Ghost que la lanzó a la fama y que es de 1990. Un misterio.

Un caso mucho más cercano es Isabel Preysler, que se ha convertido, al menos en el Hola, en la hija de su hija, que era de mi edad, al menos de pequeña. Ahora, visto que su madre pretende ser de mi edad, ya dudo de los años que tendrá ella. A Ana Obregón le pasa un poco lo mismo. Debe ser el síndrome de la eterna juventud. Qué obsesión.

Otra falsa creencia está directamente relacionada con la maternidad. Recuerdo que cuando yo empecé a tener hijos, quería tenerlos todos antes de los 40. Se supone que partir de ese momento, el cuerpo ya no está para tanto trote y además aumentan los riesgos para el bebé. Qué tontería. Ahora una puede ser madre a la edad que le plazca. De manera más o menos natural, eso sí, pero se puede, ¿quién dijo que no?. 

Aunque me consta que lo de convertirse en madre a edad madura acarrea a veces algún disgusto,  sobre todo cuando los amigos del retoño te confunden con su abuela. Pero eso tiene solución. Porque ahora los 50 son los nuevos 30, los 70, los nuevos 50 y así sucesivamente. Eso sí, me da la sensación de que el cuello se te sigue arrugando a la misma edad de siempre y eso es irremediable. Te puedes estirar la frente, subir el pómulo, levantar el párpado y hasta rebanarte la papada, pero lo del cuello no hay quien lo solucione.

Pero volvamos a las barreras. La fatídica edad de los 65 tampoco es ya lo que era.  Ahora en muchas empresas te prejubilan a los 55, lo cual, unido a que la esperanza de vida cada vez es mayor, hace que te pases casi más años como jubilado que como empleado en activo. Me asusta pensarlo. No digo yo que no sea tentador eso de prejubilarse a tan tierna edad, pero, con una perspectiva de vida tan larga por delante se me plantean múltiples inquietudes. 

Y a pesar de todo esto, en el telediario sigo escuchando lo de “un anciano de 60 años”. ¿Cómo que un anciano? Pero si con 60 eres un auténtico crío con media vida por delante. 

Por curiosidad he buscado a qué edad comienza la famosa “tercera edad”. Empieza a los 65 años. Dado el devenir de los acontecimientos, habrá que contar con una cuarta y una quinta edad, como poco. Lo cual a la vez choca con el hecho de que los niños cada vez se hacen adultos antes.

Va a ser mejor suprimir esto de las edades. Si uno puede sentirse en cualquier momento hombre o mujer con independencia del sexo asignado al nacer, entonces, digo yo, que cada uno podrá elegir tener la edad que quiera.  Podrá haber niños en las residencias de ancianos y ancianos en las guarderías, todo dependerá de cómo uno se sienta.  

Las implicaciones y consecuencias pueden ser infinitas. Habrá quien decida quedarse en la cuna para siempre y quien, sin embargo, decida madurar de golpe. Lo bueno de todo esto es que a nadie se le pasará ya nunca el arroz. No habrá “relojes biológicos” limitantes. Los ciclos de la vida dejarán de estar condicionados por el entorno social. Cualquier momento será buen momento para cualquier cosa.  ¡Qué dicha, qué felicidad!

¡Feliz semana! 

lunes, 30 de septiembre de 2024

Con chándal y a lo loco

Ayer hablaba con una amiga sobre estos días de final de septiembre en los que una no sabe qué ponerse. "Ropa de entretiempo" te recomiendan. Qué lío. Una no sabe si ponerse el abrigo o seguir con tirantes. Por la mañana te congelas y por la tarde te asfixias. Mi amiga en cambio, práctica y resolutiva, lo tenía claro. "Lo mejor es ir en chándal". Yo la miré atónita. Pensé que estaba de broma. Es una persona que suele vestir bien y que además se gasta mucho dinero en ropa. No me atrevi a responder y me quedé pensativa. 

El chándal ha ganado la batalla al buen gusto. No hay más que mirar a nuestro alrededor. Hoy en día el chándal campa a sus anchas. Hasta las colecciones de los diseñadores de alta costura incorporan chándales. Chándales sofisticados y lujosos pero chándales al fin y al cabo.

Habrá quien me tilde de "pija", de anticuada o de "demodée ". Me da igual. Pero no tengo chándal y creo que nunca lo tendré, aunque quién sabe, no digas nunca de este agua no beberé. Para hacer ejercicio uso unas mallas y una camiseta, ambas del pleistoceno.

El chándal es, o más bien era, una prenda para hacer deporte. A partir de ahí, desconozco las razones que le han llevado a posicionarse como una prenda indispensable en el armario de casi cualquiera ( y digo casi porque espero y confío en que aún queden personas "de mi especie".)

Supongo que habrá gente que lo lleve por pura comodidad, o incluso vaguería. "No hay mejor moda, que la que acomoda" defienden algunos. La gente viaja en avión en chándal, va al supermercado en chándal, pasea al perro en chándal, va a la playa en chándal. Por no hablar del chándal para teletrabajar. Muy cómodo.

La realidad, una vez más, supera la ficción. Ahora hay chándales de Gucci, de Prada, de Versace, hasta de Chanel. Me pregunto si iconos de la elegancia como Audrey Hepburn alguna vez vestirían esta prenda. Me ha sorprendido ver una foto de Lady Di, tan fina ella, en chándal. A Carolina de Mónaco, que yo sepa, aún no la han pillado de semejante guisa.

Y lo mejor es que también puedes combinarlo, que es ya el colmo de la elegancia. Como diría Martirio, chándal con tacones, arreglada pero informal. 


Nada es lo que era. Ahora a los famosos también les encanta ir en chándal. Actores, actrices, cantantes, presentadores....No me extrañaría, tal y como está el panorama,que en breve el chándal irrumpa en el Congreso y empecemos a ver a los señores diputados ataviados con tan cómoda prenda. 

Que un futbolista vaya en chándal es comprensible, aunque me pregunto si nunca se lo quitarán, como si de una segunda piel se tratara. Una vez coincidí con un futbolista famoso en un restaurante e iba en chándal. Él y toda su familia. Seguramente venían de entrenar. Entrenamiento familiar. Aunque no se les veía sudados, gracias a Dios.

El chándal se ha impuesto. No es de extrañar en una sociedad en la que cada vez impera mas el mal gusto y dominada por el todo vale.

Me encanta la gente elegante. Es difícil ser elegante en chándal. Aunque es cierto que la elegancia es independiente del atuendo. Es algo innato que se tiene o no se tiene. Y el que la tiene la mantiene aún vestido de mamarracho.

Mis amigas cuando empecé a ir al gimnasio amenazaron con regalarme un chándal por mi cumpleaños. Me preocupé. Afortunadamente no lo hicieron.

Karl Lagerferd, diseñador de Chanel durante muchos años, decía «un chándal es un signo de derrota. Cuando pierdes el control sobre tu vida, te compras un chándal." Quizá exageraba. Seguramente. Pero, un poquito de sensatez, por favor.

¡Feliz semana!

lunes, 16 de septiembre de 2024

Otras vidas

Llevo tiempo queriendo escribir pero no me sale. Pienso temas. Busco métodos de inspiración. Me concentro. Me relajo. Hago yoga. Leo. Escucho música. Pero nada. Qué tristeza. Mis fans me reclaman, se impacientan. Algunos hasta se preocupan.

“Que las musas me pillen trabajando” decía Picasso. Sigo su consejo y aquí estoy, volcando sobre folio en blanco lo primero que se me pasa por la cabeza.

 Varias ideas me vienen a la mente. Lanzo una. Me pregunto si es bueno pasarse la vida haciendo cosas que en el fondo uno no quiere hacer. Casi todo lo que hacemos cada día son cosas que si pudiésemos elegir, seguramente no haríamos. Madrugar, trabajar, ir a la compra, recoger a los niños en el colegio, preparar la cena… Somos animales domésticos, o más bien domesticados, entrenados para llevar una vida, en la mayoría de los casos, rutinaria.

 Las rutinas son cómodas, conllevan confort, tranquilidad, confianza, pero a veces también cierto hartazgo. Las rutinas nos aletargan, nos adormecen.

Es muy difícil romper la rutina, salirse del carril, pero a veces dan ganas de hacerlo. Dan ganas de asilvestrarse, de saltar del tren, de dejar de dar vueltas a la rueda. Hay quien lo hace, pero para la mayoría resulta más fácil seguir recorriendo el camino tradicional, haciendo en cada momento lo que se espera de nosotros, cumpliendo expectativas. Algunos recorren el sendero con los ojos tapados, de tan bien que lo conocen o quizá por miedo a ver lo que se pierden.

Recuerdo, hace años, que una amiga me dejó su ordenador y por descuido, no cerró la tabla Excel en la que estaba trabajando. Cuando abrí el ordenador me saltó la tabla. Mi amiga tenía su vida absolutamente planificada, año por año. Acabar la carrera, hacer un máster, sacarse un titulo de inglés, sacarse un título de francés, vivir en el extranjero, conseguir novio, casarse… Me quedé atónita al descubrir una personalidad tan calculadora. Me dio miedo. Lo cierto es que fue cumpliendo poco a poco su hoja de ruta y hoy ha llegado a donde quería llegar. Ignoro si es feliz. Supongo que en el camino habrá puesto mucho esfuerzo y sacrificio y que hoy estará orgullosa de los logros y metas conseguidas. 

A lo largo de la vida me he ido encontrando con muchas personas así. Siempre me llaman la atención. A algunas las admiro y las envidio. A otras las compadezco porque en esa vida pretrazada han dejado de ser quienes eran. Probablemente han llegado a ser aquéllos en quienes buscaban convertirse, pero me pregunto si echarán de menos a quienes fueron.

Yo tiendo más al modelo “impulsiva reprimida”. Me gusta mi vida pero de vez en cuando siento deseos de cambiarla, aunque nunca me atrevo a hacerlo. Me atraen las personas que son capaces de dar un giro radical. 

A veces me dan ganas de ser como ellos y me imagino viviendo otras vidas. Me veo viviendo en una isla griega, en un poblado africano, en un destartalado château francés, en la campiña inglesa, o en un monasterio cisterciense. Imagino cómo sería mi vida y cómo sería yo en esa nueva vida.

 Por un momento me veo capaz de ser otra, de empezar de cero, pero luego, poco a poco me voy enfriando. Y entonces, para compensar, supongo, decido cortarme el pelo, cambiar de sitio el sofá, apuntarme a clases de taichi, pintar de verde el salón, o cambiarme de colonia. Y esos pequeños cambios, a menudo infravalorados, me hacen feliz, una felicidad efimera y frívola seguramente, pero  suficiente para permitirme seguir siendo yo, que realmente es mucho más fácil que convertirme de repente en otra.

Feliz semana!

domingo, 4 de agosto de 2024

Hoy va de huevos


Entro en casa y encuentro a mi marido  vestido de jardinero. -Hay huevos en el jardín- me dice muy serio. 

Qué manera tan rara de recibirme. Más normal me hubiese resultado que me hubiera dicho que no había huevos en la nevera.

 - Espero que no sean de dinosaurio- se me ocurre contestarle, pero no me asomo al jardín para verificar de qué o quién pueden ser los huevos. Prefiero seguir en la inopia.

- No te veo preocupada. -¿Acaso debo estarlo?.

  -Hay cientos de huevos- me contesta con los ojos muy abiertos.

 Yo, en cambio, cierro los ojos y comienzo a imaginar mi jardín plagado de huevos enormes, como en una película de ciencia ficción. 

De esos huevos puede salir cualquier cosa. Extrañas criaturas, gremlins, pájaros voraces, arañas peludas, gusanos de mil patas, patos asesinos, pollos descabezados, lagartos verdes, niños extraterrestres. Puede ser una plaga, un ataque desde otro mundo, o una maldición. Quizá algún tipo de profecía. 

Me da miedo salir al jardín. Quiero salir corriendo. Avanzo  tímidamente hacia la puerta. Oigo ruidos extraños. Como pequeños chasquidos. Me imagino los huevos eclosionando y a sus moradores asomándose al mundo. 

¿A quién devorarán primero? Doy un paso hacia atrás. Me entra el pánico. No quiero ser yo la devorada, pero  tampoco quiero quedarme viuda tan joven. Temo que mi marido haya desaparecido ya en las fauces de un extraño animal. Qué triste final.  A él que siempre le asustaron los perros, quién le iba a decir que acabaría devorado por una extraña criatura en su propia casa. Qué injusta es la vida. Con lo que siempre cuidó el jardín. Cuántos grandes momentos hemos vivido en él. Ahora quedará proscrito para siempre. ¿Y cómo se lo contaré a mis hijos?. Saldremos en los periódicos, en las televisiones.  Cómo podía yo imaginar semejante desgracia a la vuelta de la esquina. 

He dejado de oír los chasquidos. Me atrevo a dar unos tímidos pasos. Estoy temblando. Abro poco a poco la puerta del jardin. Quizá sea lo último que haga. Me santiguo.

Mi marido está  de espaldas. No hay rastros de un suelo huevo. No hay criaturas extrañas. Mi marido fumiga tranquilo el rosal. Ha acabado con todos los huevos. 

Como la vida misma. 

Muchos miedos sólo habitan en nuestro pensamiento. Allí crecen y nuestra imaginación los convierte en seres aterradores que nos impiden movernos. Seres que van creciendo y que cada vez nos provocan mayor terror. A veces sólo hace falta atreverse a encararlos para descubrir que no eran como imaginábamos sino mucho menos temibles. Sólo así los venceremos.

Feliz semana.

domingo, 28 de julio de 2024

Reputación, a vuelapluma.

 

Una noche, con 14 años, en plena edad del pavo, salí del baño de un discoteca de moda con el papel higiénico enganchado en la falda arrebujada, arrastrándolo como si de una larga y fina cola de novia se tratara. 

A mi paso algunos se reían, pero nadie me decía nada. Arrastré alegremente mi particular cola hasta el lugar de la pista en el que se encontraban mis amigas entregadas a un ritmo frenético y me uní al grupo como si nada. Fue entonces cuando una de ellas me señaló mi  larga cola de papel. Quise desaparecer en ese mismo instante, hacerme invisible. Recuerdo que repasé una por una las personas a las que había saludado en mi camino desde el baño a la pista para no volver a mirarlas jamás a la cara. Sentí arruinada para siempre mi imagen y mi reputación. Qué verguenza tan terrible.Qué bochorno. Qué tragedia (así eran las tragedias a esa edad). Afortunadamente, casi nadie se había dado cuenta y al fin de semana siguiente nadie se acordaba. Nunca nadie me señaló con el dedo ni me comentó nada. No me convertí en "la del papel higiénico". Mi miedo desapareció, y mi autoconfianza, por una semana mermada, rápidamente se recuperó. 

Hace unos días cené con un amigo. Por una serie de coincidencias su nombre ha aparecido en los medios vinculado a un tema bastante feo y se ha visto envuelto en una trama con la que nada tiene que ver. 

Durante varias semanas su teléfono echaba humo. Los periodistas le acechaban. Supuestos amigos convertidos en feroces enemigos hablaban mal de él. Su persona fue durante unos días objeto de carnaza mediática. Se dijeron barbaridades de él. 

Pero todo fue un malentendido, una falsa asociación. Me pregunto quién lava ahora su buen nombre, cómo repondrá la reputación perdida.

Hoy en día todas las empresas vigilan de cerca su reputacion. Todas cuentan con procesos robustos para controlar y mitigar el riesgo reputacional, conscientes del enorme  impacto que puede tener una crisis de este tipo. 

Pero en el plano personal, ¿qué ocurre cuando se produce este daño?. ¿Cómo se repara?.

Mi amigo podría iniciar demandas y exigir indemnizaciones. Pero el daño está hecho y es prácticamente imposible repararlo. Y menos hoy, donde todo deja un rastro imborrable.

La justicia rápida y casi siempre infundada del "pueblo llano" es devastadora.  Puedes pasarte la vida intentando hacer las cosas bien, lo mejor que sabes, pero un día alguien siembra una duda sobre ti y todo cambia. 

Si rasgas una almohada de plumas y la agitas al viento todas las plumas volarán en mil direcciones. Algunas llegarán lejos. Prueba a recogerlas luego para volver a meterlas en su funda.  Intenta recuperlas todas, que no quede ni una. Es imposible.  Lo mismo ocurre con la reputación dañada. Tan sólo basta con sembrar la duda. 

Feliz semana!

viernes, 5 de julio de 2024

¿Hacia dónde vamos?

Esto de la inteligencia artificial me tiene estresada últimamente. Ando un poco saturada con la IA, los robots, la transformación digital, los algoritmos, las plataformas, la realidad virtual...

Google lo sabe todo de nosotros,  nuestros teléfonos nos espían, las redes sociales nos absorben y consumen nuestro tiempo sin darnos cuenta. Nos hemos vuelto adictos, algunos incluso esclavos. Pasamos horas mirando una pantalla, pegados al móvil, hablamos con Alexa y el chatGPT responde todas nuestras dudas.

Vivimos a una velocidad frenética. Todo es inmediato. Vamos como pollos sin cabeza.  Nos inunda la información y a la vez no podemos ya fiarnos de nada. Desinformación, fake news, ciberataques, suplantación de identidad…  

El mundo avanza muy rápido. Hay que ponerse al día. Hay que estar a la última. No puedes quedarte atrás. Hay que saber computación, programación, hay que analizar miles de datos. Las habilidades digitales cada vez son más imprescindibles. Hay que aprender y reaprender lo aprendido. Hay que seguir el ritmo marcado no se sabe bien por quién.

Me pregunto si algún día recuperaremos nuestra "vida humana". ¿Hacia dónde vamos? ¿Somos cada día más capaces o por el contrario somos cada día más tontos?  No me atrevo a responder esta pregunta.

Se habla mucho de la pérdida de atención. Quizá a la pérdida de atención, le siga la pérdida de memoria, de lógica, de creatividad…  Muchos niños ya hacen sus deberes con ChatGPT. Lógicamente  esto tieme que tener un impacto. Si las máquinas cada vez son más inteligentes, puede que los humanos terminemos siendo cada día más incapaces.

Y encima, gracias o por culpa de la biotecnología, parece que vamos a vivir muchos más años. Más años y más tontos. No va a haber quien lo aguante.

Hace miles de años los humanos tenían el cerebro más grande que el nuestro.  Desde entonces se ha ido encogiendo. Desconozco la relación entre el tamaño del cerebro y el nivel de inteligencia,  pero el devenir de los acontecimientos  me lleva a preguntarme si no terminarán encogiéndose nuestros cerebros hasta atrofiarse. Lo cierto es que cada vez conozco a más descerebrados.

¿Hacia dónde avanzamos como sociedad, como civilización?.¿Hacia dónde conducimos cada uno de nosotros nuestra vida? Sin ánimo de resultar apocalíptica, me pregunto si esta revolución tecnológica en la que andamos inmersos no conllevará un peligro de extinción de la humanidad  tal y como la hemos concebido hasta ahora. Seguramente no. Porque el hombre  siempre ha sido capaz de seguir avanzando.

Soy optimista. Confío  en que el hombre gobierne, controle y domine a la IA y no al contrario. Confío en que la tecnología siga siendo un medio y no el fin. Porque, como dicen, la tecnología  es un siervo útil pero un muy jefe peligroso y tirano.  Tiempo al tiempo.

Feliz semana.

domingo, 31 de marzo de 2024

Soledad

Me siento a tu lado como cada tarde. Hoy no te he traído flores. Las de la semana pasada aún te duran.

Hoy he venido cargado de álbumes de fotos. No creo que tengamos tiempo para verlos todos. ¡Qué tontería!.  Tenemos todo el tiempo del mundo. No tengo nada mejor que hacer. Y supongo que tú  todavía menos. Aunque contigo nunca se sabe. 

Abro uno de ellos al azar. Mira, aparece Antoñito con pantalones cortos y tiritas en las rodillas. Qué guerra nos dio siempre, ¿te acuerdas? Recuerdo que hasta le teníamos que poner una chichonera porque iba dándose golpes en todas las esquinas. Qué inquieto era, siempre corriendo, saltando, atrevido, listo, sin miedo a nada. Me hacía sentirme orgulloso. Hace tiempo que no se nada de él.  Con lo cariñoso que era de pequeño. Ahora está siempre demasiado ocupado,  siempre viajando. Y sigue corriendo. Corre maratones en Nueva York, en Japón, hasta en Australia. Me pregunto qué meta persigue, de qué escapa o si acaso es que alguien le acecha. Si no, tanto correr no tiene sentido, ¿no te parece?.

Mira qué guapa sales en esta foto. Siempre fuiste la más guapa. Por eso yo la era la envidia de todos mis compañeros. Me casé con la más guapa. También la más lista y la más buena. ¿Te acuerdas de aquel día que llegué tan tarde a casa sin avisar? Qué mal te lo hice pasar. Llamaste a todos los hospitales convencida de que ne había ocurrido algo. Entonces no existían los teléfonos móviles. Pero pude avisarte desde una cabina y no lo hice.  Me enredé como lo hacía siempre que salía con Paco. Qué liante era Paco. Con él  no había manera de tomarse una sola copa. Lo pasábamos muy bien juntos.  Recuerdo que llegué  a casa y me diste un abrazo enorme.  Luego me regañaste mucho y hasta lloraste. Pero se te pasó enseguida. Tú eras así. Los enfados nunca te duraban. 

Mira esta foto.  Aquí sale Marga recién nacida. Que fea era. ¿Te acuerdas? Tú decías que era guapa pero era muy fea. Con esa nariz tan grande en esa carita tan pequeña. Luego mejoró, menos mal. Y siempre llorando. Menudas noches nos dio. Y mira hoy. Qué aplicada, qué responsable.  Me llama cada dia, aunque tampoco la veo. Hace meses que no viene a verme.Trabaja mañana y noche en el hospital. Hace muchas guardias. Y cuando no trabaja está tan cansada que sólo duerme.

Mira esta otra foto. Era una mañana de Reyes. Qué bonito lo preparabas siempre todo. Yo nunca te ayudaba. Sólo me gustaba beberme los vasitos de anís que dejaban los niños para los Reyes Magos, pero luego siempre me entraba el sueño y me animabas a acostarme. Tú lo preparabas todo, con la ilusión que le ponías a cada cosa que hacías.

Me acuerdo del disfraz de aventurero que le trajeron a Ricardito. Qué contento se puso. Qué poca vida le quedaba y no lo sabíamos. Siempre fue un niño muy delicado pero nunca imaginamos que nos dejaría tan pronto. Cómo sufrimos. Aquellos fueron los peores años de nuestra vida. Yo sufría por ti, por tu tristeza, pero te recuperaste. Lo hiciste por mi y por los niños. 

 ¿Y te acuerdas de este viaje? Te fuiste a Valencia con tus amigas. Llevabas semana preparándolo. Volviste cargada de regalos, siempre tan generosa y acordándote de todos. Con qué alegría te recibimos.  Recuerdo verte salir del coche, con aquel sombrero que tanto te gustaba y con tu sonrisa. Recuerdo tu abrazo al verme. Echo de menos tus abrazos. Ahora nadie me abraza. A los niños de Antonio sólo les veo en Navidad. De pequeños se me abrazaban a las piernas. Parecía  que me iban a tirar. Pero ahora son muy formales. Me dan besos de cortesía. Y Marga desde la pandemia ya ni besa ni abraza.  Como mucho me aprieta la mano. 

Pero no te preocupes, me organizo  bien. Hago las recetas que me enseñaste.  Lo que mejor se me da es el arroz con pollo. A veces lo hago el lunes y me dura toda la semana. Ya sabes que nunca me gustaron las sobras. Pues ahora me gustan mucho. Encarnita, la del segundo, cada tarde me trae un tupper  con lo que les sobra de la comida y con eso ceno. Y cocina muy bien, así que se lo agradezco mucho.  

Ahora también llevo tirantes. Todos  los pantalones me quedan grandes. Llevo tiempo adelgazando.  No te lo debería contar para que no te preocupes. Tengo que llevar los pantalones a una costurera pero eso era algo que siempre hacías tú. No sabría ni qué decir. Es una tontería, ya lo sé. No me regañes.  Todo lo demás lo hago yo y no se me da mal. Hasta plancho. Tardo más de una hora en planchar una camisa.  Cuando plancho una manga se me arruga la otra. Es muy difícil planchar.  No me habías avisado.

Se me está  haciendo tarde. No quiero dejarte sola. Tengo muchas ganas de estar contigo. Aquí  ya no pinto nada. Mañana te traeré  flores. Y pasaré  las otras a la tumba de al lado, la que no cuida nadie. Adiós mi amor.  Hasta mañana. 

domingo, 10 de marzo de 2024

Amor imposible

Llevo días obsesionado. No paro de pensar en Ella, día y noche. Me quita el sueño. Invade mis pensamientos. 

Temo que Pamela, que es extremadamente sensible, haya notado algo. Pamela tiene un sexto sentido muy desarrollado. Sabe siempre cómo me siento y lo que pienso, me asusta.

Estoy deseando salir a la calle y cruzarme con Ella. Cuando la veo se me dispara la adrenalina. Siento una irremediable tentación de acercarme a hablar con Ella, de estar cerca, de mirarla directamente a los ojos. Esos ojos rasgados, verdes y profundos. 

Pero siempre que salgo a la calle lo hago con Pamela. Siempre ha sido así. Siempre juntos. Pamela no hace nada sin mí y yo no hago nada sin Pamela. Creo que sospecharía si un día me viese salir solo a la calle.  No me dejaría  hacerlo. 

Hasta que Ella apareció en mi vida, me gustaba mi especial relación con Pamela, nuestra rutina sin variaciones. Sé que siente mi dueña y como tal actúa, pero nunca me ha importado. Al contrario, siempre ha sido motivo de orgullo. Sé que Pamela me necesita y eso siempre me ha hecho sentirme útil. Nunca he sido nada sin Pamela. Siempre la he querido, un amor sin fisuras, o al menos eso pensaba. El uno para el otro. Pero desde que Ella ha aparecido en mi mundo  todo ha cambiado.

Cada día, cuando nos cruzamos por la calle, no puedo dejar de mirarla. Ella debe haberlo notado. Me siento atraído por su elegante forma de andar, por el movimiento sinuoso de su cuerpo, por el misterio que irradia. Ella es muy misteriosa. Aparece cuando menos me lo espero. Y tan rápido como aparece, desaparece. Se mezcla entre la gente. A veces pasa muy cerca y me roza. Siento un escalofrío. Una vez incluso rozó a Pamela. Me puse muy nervioso. Pamela lo notó pero no adivinó el origen de tanto nerviosismo. Cuando volvimos a casa me preguntó y yo, turbado, no supe qué responder.

Tengo ganas de dejar a Pamela. Es un pensamiento loco, irracional, lo sé. Quiero dejarlo todo y huir con Ella. Quiero renunciar a mi vida acomodada y lanzarme a la aventura.

Sé que Ella y yo pertenecemos a mundos distintos. Ella es libre, coqueta, atrevida, independiente, solitaria, entra y sale, va y viene, no  tiene ataduras. Yo llevo años atado a la misma persona, repitiendo idénticas costumbres,  aburguesado, anestesiado. Me he vuelto lento, previsible y aburrido.

Doy vueltas sin parar. No sé que hacer, qué  decisión debo tomar. No quiero herir a Pamela pero mi atracción por Ella cada día es mayor. Me siento infiel antes de serlo. Es un sentimiento desconocido para mí.  Si hace unos meses alguien le hubiese preguntado a Pamela mi mejor cualidad, hubiera dicho que la fidelidad.  ¡Ay, si Pamela supiese!. Sólo de pensarlo, tiemblo. Pobre Pamela. ¿Qué hará sin mí? No se merece un final así.

Hoy me he levantado dispuesto a tomar una decisión drástica. Hoy me siento capaz de todo. Ella tiene varias vidas pero yo sólo tengo una y debo aprovecharla. He pensado en escapar de mis ataduras. No será fácil, lo sé, pero asumo el riesgo. Estoy firme.

Pamela duerme tranquila. Se llevará un enorme disgusto, pero se le pasará. Se recuperará. Es fuerte y acostumbrada a sobrevivir.

Me acerco sigiloso a la puerta. Miro mi correa colgada en el perchero. Ya no la necesito. De pronto, oigo un ruido. Me giro y miro hacia la ventana de nuestra pequeña buhardilla, y entonces la veo. Ella ha saltado desde el tejado de enfrente y erguida, me observa a través del cristal. Parece saludarme con su mágica cola. Al mismo tiempo oigo a Pamela. Sé acaba de despertar y me llama,  extrañada de no encontrarme a los pies de su cama como cada mañana.  Corro veloz para ayudarla y que no tropiece.  Ella huye, cruza a otro tejado. Pamela se agacha y me mira sin verme. Me acaricia. Miro sus ojos opacos. Es hora de olvidarse de la gata hechicera.

Feliz semana!